The Project Gutenberg EBook of El Tesoro de Gast�n, by Emilia Pardo Baz�n

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Title: El Tesoro de Gast�n

Author: Emilia Pardo Baz�n

Illustrator: Jos� Passos

Release Date: May 26, 2017 [EBook #54791]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL TESORO DE GAST�N ***




Produced by Carlos Col�n, Nahum Maso i Carcases, Josep
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                        Notas del Transcriptor

  Se ha respetado la ortograf�a y la acentuaci�n del original.

  Los errores obvios de puntuaci�n y de imprenta han sido corregidos.

  Las p�ginas en blanco presentes en el original han sido eliminadas en
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  El texto en cursiva se indica con _gui�n bajo_.

  El texto en letra versalita (versalilla) ha sido sustituido por
  may�sculas.

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                      COLECCI�N ELZEVIR ILUSTRADA

                             VOLUMEN SEXTO


                          El Tesoro de Gast�n




                      Colecci�n Elzevir Ilustrada


                         VOL�MENES PUBLICADOS

 I.--M. HERN�NDEZ VILLAESCUSA.--_Oro oculto_, novela.

 II.--VITAL AZA.--_Bagatelas_, poes�as.

 III.--ALFONSO P�REZ NIEVA.--_�gata_, novela.

 IV.--NILO MAR�A FABRA.--_Presente y futuro._ Nuevos cuentos.

 V.--FEDERICO URRECHA.--_Agua pasada._ (Cuentos, bocetos y semblanzas).

 VI.--EMILIA PARDO BAZ�N.--_El Tesoro de Gast�n_, novela.


                               EN PRENSA

 M. MORERA Y GALICIA.--_Poes�as_, con un pr�logo de Antonio de Valbuena.

 ENRIQUE R. DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS.--_Cuadros de la fantas�a y de
 la vida real._


                            EN PREPARACI�N

 JUAN GUALBERTO L�PEZ VALDEMORO, CONDE DE LAS NAVAS.--_El Procurador
 Yerbabuena_, novela.

 ANTONIO DE VALBUENA.--_Santificar las fiestas_, cuentos.

 CARLOS FRONTAURA.--_El cura, el maestro y el alcalde._

 MIGUEL RAMOS CARRI�N.--_Zarzamora_, novela.


                              Y OTROS DE

 ALTAMIRA (RAFAEL).
 AZA (VITAL).
 BECERRO DE BENGOA (RICARDO).
 LINIERS (SANTIAGO).
 MARINA (JUAN).
 OLLER (NARCISO).
 P�REZ Z��IGA (JUAN).
 THEBUSSEM (DR.)
 VALERA (JUAN), ETC., ETC.




                         _Emilia Pardo Baz�n_


                                  El

                           Tesoro de Gast�n

                               _Novela_

                           Ilustraciones de

                              JOSE PASSOS


                      Con licencia del Ordinario

                             [Ilustraci�n]

                               BARCELONA

                          JUAN GILI, LIBRERO

                           223, CORTES, 223

                              MDCCCXCVII




                             ES PROPIEDAD




                             [Ilustraci�n]




                                   I

                              La llegada


Cuando se baj� en la estaci�n del Norte, harto molido, � pesar de haber
pasado la noche en _wagon-lit_, Gast�n de Landrey llam� � un mozo,
como pudiera hacer el m�s burgu�s de los viajeros, y le confi� su
maleta de mano, su estuche, sus mantas y el tal�n de su equipaje. �Qu�
remedio, si de esta vez no tra�a ayuda de c�mara! Otra mortificaci�n
no peque�a fu� el tener que subirse � un coche de punto, d�ndole las
se�as: Ferraz, 20... Siempre, al volver de Par�s, le hab�a esperado,
reluciente de limpieza, la fina berlinilla propia, en la cual se
recostaba sin hablar palabra, porque ya sab�a el cochero que � tal hora
el se�orito s�lo � casa pod�a ir, para lavarse, desayunarse y acostarse
hasta las seis de la tarde lo menos...

En fin, �qu� remedio! Hay que tomar el tiempo como viene, y el tiempo
ven�a para Gast�n muy calamitoso. Mientras el sim�n, con desapacible
retemblido de vidrios, daba la breve carrera, Gast�n pensaba en mil
cosas nada gratas ni alegres. El cansancio f�sico luchaba con la
zozobra y la preocupaci�n, mitig�ndolas. S�lo despu�s de refugiado
en su linda _gar�onni�re_; s�lo despu�s de hacer chorrear sobre las
espaldas la enorme esponja siria, de mudarse la ropa interior y de
sorber el par de huevos pasados y la taza de t� ruso que le present�
Telma, su �nica sirviente actual, excelente mujer que le hab�a conocido
tama�o; s�lo en el momento, generalmente tan sabroso, de estirarse
entre blancas s�banas despu�s de un largo viaje, decidi�se Gast�n �
mirar cara � cara el presente y el porvenir.

Agit�se en la cama y se volvi� impaciente, porque divisaba un horizonte
oscuro, cerrado, gris como un d�a de lluvia. Arruinado, lo estaba; pero
apenas pod�a comprender la causa del desastre. Que hab�a gastado mucho,
era cierto; que desde la muerte de su madre llevaba vida bulliciosa,
descuidada y espl�ndida, tampoco cab�a negarlo. Sin embargo, echando
cuentas, (tarea � que no sol�a dedicarse Gast�n), no se justificaba,
por lo derrochado hasta entonces, tan completa ruina. El caudal de
la casa de Landrey, casi doblado por la sabia econom�a y la firme
administraci�n de aquella madre incomparable, daba tela para mucho m�s.
�Seis a�os! �Disolverse en seis a�os, como la sal en el agua, un caudal
que rentaba de quince � diez y siete mil duros!

Acud�an � la memoria de Gast�n, claras y terminantes, las palabras de
su madre, pronunciadas en una conferencia que se verific� cosa de dos
meses antes de la desgracia.

--Ton�n,--hab�a dicho cari�osamente la dama,--yo estoy bastante
enfermucha; no te asustes, no te aflijas, querido, que todos hemos de
morir alg�n d�a, y lo que importa es que sea muy � bien con Dios; lo
dem�s... �ya se ir� arreglando! Siento dejarte hu�rfano en minor�a,
pero pronto llegar�s � la mayor edad, y as� que dispongas de lo
tuyo, acu�rdate de dos cosas, hijo... Que ni hay poco que no baste
ni mucho que no se gaste, y... que no debemos ser ricos... s�lo...
�para hacer nuestro capricho, olvid�ndonos de los pobres y del alma!
Quedan aumentadas las rentas... gracias � que no he fiado � nadie lo
que pude hacer yo misma... �y eso que soy una mujer, una ignorantona,
una infeliz! T�, que eres hombre, y que recibes doblado el capital,
puedes acrecentarlo, sin prescindir de... �de que hay deberes, para un
caballero sobre todo!... �y de que la fortuna se nos da en dep�sito, �
fin de que la administremos honradamente!... �Verdad, Ton�n, que vas �
pensar en esto que te he dicho... as�... as� que no estemos... juntos?
Dame un beso... �Ay!... �Cuidado, que por ah� anda la pupa!

Y Gast�n, de pronto, sinti� como los ojos se le humedec�an, acord�ndose
de que el �ay! de su madre hab�a delatado, por primera vez, la horrible
enfermedad cuidadosamente oculta, el zarat�n en el seno.

Poco despu�s la operaban, y no tardaba en sucumbir � una hemorragia
violenta... y Gast�n ve�a � su madre tan p�lida, tendida en el
abierto ata�d, y recordaba d�as de llanto, de no poder acostumbrarse
� la orfandad, � la soledad absoluta... Despu�s, con la movilidad
de los a�os juveniles, ven�a el consuelo, y con la mayor edad, el
gozo de verse due�o de sus acciones y de su hacienda, �libre, mozo,
opulento! Dando una vuelta repentina en la cama, lo mismo que si el
colch�n tuviese abrojos, Gast�n volv�a � rumiar la sorpresa de haber
despabilado tan pronto la herencia de sus mayores.

--�Si no es posible humanamente!--calculaba.--�Si no me cabe en la
cabeza! Vamos � ver; yo no soy un vicioso; no he jugado sino por
entretenimiento; no he tenido de esos entusiasmos por mujeres pagadas,
en que se consumen millones sin sentir. �Qu� hice, en resumidas
cuentas? Vivir con anchura; pasarme largas temporadas en el extranjero,
sobre todo en el delicioso Par�s; comer y fumar regaladamente;
divertirme como joven que soy; pagar sin regatear buenos cocheros y
caballos de pura raza, cuentas de sastre y de tapicero, de joyero y
de camisero, de hotel, de _restaurant_... Todo ello, aunque se cobre
por las setenas, no absorber�a ni la tercera parte de mi caudal... oh,
eso que no me lo nieguen. �Aunque me lo prediquen frailes descalzos!
Me sucede lo que � la persona que ha dejado en un caj�n una suma de
dinero, no sabe cu�nto, pero volviendo � abrir el caj�n nota que hace
menos bulto, y dice: �Gatuperio...�

Aqu� Gast�n suspir�, abraz� la almohada buscando frescura para las
mejillas, y pens� entrever, como filtrado por las cerradas maderas de
las ventanas, un rayito de luz.

--El caso es que yo fu� bien prudente. De imprevisor nadie podr�
tacharme. �� qui�n mejor hab�a de confiar mis negocios, y la gesti�n y
administraci�n de mis bienes, que � don Jer�nimo U�as�n? Un viejo tan
experto, con tal fama de seriedad y honradez en los negocios; y adem�s,
de una condici�n encantadora; nunca le ped�a yo con urgencia dinero,
que � vuelta de correo no me lo girase sin objeci�n alguna... En lo que
no tiene disculpa don Jer�nimo, es en no haberme avisado de que mis
gastos eran excesivos; de que � ese paso me quedaba como el gallo de
Mor�n...

Al hacer reflexi�n tan sensata, por primera vez el incauto mozo sinti�
algo que podr�a llamarse la mordedura de la sospecha y el aguij�n del
reconcomio. Evoc� el recuerdo de la cara de don Jer�nimo y se le figur�
advertir en ella rasgos del tipo hebreo, la nariz aguile�a, de presa,
la boca voraz, los ojos cautelosos y �vidos... Las palabras de su madre
resonaron de nuevo en su coraz�n olvidadizo: �No he fiado � nadie lo
que pude hacer yo misma...�

                             [Ilustraci�n]

Al cabo se durmi�. � las seis, obedeciendo �rdenes, Telma vino �
despertarle de un sue�o agitado, lleno de pesadillas; arregl�se �
escape, y � las siete menos cuarto conferenciaba con don Jer�nimo. M�s
de una hora dur� la entrevista, de la cual sali� Gast�n con la sangre
encendida de c�lera y el esp�ritu impregnado de amargura. La venda
se hab�a roto s�bitamente y Gast�n ve�a,--�� buena hora!--que aquel
tunante de apoderado general era el verdadero autor de su ruina.

� preguntas, reconvenciones y quejas, s�lo hab�a respondido don
Jer�nimo con hip�crita y melosa sonrisilla, que provocaba � chafarle de
una pu�ada los morros.

--�Qu� quer�a usted que hiciese?--silbaba el culebr�n.--�Pues no
estaba usted pidiendo fondos y fondos � cada instante? �Pues no era
usted mayor de edad, due�o de sus acciones y sabedor de � cu�nto
ascend�an sus rentas? Usted, desde Par�s, libranza va y libranza viene,
y Jer�nimo U�as�n teniendo que dejarle � usted bien, y que buscar y
desenterrar las cantidades aunque fuese en el profundo infierno...
�Bien me agradece usted los apuros que he pasado, las sofoquinas,
las verg�enzas, s�, se�or! �que verg�enza y muy grande es, � mis
a�os, andar solicitando � prestamistas y aguantando feos! Todo lo he
hecho, por ser usted hijo de los se�ores de Landrey, que tanto me
apreciaban... Ahora conozco que me pas� de tonto, que deb� cerrarme �
la banda y contestarle � usted cuando me ped�a monises: �otro talla,
se�or m�o...�

--Pero usted bien ve�a que yo me quedaba pobre,--exclamaba Gast�n con
indignaci�n apenas reprimida,--y debiera usted, como persona de m�s
experiencia, aconsejarme, llamarme la atenci�n, advertirme... Yo le d�
� usted poder ilimitado... Yo ten�a depositada mi confianza en usted.

--�S�, s�, advertir! �Bonito recibimiento me esperaba! Ya s� yo lo que
son j�venes contrariados en sus antojos... Y adem�s, don Gastoncito,
�qui�n me dec�a � m� que al echar as� la casa por la ventana, no
preparaba usted una gran boda? Hay en Par�s se�oritas de la colonia
americana, que apalean el oro... �Es preciso respetar much�simo,
much�simo la libertad de cada uno! y lamentar�a toda mi vida que por m�
fuese usted � perder la colocaci�n brillante que se merece...

--T�ngame Dios de su mano,--pens� Gast�n al escuchar esta nueva
insolencia, y conociendo que se le sub�a � la cabeza la ira, y las
manos se le crispaban ansiosas de abofetear al jud�o.

Al fin, con violento esfuerzo sobre s� mismo, revolviendo
trabajosamente la lengua en la boca seca y llena de hiel, pronunci�:

--Bien, cortemos discusiones, que � nada conducen; al grano... �Me
queda algo, lo preciso para comer?

Vacil� un instante don Jer�nimo, y afect� un golpe de tos, ruidosa y
como asm�tica, antes de responder, fingiendo fatiga:

--Mire usted, lo que es eso... hasta que... �bruum! hasta que... yo...
reconozca... y liquide... �bruum!... los cr�ditos... y se proceda... �
la venta de... de las fincas hipotecadas... es imposible decir si el...
�bruum! pasivo... supera al activo... Acaso tengamos d�ficit... pero
�bruum! ej... ej... no ser� muy grande...

--�Es decir,--pregunt� Gast�n con temblor de labios,--que a�n podr�
suceder que despu�s de venderlo todo... deba dinero?

--Ej, ej... calculo que una futesa...

No quiso oir m�s Gast�n. Tomando su sombrero, despidi�se con una frase
bronca, y abandon� el nido del ave de rapi�a � quien tarde ve�a el pico
y las garras. En el recibimiento, mientras recog�a sombrero y bast�n,
no pudo menos de fijarse, con penosa y est�ril lucidez, en detalles que
le sorprendieron: un soberbio mueble de antesala tallado, un rico tapiz
antiguo, una alfombra nueva y densa como vell�n de cordero, un retrato,
escuela de Pantoja, una l�mpara de muy buen gusto. Parec�a la entrada
de una casa se�orial, y al acordarse de que anta�o don Jer�nimo se
honraba con alfombra de cordelillo y sillas de Vitoria, Gast�n se trat�
� s� mismo de majadero, no sin reprimirse para no emprenderla � palos
con los muebles y con el due�o en especial...

Volvi� � su morada � pie, devorando la pesadumbre, queriendo
sobreponerse � ella, y sin conseguirlo. Telma, sol�cita, le hab�a
preparado una comida de sus platos predilectos; pero no estaba la
Magdalena para tafetanes, ni Gast�n para apreciar debidamente el m�rito
del pur� de alcachofas, los langostinos en pir�mide y las costilletas
de cordero delicadamente rebozadas en salsa bechamela.

--Hija, es preciso que me vaya acostumbrando � las lentejas y al pan
seco,--respondi� con un humor�stico alarde cuando la vieja criada,
llev�ndose la fuente, preguntaba con inquietud, si era que ya �ten�a
perdida la mano.�

Y la fiel servidora, antes de cruzar la puerta, clav� en su amo una
mirada perruna � inteligente, una mirada que se condol�a...

Vestido el frac, despu�s de comer, Gast�n dedic� la noche � intentar
ver � dos � tres personas de quienes esperaba consejo y auxilio.
� ninguna encontr� en casa, y ser�a caso raro que lo contrario
acaeciese en Madrid, donde la noche se consagra � c�rculos, teatros y
sociedades. Rendido, harto de dar tumbos en el alquil�n, se recogi�
� las doce y media. Una gran desolaci�n, un pesimismo mortal le
agobiaban, poni�ndole � dos dedos de la desesperaci�n furiosa. Sin
duda que al siguiente d�a le ser�a f�cil encontrar en casa, amables y
sonrientes, � sus noct�mbulos amigos; pero �qu� sacar�a de ellos? �
lo sumo... buenas palabras... �Ni Daroca, el bolsista; ni el flamante
marqu�s de Casa-Planell, el riqu�simo banquero; ni D�az Carpio, el
actual subsecretario de Hacienda; ni mucho menos el gomoso Carlitos
Lanzafuerte, iban � abrir la bolsa y ponerla � disposici�n del
_tronado_!... (Tan feo nombre se daba � s� propio Gast�n).

                             [Ilustraci�n]

Al dejar Telma sobre la mesa de noche la bebida usual, la copa de agua
azucarada con gotas de cognac y lim�n, mientras Gast�n, inerte, yac�a
en la meridiana, esperando � que se retirase la criada para empezar �
desnudarse, �sta dijo no sin cierta timidez, el recelo de los criados
que ven � sus amos muy tristes:

--Se�orito... anteayer mand� � preguntar por usted la se�ora
Comendadora. �No sabe? Su t�a, la del convento... Que si hab�a vuelto
ya de Francia... y que deseaba verle... Que cuando viniese, por Dios no
dejase de ir, sin tardanza ninguna...

--�Bien, bien!--contest� �l impaciente.

As� que apag� la buj�a y se tendi� en la cama, la arcaica figura de
la Comendadora se alz� en la oscuridad. Abandonado de todos Gast�n, un
instinto le impulsaba � buscar arrimo y consuelo, � desear comunicarse
con alguien que le compadeciese y le amase de veras. Y su t�a abuela,
la Comendadora, era la �nica parienta cercana que ten�a en el mundo.

                             [Ilustraci�n]




                                  II

                            La Comendadora


Como no le dejasen dormir sus melanc�licos pensamientos, Gast�n se
levant� temprano, se visti� con diligencia, y subiendo democr�ticamente
al tranv�a, se dej� llevar hasta muy cerca del convento de las
Comendadoras, que se eleva sombr�o, dominado por su vasta iglesia, en
una calle de las m�s solitarias del antiguo Madrid. Las Comendadoras
no tienen reja. Mano � mano, � guisa de seglares damas--y bien nobles
que lo son--reciben � sus visitas en un locutorio bajo, amplio,
esterado, encalado, cuyas paredes adornan cuadros religiosos anegados
en bet�n, y que amueblaban canap�s de paja con respaldo de lira, y
braseros claveteados--un sal�n de principios del siglo.--Paseando
febrilmente esper� Gast�n � su t�a. La portera le hab�a dicho que
do�a Catalina--as� se llamaba la Comendadora--estaba en el coro, y
que tardar�a cosa de unos veinte minutos. �No traigo prisa, gracias,�
contest� el mozo: pero, solo ya, med�a el locutorio con r�pidas
pisadas. Desde que se hab�a levantado y salido � la calle, batallaba
con la idea de que todo lo de su ruina era un mal sue�o. �Una casa
tan vieja, tan s�lida como la casa de Landrey, venirse � tierra por
artima�as de un usurero maldito! No; no pod�a ser que �l, Gast�n de
Landrey, con sus propias manos acostumbradas � calzar guantes, con su
propia cabeza hecha � las esencias y � los lavatorios del peluquero,
tuviese que trabajar y discurrir como el resto de los mortales, � fin
de ganarse el pan de cada d�a... La vida iba � continuar, rauda y
disipada; la �nica vida posible, la _vida_ en el sentido parisiense del
vocablo.

Al pensar esto, una oleada de esperanza inund� � Gast�n, esperanza
venida no sab�a de d�nde, tal vez de la tranquilidad del locutorio, del
aristocr�tico silencio del convento, donde deb�an de ser inmutables
todas las cosas.

Cuando se hallaba m�s engolfado en sus sue�os, abri�se la puerta
lateral, gruesa hoja de encina, y apareci� en el hueco, inm�vil y muda,
la Comendadora, la misma do�a Catalina de Landrey y Castro, con las
tocas negras, el blanco escapulario, y en el pecho la roja her�ldica
cruz. Adelant�ndose vivamente, Gast�n corri� � abrazar � su t�a, �
sostenerla, � traerla en vilo hasta la silla baja, situada cerca de la
reja que daba � la calle, el sitio donde sol�an conversar otras veces;
pero la anciana murmur� suplicante:

--�Al jard�n... al jard�n... all� hace sol... all� no tendremos fr�o!

No sent�a Gast�n ni pizca de fr�o en el locutorio: entrado el mes de
Mayo, la temperatura era suave y radiante la ma�ana. No obstante,
asinti� sonriendo y quiso coger � la anciana por el talle.

--No, voy delante,--exclam� ella.

Lentamente, desliz�ndose como una sombra, precedi� � Gast�n por dos
� tres pasillos y antesalas, hasta llegar � una carcomida puerta
cuyo picaporte alz�. Al pisar el umbral del jard�n, Gast�n se par�
deslumbrado.

No era el jard�n muy grande: serv�a de patio al convento, y en su
centro, por todo adorno, ten�a un pozo con brocal, el humilde pozo de
Castilla. Cuatro cuarterones sim�tricos, recortados en forma circular
� fin de dejar sitio al pozo y holgura para sacar agua, formaban el
sencillo trazado del jard�n mon�stico. S�lo que estos arriates, con
exclusi�n absoluta de toda otra flor � planta, estaban materialmente
tapizados de pies de azucena floridos. Era una espesura de azucenas.
Y bajo la s�bana de oro que el sol tend�a generosamente, la n�vea
blancura de las flores, su apretada abundancia, su esbeltez, su
elegante forma casta y m�stica, halagaban los ojos y embriagaban
dulcemente el coraz�n. Era un jard�n mariano, cultivado �nicamente por
amor � la Virgen, para poder cubrir su altar de ramilletes simb�licos,
en el gracioso culto llamado de las flores de Mayo; � m�s bien era
otro altar que brotaba de la tierra seca y desnuda, por virtud del
riego continuo de unas manos piadosas, enamoradas de Mar�a.

                             [Ilustraci�n]

En un �ngulo del jard�n daba todav�a la sombra, y sobre un banco de
ladrillo se sent� la Comendadora pausadamente, convidando � su sobrino
� que la imitase. La claridad que ba�aba el jard�n ca�a sobre el
rostro de do�a Catalina, patentizando la labor de los a�os; estrago
no diremos, porque en medio de su car�cter de vetustez, bajo el
severo contorno de la toca, aquel rostro ten�a a�n l�neas de belleza
pasada, vestigios de algo que debi� de ser escultural. Parec�an las
majestuosas facciones modeladas en esa cera amarillenta, resquebrajada,
de los cirios viejos y muy secos; la boca no era m�s que una l�nea
p�lida, dilatada por una sonrisa misteriosa; las cejas y las pesta�as,
encanecidas, sombreaban de un modo fat�dico los ojos, donde persist�a
una vida extraordinaria, una especie de magnetismo. Los clavaba en
Gast�n con tal fuerza, con insistencia tal, que el mozo por un instante
crey� � la Comendadora enterada de su ruina, y calcul� para s�, algo
impaciente:

--Menudo serm�n me espera. Agarrarse.

Recordaba Gast�n que, cuando de ni�o sol�a venir al convento, le daba
mucha l�stima su t�a la Comendadora. �Siempre metida entre aquellas
cuatro paredes, siempre arrebujada en aquellos austeros pa�os!
Despu�s, ya hombre y capaz de entender, hab�a sabido la historia de
do�a Catalina, y la l�stima creci�. Do�a Catalina era hija de don
Mart�n de Landrey, uno de los nobles que en la lucha entre espa�oles
y franceses por la independencia, inficionados de volterianismo y de
lo que llamaban entonces _ideas nuevas_, abrazaron el partido del
invasor. Es de advertir que los Landrey descend�an en l�nea recta de un
caballero bret�n venido con Beltr�n Duguescl�n � Claqu�n � favorecer �
don Enrique de Trastamara, que cas� con espa�ola, que no quiso volver
� Breta�a cuando la vi� incorporada � la corona francesa, y � quien el
fratricida estim� y colm� de _mercedes_, otorg�ndole bienes y feudos
en la tierra gallega, tan semejante � la vieja Arm�rica, se�alada
por su fidelidad � don Pedro, y en la cual le conven�a al bastardo
arraigar � sus partidarios. En cierto modo, don Mart�n de Landrey
obedec�a al atavismo cuando se afrancesaba; mas no lo creyeron as� sus
deudos ni menos do�a Catalina, que era entonces una criatura, pero que
se daba cuenta de todo. D�bil y enfermiza ya, pudo tanto en ella el
disgusto de ver � su padre, en quien adoraba, se�alado con el dedo y
despreciado y maltratado cuando por fin sali� de Espa�a el intruso,
que contrajo un raro padecimiento nervioso, convulsiones seguidas
de profundos s�ncopes. Su hermano,--el abuelo de Gast�n,--ardiente
patriota y espa�ol ac�rrimo, hab�a re�ido con don Mart�n por diferencia
de opiniones, y viv�a en Madrid, en casa de un t�o suyo, el marqu�s
de Lanzafuerte, algo favorito de Fernando VII; y Catalina se encerr�
con su padre, en el desmantelado castillo de Landrey, por huir de la
malevolencia y la antipat�a que en Compostela, lo mismo que en la
corte, despertaba el afrancesado.

                             [Ilustraci�n]

Vivieron all� padre � hija largos a�os en hosca soledad, ella siempre
enferma, �l tambi�n achacoso, y cada d�a m�s misantr�pico y saturado
de hiel, y cuando vino la �ltima hora de don Mart�n, la hija sufri� el
horrible dolor de ver morir al padre como un r�probo, rechazando con
mil pretextos toda clase de auxilios espirituales, y ya, por �ltimo,
amenazando con coger las pistolas que ten�a � la cabecera �y hacer un
ejemplo si un cura pasaba el umbral!--As� que hubo cerrado los ojos
al infeliz, do�a Catalina, en vez de caer al suelo presa de uno de
sus accesos acostumbrados, se mostr� casi impasible; vel� el cad�ver,
atendi� al entierro, encarg� misas, muchas misas, y se estuvo cerca de
un mes encerrada en las habitaciones del difunto, registrando c�modas
y armarios, poniendo en orden documentos y papeles. Una noche, los
labriegos y pescadores de la costa donde se asienta el castillo de
Landrey, vieron con sorpresa un gran resplandor rojo, y si al pronto
creyeron que hab�a incendio, no tardaron en comprender que era una
descomunal hoguera encendida en mitad del patio de honor. Delante
de la hoguera estaba do�a Catalina de pie, mandando la maniobra, y
dos criados tra�an en cestos libros y manuscritos, despedazaban los
vol�menes y los arrojaban � la hoguera, atizando y cebando su llama
con provisi�n de le�a y ramaje seco, para que devorase pronto aquel
f�rrago.--Gast�n hab�a o�do referir � su madre que all� se abrasaron
las obras de bastantes franchutes de la c�scara amarga, y muchos
papelotes que probaban las �ntimas conexiones de don Mart�n de Landrey
con la masoner�a espa�ola, su afiliaci�n � la secta y el alto grado
que en ella pose�a... La quemaz�n dur� hasta el amanecer, y s�lo al
blanquear la luz del alba las almenas de las torres se retir� do�a
Catalina lentamente, despu�s de cerciorarse, removiendo con un palo la
ya moribunda hoguera, de que all� s�lo quedaban cenizas. Pocos d�as
despu�s de este suceso, do�a Catalina, dej�ndolo todo bien arreglado
y habiendo repartido entre los pobres labriegos cuantiosas limosnas
y perdonado, por cuenta de su leg�tima, deudas y atrasos de pagos de
rentas, sali� hacia Madrid, donde la reclamaba su hermano don Felipe de
Landrey. Llevaba en su compa��a do�a Catalina � una ni�a de unos tres
a�os de edad, hu�rfana de madre, hija del mayordomo, que no era sino
Telma, la actual sirviente de Gast�n.

En Madrid quisieron divertir y festejar � Catalina; adem�s de su
hermano ten�a dilatada parentela de primos y primas, porque una hermana
de su bisabuelo se hab�a casado con el duque de Ambas Castillas, y otra
con el de Lanzafuerte, dejando ambos numerosa y masculina prole, que
se enlaz� luego � otras familias de muy alta alcurnia. Catalina aleg�
el riguroso luto para no concurrir � distracciones ni � saraos, y el
d�a en que se cumpli� un a�o justo de la muerte de su padre, anunci�
el decidido prop�sito de entrar en las Comendadoras. Era libre y due�a
de sus acciones, y nadie pod�a oponerse � su deseo, con tal resoluci�n
manifestado. No obstante, don Felipe se opuso, y aleg� el peligro de
la salud; con aquel terrible mal nervioso, aquellos desvanecimientos y
accesos convulsivos �era prudente, era ni siquiera cristiano encerrarse
en un convento? Do�a Catalina respondi� que la Iglesia hab�a arreglado
las cosas tan bien, que exist�an conventos para todos los estados de
salud; que las Comendadoras no hac�an vida penitente, sino recoleta
y regular, y que ella estaba segura de resistir bien la prueba. Y en
efecto, no s�lo la resisti�, sino que dentro del convento su organismo
d�bil y quebrantado se templ� hasta adquirir el vigor del acero; el
equilibrio se estableci�, la paz rein� en su antes combatido esp�ritu,
y poco � poco la cara triste y los nublados ojos de do�a Catalina se
convirtieron en la hermosa faz y las serenas pupilas de la que todos
dieron en nombrar la monja guapa.

--Desde que tu t�a Catalina pronunci� los votos, revivi�,--dec�ale �
Gast�n su madre.--La pobre se conoce que hab�a ofrecido este sacrificio
por los pecados de don Mart�n. Ella cumpli� lo que ten�a el deber de
cumplir, y nada aprovecha tanto al alma y al cuerpo.

� pesar de la afirmaci�n de su madre, Gast�n recordaba que no hab�a
cesado de compadecer � su t�a Catalina, de considerarla una v�ctima
inmolada � preocupaciones, una vida tronchada en flor, una especie de
fantasma sentenciado � desaparecer del mundo. Para �l, entregado al
desorden y tropel�as de la voluntad, la regla en el vivir constitu�a
una esclavitud, y cualquier valla cruel tiran�a. �No hay m�s, do�a
Catalina le daba l�stima! �Y por qu� en aquel instante, � aquella hora
virginal de la pura y radiante ma�anita, en aquel jard�n mon�stico
todo paz, donde s�lo se escuchaba el vuelo de alg�n abejorro, donde
las azucenas abr�an t�midamente sus c�lices de raso blanco y vert�an
en silencio su pomo fragante, Gast�n, en vez de compadecer � do�a
Catalina, advert�a que la envidiaba? S�, no lo pod�a dudar; envidiaba
� la Comendadora, como envidia el marinero, desde su esquife que las
olas hacen crujir y van � tragarse pronto, al pobre ermita�o que bebe
de la apacible fuente antes de la oraci�n... Era hermoso haber vivido
sin tacha; haber realizado lo que creemos bueno y justo; haber dado
testimonio de su fe ante los hombres, y haber llegado casi � los
noventa a�os con aquella sonrisa misteriosa, no la de la esfinge, sino
la de la santa que ya entrev� la bienaventuranza celeste...

--Aqu� estaremos mejor,--pronunci� con cascada voz la Comendadora,
interrumpiendo los calendarios de su sobrino.--Importa much�simo que
no nos oiga nadie... �nadie!... � estas horas no aparecen monjas por
aqu�... Lo que te voy � decir es s�lo para t�... �me entiendes? Para
t�... t� eres el �nico nieto var�n de mi hermano Felipe... y ya no
queda en este mundo m�s personas que t� y yo llevando directamente el
apellido de Landrey...

Gast�n se estremeci�. Acababa de presentir que no iba � escuchar de
labios de su t�a el obligado serm�n al sobrino manirroto. Conoc�a el
culto de do�a Catalina por el apellido de la familia, �nica debilidad
mundana que siempre se not� en la ejemplar reclusa, que no hab�a cesado
ni un d�a de enterarse de los nacimientos, bodas, muertes, malandanzas
y bienandanzas de sus sobrinos. La Comendadora no era veros�mil que
conociese el estado de la hacienda de Gast�n, y por consiguiente,
lo que iba � dejar salir de su hundida boca de sibila agorera, la
revelaci�n anunciada, s�lo pod�a referirse al pasado, � ese _ayer_ de
todas las familias, m�s rom�ntico en las nobles, en quienes se enlaza
estrechamente con la historia.

                             [Ilustraci�n]




                                  III

                             La revelaci�n


--�Qu� miedo he pasado de morirme antes que t� volvieses de ese
Par�s!--exclam� la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital
francesa.--�Lo que he rezado � santa Rita para que me conservase la
vida unos d�as m�s!

--�Pero, t�a, si est� usted para vivir cien a�os!--afirm� Gast�n
chanceramente.

Do�a Catalina clav� en el rostro de su sobrino los negr�simos ojos, lo
�nico que sobreviv�a en su semblante momificado, con extraordinaria
expresi�n, sobrehumana casi.

--� la l�mpara se le acaba el aceite,--dijo en voz sorda,--pero la
misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. S� de
cierto que se acerca la hora...

--Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted � m� y pedir
para que me admitan en la gloria,--insisti� el sobrino.

--No lo digas � nadie, hijo m�o,--prosigui� la reclusa sin
atenderle.--�S�lo � t� y al confesor lo descubrir�!... �Como te estoy
viendo... he visto... he visto � don Mart�n de Landrey, tu bisabuelo...
mi padre!

Estremeci�se Gast�n. En aquel jard�n embalsamado, entre los vitales
efluvios que derramaba el sol ascendiendo � su zenit, sinti� pasar el
soplo fr�o del _m�s all�_, un h�lito del otro mundo.

--�Si vieses qu� mal color ten�a!--continu� do�a Catalina tiritando
como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.--Lo mismo
que cuando lo deposit� en la caja... �Y una cara de sufrir!... �Virgen
Sant�sima, Madre de los afligidos, perd�n para �l... y para todos los
pecadores!

La cabeza agobiada de la Comendadora cay� sobre el pecho, y Gast�n,
cari�osamente, s�lo acert� � murmurar:

--T�a... �no habr� sido... una figuraci�n de usted?... �Hay as�...
momentos en que desvariamos!...

--�No! Era �l en persona... �Podr�a yo desconocerle! �Podr�a confundir
con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste...
como si las palabras saliesen de la pared!... ��Catalina... te
espero... hasta luego, Catalina!...�

Hizo una pausa, y Gast�n vi� humedecerse ligeramente las �ridas pupilas
de la dama, que mov�a los labios, rezando para s�, sin articular.
Gast�n, quebrantado a�n del viaje y de las penosas impresiones
recientes, notaba un v�rtigo que atribu�a al olor subido de las flores,
m�s aromosas cuanto m�s calentaba el sol. No quer�a Gast�n reconocer
que, � pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.

De pronto do�a Catalina se enderez�, ya tranquila y al parecer olvidada
de sus temores.

--Natural es morir, hijo m�o,--declar� serenamente.--Otros eran
j�venes y se han ido primero. Eso s� que asusta. Ya no hay m�s Landrey
que t�. � m� la tierra me llama, despu�s de ochenta y ocho a�os y cinco
meses que estoy en el mundo. T� ahora empiezas la jornada... �C�mo te
pareces � tu abuelo, al pobre Felipe!... �Qu� bien has hecho en venir
aprisa!...

--En cuanto me avis� Telma. Ayer mismo llegu� � Madrid... Ya ve usted,
ni veinticuatro horas...

Algo que remedaba una sonrisa y era m�s bien f�nebre mueca, anim� el
semblante amojamado de la Comendadora.

--Ac�rcate m�s, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo
esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy
viejecita... Adem�s, tengo fr�o... Mira, mira... Helada estoy.

La diestra glacial de la Comendadora cay� sobre la de Gast�n, que
sinti� impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parec�ale advertir
el contacto de un cad�ver: tal estaba de inerte y seca � la vez
aquella mano que hab�a debido de ser bella y que conservaba a�n las
proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.

                             [Ilustraci�n]

--�Eres buen cristiano?--pregunt� de improviso do�a Catalina.

--Bueno no s�; cristiano s�,--respondi� no sin extra�eza Gast�n.

--�Es que si eres... de esos... que s�lo creen en la materia...
entonces... aunque te llames Landrey... yo... no tengo nada que
decirte!...--�Crees firmemente en Dios, que nos perdona... que nos ha
redimido?... �Crees, � no crees? No mientas... �Un Landrey no miente...
ser�a mucha verg�enza! �Ser�a propio de un villano!

--Creo en Dios,--murmur� Gast�n sonriendo del � su parecer pueril
interrogatorio.

--�Y en la Virgen?

--Y en la Virgen,--afirm� el mozo con calor involuntario, m�s conmovido
ya de lo que aparentaba.

Do�a Catalina cruz� las manos como transportada de gozo. Despu�s, sin
transici�n, exclam�, fijando en Gast�n sus vividos ojos:

--�Has estado alguna vez en nuestro castillo de Landrey, cerca de la
Puebla de Beirana?

--Nunca, querida t�a,--declar� Gast�n desorientado y algo confuso.--Y
eso que siempre me daba curiosidad. Debe de ser una antigualla
preciosa... es decir, con car�cter... de eso precisamente, de
antigualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: se forman planes, se
fantasea el viaje... y hoy por esto y ma�ana por aquello... se queda
todo en proyecto, y corren d�as, y meses, y a�os... Nada, que no he
visto Landrey.

--Mal hecho... �Lo mismo hicieron tu padre y tu abuelito... yo no se
lo aprob�! �Aquel es nuestro solar, el sitio en que se respeta nuestro
nombre, el sitio en que �ramos como reyes! �Los se�ores de Landrey!
�Eso era decir algo! El que fund� el castillo y los se�or�os,--por
cierto que se llamaba como t�, Gast�n de Landrey,--fu� de los que
vinieron � ayudar � don Enrique... Me lo cont� mil veces mi padre,
que eso s�, era estudios�simo... �El estudio es cosa buena cuando no
nos aparta de Dios!... �Por qu� dec�a yo esto?... �Ah! S�, s�... Aquel
Landrey � Landroi era ya un caballero muy noble... sus abuelos hab�an
estado en las Cruzadas, con San Luis... El caso es ser grande en el
cielo... pero en fin, los que desde hace siglos...

Det�vose la Comendadora, fatigada sin duda, y Gast�n, que callaba por
respeto, empez� � creer que estaba perdiendo el tiempo lastimosamente.

--La pobrecilla ya chochea...--pens�,--y se le va el santo al cielo...
Incoherencias, alucinaci�n... �Cerca de noventa a�os y el claustro!...
Querr� que restaure � Landrey y junte all� mesnadas y alce pend�n y
caldera... �Y c�mo revela el orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con
la humildad cristiana! �Si supiese que el �ltimo Landrey va � carecer
de lo m�s preciso!

--Mi hermano,--continu� la Comendadora,--pudo titular, y prefiri� ser
Landrey � secas... Hay condes y duques nuevos, pero los Landrey son
todos viejos... �Ah! Ya recuerdo, ya s�... Habl�bamos del castillo.
Digo, no; habl�bamos de tu bisabuelo, de mi padre... �que Dios le haya
perdonado!--y el acento de do�a Catalina se quebr� en un sollozo.--�El
pobre!... esto pas� la noche antes de morir... porque muri� en Landrey,
en el cuarto de _la parra_, que tiene pintada una, al temple... Pues
me llam�... as�, en voz alta... ��Catalina!� �Aqu� estoy.� ��Me oyes
bien?� �S�, se�or, diga lo que quiera.� �Ac�rcate, santita...� (me
llamaba _santita_ por cari�o y por chiste). �As� que yo fallezca,
registrar�s mis papeles... y quemar�s lo que deba quemarse...� �No
tenga miedo...� ��Pero cuidado!... En el mueble de concha, unas
cartas... �las quemas sin leerlas!� �Lo que usted mande, se�or...�
�Hay tambi�n en el mismo mueble... �atiende! una caja de plata, de
resorte... y dentro dos papeles doblados y enrollados... de mi letra...
�Esos s� que los lees... y los guardas... y te gu�as por ellos para
encontrar el tesoro!...�

--�El tesoro!...--repiti� Gast�n fascinado por la palabra m�gica que su
t�a acababa de pronunciar.

--As� dijo: �el tesoro...� Y me acuerdo bien, que me cogi� la mano y
me la apret� mucho, mucho, y a�adi�... �ver�s! �Es para t� sola... es
tu dote... Te prohibo que le d�s nada � Felipe... �ni un maraved�! �
Felipe no... Es mi enemigo: me ha tratado como � un perro... s� que
me ha llamado _traidor_... Me cree renegado, apestado y maldito... T�
aqu�, encerrada en estas paredes conmigo en lo mejor de tu edad...
� cada cual su recompensa... Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi
todo... T� tienes una leg�tima corta... �M�s rica t� que �l! �Para t�
el tesoro!...�

Guard� silencio otra vez la Comendadora, exhausta por el esfuerzo, pero
sus ojos centelleaban. Gast�n no sab�a lo que le pasaba: el olor de las
azucenas le atravesaba como un clavo las sienes, y su coraz�n lat�a de
esperanza: en aquel momento daba por cuerda y muy cuerda � la monja.
�sta, con dolorido acento, articul� despacito:

--Al otro d�a muri�...

--�Y la caja?--exclam� aturdidamente el mozo.

--�Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es verdad... No, no creas que
la perd�... All� estaba como _�l_ dijo, en el mueble de concha...
junto � las cartas... que ol�an � esencias... y las quem�... �Qu� bien
ardieron! �Como yesca!

--Pero... la cajita... con sus misteriosos papeles dentro...

--La recog�... �No faltaba m�s!... Aqu� la tengo... Espera... espera.

Y con un movimiento que parecer�a c�mico � quien no fuese capaz
de estimar lo que representaba de dignidad y de pudor y de vida
inmaculada, la Comendadora se volvi� hacia la pared, se alz� el
escapulario y se registr� el seno con una mano que la vejez hac�a
insegura... Gast�n, ansioso, disimulaba la impaciencia y la curiosidad.
Vuelta de cara ya la se�ora, present� � su sobrino un objeto oblongo,
una cajita de plata algo mayor que una tabaquera y finamente cincelada
al estilo de Luis XV; cazadores con tricornio y damiselas con peinado
de eriz�n acosaban � un ciervo entre el follaje de un bosquecillo.
Gast�n tendi� la mano vivamente, pero do�a Catalina le contuvo
sonriendo con alarde de malicia casi infantil.

--El resorte... Sino ni t� ni diez como t� la abr�s...

                             [Ilustraci�n]

Y apoyando de cierta manera la u�a del seco pulgar en la charnela de
la caja, alz�se lentamente la tapa, y Gast�n pudo ver en el dorado
fondo, enrollado, un papel amarillento. La monja casi re�a, gozosa y
triunfante.

--�Eh? Ya lo ves, ah� lo tienes... Sesenta y pico de a�os hace que lo
conservo... Ni un solo d�a se ha separado de m�...

--Pero, t�a,--observ� enajenado Gast�n, que sin poder contenerse se
entregaba � f�rvidas ilusiones,--si pose�a usted esto, �por qu� no
busc� el tesoro? �� es que ya lo ha buscado usted? No entiendo...

--No, no, yo no lo he buscado... Dios no quiso que lo buscase... Por
cosas que... que yo me s�... desde que me falt� mi padre... ofrec� ser
monja... �y para eso no necesitaba grandes riquezas! Mi padre hab�a
prohibido que el tesoro fuese de Felipe... Pude d�rselo � los pobres...
sino que... no s� si Dios me castigar� por esto... la verdad, tengo
un delirio por el nombre de la familia... es falta de humildad, lo
conozco... �Quer�a que ese tesoro se lo llevase un Landrey!...

Y volviendo � apoderarse de la mano convulsa de Gast�n, a�adi� bajo,
casi al o�do del mozo:

--T� puedes hacer que Dios me perdone esta debilidad... Eres cristiano,
hijo m�o... Usa del tesoro, no como pagano, sino como cristiano...
Las riquezas son un dep�sito... No abuses, no derroches, reparte con
los infelices... y acu�rdate tambi�n del alma... de la tuya... de la
m�a... �y sobre todo de la de mi pobre padre!... Esto �ltimo no te
lo encargo, que te lo mando... �lo oyes? Te lo mando con un pie en la
sepultura...

--Prometo � usted hacer lo que desea,--declar� Gast�n subyugado, lleno
de fe en el tesoro.

Y tomando la cajita, apresur�se � desenrollar el papel que conten�a,
con ansia de leerlo. Antes de que lo hiciese, record� de s�bito y
exclam�:

--Mire usted, t�a, que usted habl� de dos papeles... y aqu� hay uno,
uno no m�s.

Indescriptible expresi�n de pena cavilosa oscureci� el mirar de
do�a Catalina. Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y sus manos se
enclavijaron, como si pidiese misericordia.

--�Yo, yo destru� el otro!--gimi� desconsolada.

--�Usted? �Por qu�?... �Lo destruy� usted � prop�sito? �Qu� era?

--Era el que m�s val�a... �Era el plano!...

--�El plano!--repiti� Gast�n.--�Un plano del castillo, sin duda?

--Del castillo y de sus alrededores... Con tinta azul, y se�alcitas de
puntos encarnados... Hecho por _�l_ mismo... �Si ten�a una cabeza, un
saber de todo!

--�Pero y c�mo destruy� usted ese documento... c�mo fu�?...

--Porque... �Ver�s!... Yo, en el mundo, padec�a s�ncopes... y unas
congojas... as� como convulsiones... Cuando me encerr� sola � quemar
aquellas cartas... �las de las esencias! mientras ard�an, abr� la caja
esta de plata... saqu� los papeles... los estuve mirando... Y c�tate
que de improviso me da el ataque... no quiero llamar, porque las cartas
no las deb�a ver nadie... lo pas� all�, sin auxilio... caigo junto
al fuego... el plano enrollado rueda � la chimenea... �y gracias �
Nuestra Se�ora, que no ard� yo... pero se me tostaron las suelas de los
zapatos! Milagrosamente me salv�.

--Y el otro papel... no el plano... �� ver qu� dice?--exclam� Gast�n
sin acertar � reprimir su impaciencia.

Y desenrollando el papelito, vi� que s�lo conten�a escritas en muy
clara letra, estos renglones:

�Hallar�s lo que buscares, si guiado por el Norte sigues el camino
de los antiguos en peligro de muerte. Las piedras viejas son las m�s
preciosas, y el que se humille se ensalzar�.�

                             [Ilustraci�n]

--�No sabe usted qu� significa esto?...--interrog� el mozo, que
encontr� el texto, m�s que oscuro, negro como boca de lobo.

--No, hijo m�o... Con el plano, de seguro se entend�a... Yo no hice
nada, y ahora mi cabeza... Ya ves... �Los a�os!... Pero en Landrey lo
entender�s perfectamente, t� que eres muchacho y listo... Guarda esa
cajita �gu�rdala! y v�te, que es cerca de mediod�a, se acaba la hora de
locutorio, y vendr�n � llamarme... Y si cumples lo que me ofreciste...
�Dios te bendiga!...

Do�a Catalina alarg� sus brazos flacos y cogi� la bonita cabeza
pelicasta�a de Gast�n, pegando el rostro � la blanca frente juvenil del
�ltimo de su linaje. Un hielo mortal serpente� por las venas del mozo;
pens� que acababa de besarle un fantasma sin labios.

                             [Ilustraci�n]




                                  IV

                               Gusanillo


Sali� Gast�n del convento fluctuando entre la convicci�n y el
escepticismo. Su convicci�n era involuntaria; pero su incredulidad,
sostenida por el amor propio cifrado en no _caer de inocente_, no
se fundaba �nicamente en lo enigm�tico del texto del papel y en la
destrucci�n del plano, sino en lo inveros�mil de que existiese nada
menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio
tan rom�ntico y llegando tan � punto para salvar de la ruina � la casa
de Landrey. �Vamos, si ten�a que ser � la fuerza una paparrucha, una
quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! � pesar de
la caja, que apretaba contra su pecho,--y que instintivamente en el
tranv�a cubri� con ambas manos, por defenderla de alg�n rata,--Gast�n
tem�a ser rid�culo ante s� propio, si prestaba fe absoluta � la
historia. Lo que m�s influye en que nos parezcan _irreales_ los
sucesos, es la comparaci�n con un medio en el cual esos sucesos no
encajan. Ven�a Gast�n de Par�s, saturado de aquel ambiente positivo
y prosaico, sin m�s aspiraci�n que el goce material del momento
presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y
en lo porvenir, tomando la tierra como tr�nsito, existiendo �nicamente
para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su
raza, era como figura de cuadro � de tapiz, algo art�stico, singular �
interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de
piedra de los viejos p�rticos...

--La chifladura se pega,--cavilaba el mozo,--y si estoy con la buena
se�ora una horita m�s, �nada! que me creo lo del tesoro � pies
juntillas.

Sin embargo, Gast�n notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que
acompa�a � los accesos de esperanza violenta y repentina. Pas� el
d�a vagando por Madrid, sin decidirse � ver � nadie, y se acost�
temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo.
Durmi�se pronto pesadamente, y so�� cosas raras; vi�se descendiendo
� un negro subterr�neo por torcida escalera de caracol; delante de
�l, gui�ndole, iba un espectro con h�bito mon�stico, que llevaba en
sus manos descarnadas--manos de esqueleto--una linterna, la consabida
linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El
espectro, al deslizarse por los pelda�os de la h�meda y resbaladiza
escalera, produc�a un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues
del h�bito, al pegarse al cuerpo, dise�aban planos sin carne y palillos
mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared,
dejaba ver fungosas vegetaciones, � inmundos insectos, asustados,
correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin
encontrar nunca el t�rmino de aquella escalera horrible, que sin duda
se perd�a en las entra�as del planeta, buscando su centro. Gast�n
anhelaba de cansancio, pero el espectro segu�a bajando cada vez m�s
aprisa, y era preciso ir tras �l hasta el mism�simo averno. All� abajo,
en la sombr�a profundidad �ltima, Gast�n divisaba un punto rojo, y
� medida que descend�an, el punto se agrandaba, cund�a, acabando
por ser la boca de un horno gigantesco, en que ard�a--�temeroso
espect�culo!--un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios
del siglo, retorci�ndose entre las llamas sin consumirse... Y el
espectro, de pie ante el horno, sollozaba:

--�Agua bendita! �Agua bendita! �Trae agua bendita, Gast�n!...

En este punto del sue�o despert� el mozo. Notaba una sed devoradora, y
tendi� la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando beb�a
con ansia, la puerta se abri�, penetr� Telma lo mismo que un rehilete,
abri� atropelladamente las ventanas por donde entr� la luz del d�a y
se plant� delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el
llanto:

--Se�orito... Se�orito... La se�ora Comendadora...

--�Qu�... qu� ocurre?

--�Ay, se�orito!... �Acaban de traer el recado! Esta noche...

--Ha muerto, �verdad?--pregunt� el mozo que recib�a la noticia en
aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho
previsto.

--S�, se�or... �Ay, Jes�s! �Se�orita querida m�a, que era como
mi madre! �Santa de mi alma!--exclam� Telma, derramando l�grimas
abundantes.

--Voy ahora mismo al convento...--declar� Gast�n, mientras sal�a la
criada, sofocada de pena.

Y en efecto, ni una hora tard� el sobrino de do�a Catalina en pisar
nuevamente el locutorio del convento: s�lo que de esta vez le recibi�
la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte se�oril,
con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble h�bito, do�a
Francisca de Borja Mascare�as y Quevedo hab�a frecuentado m�s los
salones que las iglesias, y de su conversi�n se habl� bastante,
atribuy�ndola � rudos desenga�os, � como dec�a ella en su gracioso y
expresivo lenguaje, � _bofetones en el alma_. Lo que refiri� la abadesa
� Gast�n fu� lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni
sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:

                             [Ilustraci�n]

--Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos tem�amos lo que
ocurri�, y cada noche que se recog�a, dec�amos:--�Se levantar� la
madre Catalina?--As� es que dorm�a � su lado una lega, por precauci�n,
y gracias � tal medida no careci� de auxilios en sus �ltimos momentos.
Pudo recibir,--y no fu� peque�o consuelo para ella y para todas
nosotras,--el Vi�tico y la Extrema. �Alabado sea el Se�or! Muri� con
una paz... Estaba content�sima de haberle visto � usted... Eso me
lo dec�a ayer tarde. �Y sabe usted que desde hace unos quince d�as
andaba con el tema de que se acercaba su �ltimo instante? Era un
presentimiento, sin duda...

--�Pero de qu� muri�?--pregunt� Gast�n afanoso.--�Porque estaba tan
bien, ayer, tan locuaz, tan entera!

--�� esa edad! De muerte natural... �de acab�rsele la cuerda al reloj!
Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven ser�a cuesti�n
de toser y carraspear un poco... Pero ella no ten�a fuerzas para mondar
la garganta, y la menor cosa �ps�! �una flemita! basta para ahogar � un
anciano... No somos nada... �una miseria! Al volver la cabeza as�...
se acaba todo, alegr�a, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos...
Asustar�a si lo pens�semos bien.

--�No puedo verla?--pregunt� Gast�n, que sent�a el pecho oprimido y el
coraz�n en un pu�o.

--Est� de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura... No,
no es posible... �Y es l�stima, porque si viese usted qu� natural se
ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantar� ahora, dentro
de poco, en la iglesia, y bajar�n el ata�d ya cerrado: y esta tarde se
dar� sepultura al cad�ver. �Desear�a usted conservar alg�n recuerdo de
su t�a? Puedo darle � usted el rosario que usaba, con las medallitas...

--Mil gracias, se�ora,--contest� Gast�n inclin�ndose.--Poseo un
recuerdo de la t�a Catalina, que ella misma, en previsi�n de la
desgracia, me entreg� ayer.

Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gast�n a�adi�
sencillamente:

--Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo
derecho � conservarla, estoy pronto � devolverla.

--�Santo Dios!--dijo cortesmente la abadesa.--Hizo divinamente; que
usted la disfrute mil a�os. Le quer�a � usted mucho, y bien puede
usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe
interceder por nosotros.

--�Ojal� que de aqu� � un a�o les regale yo � ustedes en compensaci�n
de la tabaquera, una Santa Catalina de plata maciza!--a�adi�
Gast�n.--Si algo la ocurre � usted que mandarme... Esta tarde misma
necesito salir para una finca que tengo all� en Galicia, en la Puebla
de Beirana... � no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa
relativa al entierro de la t�a, que entonces...

--Que Santa Catalina le d� � usted feliz viaje,--contest� la abadesa
sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su
h�bito.

                             [Ilustraci�n]

Al salir del locutorio Gast�n entr� en la iglesia. Empezaban los
preparativos del funeral y se alzaba en el centro el t�mulo, vestido de
pa�os negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo
arreglaba las hachas en los grandes hacheros. � poco bajaron la caja
forrada de pa�o negro tambi�n y el sacrist�n ayud� � colocarla sobre el
catafalco. Cuatro � seis caballeros de la Orden, avisados temprano,
mal despiertos a�n, iban acomod�ndose en los bancos de la nave. Uno de
ellos, el conde del Sacrovalle, divis� � Gast�n apoyado en un pilar,
y le llam� con la mano, brind�ndole sitio en el banco, � la cabecera.
Encendidos los altos cirios, cuya llama amarilla chisporroteaba
vivamente, pobl�se el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y
en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el
espeso enrejillado de madera. El �rgano empez� � quejarse, acompa�ando
las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las
plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del
Oficio de difuntos. Gast�n escond�a la cara en el pa�uelo. Sent�a
como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy
adentro, � su parecer m�s all� del coraz�n, en un lugar que, por lo
rec�ndito y lo sensible, deb�a de ser el �pice de la conciencia. No
pod�a Gast�n atribuir tal efecto al dolor de haber perdido � do�a
Catalina: si es cierto que la quer�a bien, poco lugar ocupaba en su
vida; ning�n vac�o le dejaba la Comendadora: sus muchos a�os hac�an
de su muerte algo previsto, que no arrancaba l�grimas. No: lo que
sent�a Gast�n era un torcedor �ntimo, una c�lera secreta contra s�
propio, esa sensaci�n oscura que lentamente se condensa para formar
el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestaci�n de
nosotros mismos, la censura,--m�s que ninguna severa,--que hacemos de
nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme,
pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena
sin defensa ni apelaci�n, porque tiene las pruebas, la evidencia en
la mano... Del enlutado ata�d, Gast�n cre�a que se elevaba una voz,
preguntando:--�Eres cristiano?--Y que el juez, el r�gido juez de negra
toca, respond�a:--Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre,
�pero en los hechos? �Cu�ndo te has acordado t� de Dios? �Cu�ndo has
pensado en el pr�jimo? �En qu� y c�mo has dilapidado tu hacienda? Buen
comer, regalo, deleites, ociosidad... �Y qu� m�s hicieras si fueses
pagano? �Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una
noche fr�a, por no desabrocharte el gab�n de pieles no dabas limosna?
�Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un qu�tame all� esas
pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le
abr�as la cabeza � tu mejor amigo? �Eras cristiano, ni aun caballero,
cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argent�n, mientras
en tu izquierda cruj�a un diminuto billetito de su esposa? �Eras
cristiano cuando?...--La lista fu� larga, y Gast�n segu�a con el
pa�uelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez.--�Y todav�a
te indignas porque, aprovechando tus horas de culto � los �dolos, un
brib�n te ha robado la bolsa! Para lo bien que t� la empleabas... �Y
todav�a ser�s capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el
mismo paso, iguales despachaderas que � la hacienda que te dej� tu
madre! �Ay de t�, si con tal objeto descubres ese tesoro! �No s� yo
acaso que ayer, al so�ar con �l, pensabas en nuevos goces, en nuevas
locuras?...--Y aqu� el invisible juez tomaba forma humana: era do�a
Catalina, del color de la cera, con los p�rpados cerrados, la nariz
afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella
de una catadura tan espantable y temerosa, que Gast�n quitaba el
pa�uelo y miraba al ata�d con ojos de loco...

                             [Ilustraci�n]

Entretanto resonaban los sublimes acentos del _Dies ir�_, y el viejo
conde del Sacrovalle dec�a al derrengado marqu�s del Altocueto:

--�Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos
sentimientos ese muchacho...

La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gast�n hacia el
Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.




                                   V

                                Landrey


De tres maneras tuvieron que viajar Gast�n y su leal servidora
antes de sentar el pie en el castillo: al dejar el tren, tomaron la
diligencia que por una carretera provincial descuidada conduce �
la Puebla de Beirana, y antes de llegar � la Puebla alquilaron dos
peludos y trasijados rocines con su espolique y bagajero, para el
trozo sin camino practicable que conduce � �las torres.� Al pronto, en
aquella hora del crep�sculo, Gast�n no distingui�, de su casa solar,
sino una masa informe, un hacinamiento de construcciones pintorescas
destac�ndose sobre el fondo de un celaje verde claro, m�s bien que
azul, realzado al poniente por una franja de oro p�lido, blanco casi.
Armado de una vara de mimbre cortada en un seto, Gast�n arreaba � su
fementida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban duramente la calzada
de piedras, desasentada ya � invadida por las hierbas, que conduc�a �
la alta puerta del patio de honor, flanqueada por cubos � tamboretes,
y superada por gallardo escudo con penachos de hiedra. La decoraci�n
entrevista pareci�le grandiosa. Al mismo tiempo, sintiendo que le
lastimaba la grosera albarda del jaco, se acord� de sus lindos _poneys_
de Par�s, hoy vendidos, y pens� con melancol�a que probablemente
nunca le ser�a dable oprimir el lomo de otro animal tan fino y tan
ardiente como _Digby_, hijo del famoso _Douglas I_ y de la yegua �rabe
_Zelmira_, tra�da de Argel por el coronel de spahis La Morli�re... El
_hombre viejo_, el civilizado epic�reo, renac�a ya, sin querer.

                             [Ilustraci�n]

Ocurri�sele, adem�s, que iba � pasar una noche de perros, y varios d�as
y noches no m�s agradables, porque el tal castillote deb�a de estar
incivil, despu�s de tantos a�os que no se habitaba. El mayordomo, de
quien s�lo sab�a Gast�n que se llamaba don Cipriano Lourido, y que era
alcalde de la Puebla, si bien no hab�a sido avisado de la llegada
del amo, una cama, al menos, se la podr�a ofrecer. Con esta confianza
empuj� la cancilla de troncos sin labrar que sustitu�a al port�n
bardado de hierro, y penetr� en el patio, llamando � gritos por alguno.
Telma, ape�ndose �gilmente, comenz� � gritar tambi�n. El �spero ladrido
de un perro fu� la �nica respuesta. La puerta del castillo estaba
cerrada � piedra y lodo. Por fin, � una ventana con reja se asom� un
rostro lleno de arrugas, y una vejezuela pregunt� con hostil acento:

--�Qui�n anda por ah�?

Telma, en dialecto, respondi�, no menos enojada:

--Es el amo, el se�orito, el due�o de esta casa, y si no abr�s pronto,
ver�is lo que os sucede.

La bruja desapareci�, y por diez minutos no se oy� nada; dir�ase que
era un castillo encantado. Entonces el bagajero, rasc�ndose la cabeza
con sorna, di� su parecer:

--Convendr�a que el se�orito bajase � aposentarse en la Puebla, porque
don Cipriano Lourido hab�a m�s de cuatro a�os que no viv�a en el
castillo; como que ten�a en la plaza una casa muy magn�fica... All�, en
el castillo, s�lo estaban unos caseros, puestos por Lourido mismo...
Era dudoso que abriesen � tales horas.--�Y por qu� no me dijiste eso
cuando me baj� de la diligencia, pavisoso?--exclam� Gast�n.

--�Se�orito... porque no me preguntaban...!--repuso el bagajero con
gran flema.

Iba el castellano de Landrey � montar en c�lera, cuando corrieron
unos rechinantes cerrojos, abri�se la puerta, y el casero, receloso y
humilde, apareci� murmurando:

--Buenas noches nos d� Dios...

� la luz de una mala candileja de petr�leo, subi� Gast�n la escalera de
piedra que conduc�a � un piso alto. Eran aposentos vast�simos, salones
m�s bien, con desconchadas pinturas al temple y restos de un mobiliario
que debi� de ser suntuoso, pero que se ca�a � pedazos, destru�do por
el abandono y la humedad. En algunas partes el techo se encontraba
agujereado, y el chorreo de las goteras hab�a podrido el piso, cuyos
carcomidos tablones ced�an bajo el pie. Not�banse tambi�n sitios
vac�os donde hab�an existido muebles, y tablas arrancadas, qui�n sabe
si para cebar el fuego en una noche de invierno. Telma, recorriendo
todas las habitaciones mientras Gast�n comprobaba estos detalles,
volvi� despavorida: �no hab�a s�banas, no hab�a manteles, no hab�a
comida, no hab�a le�a, no hab�a nada, nada, y all� era imposible vivir!

--Una noche se pasa de cualquier modo, mujer, y ma�ana Dios
dir�,--respondi� el mozo haciendo de tripas coraz�n.--A�n tenemos
fiambres del viaje, y hay media botella de ponche sueco. Dormir�
envuelto en mis mantas, y t� te arreglar�s con tus mantones.
Paciencia...

--Yo, si lo siento, es por el se�orito,--contest� la criada.--Lo que
es por m�... �Ay, se�orito! este castillo pone miedo � cualquiera.
Cuando sal� de aqu� ten�a yo dos a�os; me llev� consigo do�a Catalina,
que me quer�a mucho, y despu�s qued� con don Felipe, su abuelo de
usted, que en paz descanse... No s� c�mo estar�a esto en vida de don
Mart�n. Pero siendo ya muchachona, vine � asistir � mi padre cuando
muri�, y me acuerdo muy bien de que aqu� no faltaba cosa ninguna: ni
el mueble de seda, ni las camas con adornitos de metal, ni la blancura
en los armarios, ni los relojes riqu�simos, que los trajera don Mart�n
de Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, y daba gloria ver estas
habitaciones. Pues no ha pasado tanto tiempo, �treinta y tantos a�os!
�D�nde va la riqueza que aqu� hab�a? El casero dice que � �l se lo
entregaron as�...

                             [Ilustraci�n]

No hizo objeciones Gast�n, y aunque ard�a en deseos de registrar su
morada, comprendiendo que sin luz ser�a imposible, resolvi� despachar
el ala de pollo y la terrina de h�gado trufado que a�n le quedaba,
y enrollando al cuerpo la manta, se tendi� sobre un canap� Imperio,
desvencijado, ratonado y con hernias de pelote.

Ya se deja entender que dormir�a medianamente, y que no fu� menester
que le despertase el vigilante gallo. � la primera luz matutina se puso
en pie molido como cibera, y sacudi�ndose y esperez�ndose, examin�
mejor la sala donde hab�a pasado la noche, encontr�ndola, si cabe,
m�s maltratada y lastimosa. Sin embargo, una nota alegre y fresca le
regocij�; era una golondrina, que entrando por la ventana sin vidrios,
exhal� un pit�o al huir asustada de la presencia de un ser humano.

Al pronto Gast�n, sorprendido, ni recordaba por qu� estaba all�, en
aquel desmantelado sal�n. Record� de s�bito, y la idea del tesoro se
le figur� entonces un gracioso disparate, inspirado en una novela
del g�nero de Ana Radcliffe.--�Haber venido aqu� por eso!--pens�,
embrom�ndose � s� mismo. La verdad es que no era por eso s�lo; tambi�n
hu�a de la trapisonda de sus asuntos en Madrid, de las caras compasivas
� desde�osas que suelen ver los tronados; hu�a de los compromisos, del
veraneo en Biarritz � en B�lgica, en el suntuoso _ch�teau_ moderno
de la Casa-Planell, de todo lo que antes formaba su placer y su
costumbre... Volv�a � Landrey, � la casa de la familia, arrojado por
la tempestad.--Sin embargo, el tesoro hab�a sido la estrella de su
peregrinaci�n... ��El tesoro!� Llam� risue�o � Telma, y sacando de la
cartera algunos billetes,--porque el d�a de la marcha hab�a mal vendido
� la _Pimiento_, corredora de alhajas, diez alfileres de corbata
primorosos, entre ellos el de la _l�grima negra_, perla muy rara que
perteneci� � Sara Bernhardt,--dijo perentoriamente:

--Hoy mismo traer�s de la Puebla lo necesario para t� y para m�... Ropa
blanca sobre todo... Buscar�s un carpintero y un alba�il... �ah! y un
vidriero... Hay que poner habitables dos dormitorios, un comedor y la
cocina... Despu�s veremos...

--Beba el se�orito esta leche,--suplic� ella present�ndosela en
grosero cuenco de barro.

Gast�n la bebi� de bon�sima gana, y Telma a�adi�:

--�Si viese c�mo escond�an la vaca y regateaban la orde�adura los
bribones de los caseros! Se la he sacado � tirones...

--�P�gales, p�gales su leche!

--�Valientes pillos! �Como si no fuesen del se�orito los prados y el
dinero de la aparcer�a y el establo y todo!--refunfu�� Telma saliendo
con aire belicoso, dispuesta � volver patas arriba la Puebla en un
santiam�n.

Emprendi� Gast�n la exploraci�n del interior de su residencia, y volvi�
� comprobar su estado lamentable. Lo que m�s le llam� la atenci�n fu�
que, aparte de la acci�n del tiempo y del abandono, hab�a sitios en que
colaboraba con ellos la mano del hombre. En los techos, sobre todo,
not�banse huellas de vandalismo; las vigas arrancadas y el pontonaje
descubierto. Varios salones, amueblados anta�o, carec�an de mobiliario,
no qued�ndoles m�s que algunas sillas cojas, ordinarias, que jam�s
debieron de pertenecerles. Y, cosa m�s singular a�n, en las paredes,
donde no era posible que el edificio hubiese sufrido tanto, � ra�z del
piso, not�banse grandes espacios que sin duda se hab�an desmoronado,
cuidadosamente recompuestos con recebo y llano muy recientes.

Buscando la escalera por donde penetraron la noche anterior, Gast�n
sali� al vasto zagu�n, y de all� al patio, deseoso de dar un vistazo �
la parte exterior del castillo. En la tupida vegetaci�n que alfombraba
el patio, s�lo blanqueaba un sendero, abierto por el paso de la gente.
La fachada que ca�a � este patio era la del cuerpo de edificio donde
hab�a dormido Gast�n; fachada relativamente moderna, de mediados del
siglo XVIII, que decoraba una portada con columnas corintias y un
escudo barroco con casco y cimera de plumaje enroscado.

                             [Ilustraci�n]

--Este es,--pens� Gast�n,--el Pazo, constru�do por mi tatarabuelo, �
quien deb�a de parecerle, y con raz�n, muy inc�modo el castillo.

� la derecha alz�base una tapia, la del huerto, cuyos manzanos y
perales sobresal�an del caballete, y � la izquierda una recia poterna
abovedada daba acceso al recinto del castillo. Faltaba la puerta, y
Gast�n se meti� libremente en el recinto donde, como guerrero s�mbolo
de gloria, crec�a denso matorral de laureles, �rbol que vive � gusto
entre las piedras. Desviando aquella maleza arom�tica y trepando por
una brecha del derru�do parapeto, lleg� Gast�n al segundo recinto, y
rode�ndolo se hall� al pie de la blasonada puerta de medio punto, de
bien cortadas dovelas. Era la torre del Homenaje, todav�a erguida y
almenada, y que dominaba al conjunto propiamente llamado el castillo,
obra que en el fino ajuste de sus piedras y en la solidez y elegancia
de sus proporciones, as� como en el dise�o ojival de sus ventanas,
proclamaba � voces ser construcci�n del siglo XV, �poca de esplendor
para los se�ores de Landrey, ya entonces bien arraigados en el pa�s, y
siempre protegidos de los reyes de la casa de Trastamara. Prolong�base
el recinto fortificado hasta mucho m�s all� de la torre, y formaba
una especie de arrecife sobre el valle, indicando cu�nta tuvo que ser
la resistencia y poder�o de aquel castillo, frecuentemente amenazado
en las guerras de Portugal y en las luchas intestinas que se�alaron
el advenimiento al trono de la primera Isabel, en perjuicio de do�a
Juana, la _Beltraneja_. Parte del recinto, el que gozaba del mediod�a,
se hab�a utilizado para construir el Pazo y plantar el huerto; en
otra parte se cosechaba ma�z; pero todo un lado, el que dominaba el
r�o, encontr�base lo mismo que en tiempo de los Landrey belicosos;
derru�dos paredones, zarzales, y hasta robles ya corpulentos obstru�an
los baluartes � los cuales el r�o serv�a de inexpugnable foso natural.
En la parte m�s saliente de la especie de pen�nsula que formaba el
conjunto del castillo, Gast�n se detuvo al pie de otra torre, � por
mejor decir, de las cuatro paredes ya en parte desmoronadas de un alto
y angosto torre�n, erguido y majestuoso, negruzco y cay�ndose de vejez
con saeteras y pocas y estrechas ventanas, � todas luces muy anterior
al castillo. Aquel era el verdadero solar, la primitiva madriguera
del compa�ero de Beltr�n Claqu�n, del hijodalgo bret�n que vino �
hacer casta en tierra espa�ola; y Gast�n, penetrado de cierto respeto
inexplicable, se par� al pie de la torre, cuya puerta, muy baja,
obstru�a un mont�n de piedras.

                             [Ilustraci�n]




                                  VI

                               El Norte


En esta exploraci�n del conjunto de Landrey se le hab�a pasado la
ma�ana � Gast�n, pues era vasto el circuito, las construcciones muchas,
y el mozo, imbu�do y guiado sin advertirlo por la secreta ilusi�n del
tesoro, se deten�a involuntariamente m�s de lo razonable � reconocer la
configuraci�n de una muralla, � la direcci�n de un pasadizo. Despierto
el apetito con el aire puro, volvi�se � casa � esperar � Telma, que de
all� � poco apareci� por la calzada seguida de un borrico cargado de
trastos y de dos fornidos ga�anes portadores de varios bultos y l�os.
No se desde�� Gast�n de ayudar � la descarga, hecha la cual, Telma
se di� prisa � aderezarle algo que comiese, dejando para despu�s el
acomodo del ajuar.

--Se�orito,--advirti� Telma alzados los manteles,--casi no he gastado
nada, porque no encontr� d�nde comprar ropa ni colchones. Todo viene
prestado; �y sabe qui�n nos lo presta? �El caif�s de Lourido! Del lobo
un pelo. Me sali� al encuentro, hecho pura jalea, y tumba conque el
se�orito no deb�a venir sin avisarle, y vuelta conque fuese � parar
en su casa, donde hay todas las comodidades, y que aqu� el se�orito
no puede vivir. Y ah� tiene, que los colchones son de don Cipriano,
y las mantas de don Cipriano, y el quinqu� de don Cipriano, y s�lo
pude comprar el mineral, los platos, las ollas y las sartenes... Para
eso, don Cipriano me obsequi� con un paquete de caf� molido, y unos
dulces... �Si levantase la cabeza do�a Catalina y viese al se�or de
Landrey obsequiado por Lourido, que lleg� � casa en pernetas--bien me
acuerdo--y que la primer noche le hizo mi padre fregar con estropajo
la cara, porque daba asco de tanta ro�a! �Si tra�a el hombre
cazcarrias del a�o que se las pidiesen!

--Telma,--pregunt� Gast�n interrumpi�ndola,--t� que has vivido mucho
tiempo en esta casa, expl�came... Aqu� hay una torre muy vieja, muy
vieja. �La recuerdas habitada alguna vez?

--�Dice esa tan negra, tan fea, que le llaman de la Reina
mora?--respondi� Telma ri�ndose.

--�De la Reina mora?--repiti� Gast�n sorprendido.

--�No sab�a que tiene ese nombre? Verdad que como el se�orito no ha
estado aqu� nunca... Esa torre, se�orito, es la abuela de todas, la
que dicen que se edific� primero, hace una barbaridad de a�os. Y
tambi�n cuentan... �pero qui�n da cr�dito � mentiras? que en esa torre
estuvo presa una mora, muy guap�sima, una reina de all� entre ellos,
que la trajo de la guerra un se�or de Landrey; y que la mora se puso
muy triste de verse as� emparedada, y se qued� seca, seca, hasta que
se muri�, y que la enterraron con unas alhajas que ten�a magn�ficas,
collares y pulseras, y pendientes y muchas preciosidades, all� mismo
debajo de la torre, en una cueva atroz que no se sabe � d�nde va �
parar... �como que anda diez leguas arreo por debajo de la monta�a!
�Cuentos, cuentos!--a�adi� Telma ech�ndola de esp�ritu fuerte.

O�a Gast�n con palpitante inter�s. La popular conseja, enlazada en
su imaginaci�n � los datos aut�nticos que �l solo conoc�a en el
mundo, le causaba una excitaci�n indescriptible. En su exploraci�n
matinal no hab�a dejado de orientarse y de advertir que la caduca y
semidesmoronada torre ca�a al Norte con tal precisi�n como si fuese
la aguja imantada y Landrey un inmenso nav�o. Recordaba las palabras
del manuscrito, que se hab�a aprendido de memoria: �Hallar�s lo que
buscares, si guiado por el Norte...� � hacer su gusto, inmediatamente
se volver�a � la torre, para seguir registrando, ya con doblada
insistencia, sus piedras reveladoras; pero se lo estorb� una visita
intempestiva, la del se�or Lourido en persona, que ape�ndose de una
redonda y bien cuidada yeg�ecilla casta�a, sub�a las escaleras todo lo
apresuradamente que su obesidad permit�a. La adversidad hab�a empezado
ya � adiestrar � Gast�n, y el instinto le dict� recibir al apoderado
con muestras de cordialidad y contento, lo mismo que si estuviese
encantado de sus buenos oficios y hubiese hallado � Landrey en el
estado m�s floreciente.

                             [Ilustraci�n]

--� �ste es preciso verle venir,--pens� mientras observaba con atenci�n
la cara de don Cipriano, tosca y vulgar, colorada y morena, pero con
rasgos de incomparable astucia y disimulo en los diminutos y recelosos
ojuelos, en la arremangada nariz y en la voraz y blanqu�sima dentadura,
que conservaba intacta � los cincuenta y cinco a�os.

Don Cipriano ven�a, claro es, � saludar al se�orito; � dolerse de que
no le hubiese prevenido de su llegada, en cuyo caso le esperar�a en la
estaci�n, y le traer�a mejor montado y atendido, no � Landrey, sino
� la Puebla, porque estarse en Landrey era una locura, y el se�orito
no deb�a tardar nada en bajar � residir en casa de don Cipriano, donde
podr�an muy en paz tratar de los asuntos--y Lourido recalcaba la
palabra, d�ndole especial significaci�n.

--Mil gracias,--dijo Gast�n con cortes�a;--pero yo he venido para
vivir en Landrey. Me dol�a que este castillo estuviese deshabitado,
abandonado...

--Se han hecho en �l much�simas reparaciones, se�orito,--contest�
precipitadamente el apoderado,--y eso que no hab�a... (adem�n expresivo
de refregar el pulgar contra el �ndice). Yo no cesaba de remendar... (y
as� diciendo, se�al� � la pared).

--Ya veo que ah� se ha trabajado,--declar� Gast�n,--pero en cambio, las
vigas de los techos parece que est�n arrancadas � prop�sito...

Dijo estas palabras Gast�n en tono chancero, para que no sonasen �
reprensi�n, y no pudo menos de sorprenderle el efecto que causaron
en Lourido, cuyos ojos cautelosos � inquietos se revolvieron en las
�rbitas � estilo de los del rat�n cogido en la ratonera y que no sabe
por d�nde salir.

--El se�orito,--articul� al fin con voz turbada,--no sabe lo que es
una casa vieja... All� por las tierras donde anduvo el se�orito, las
casas son nuevas... �Piensa el se�orito que las vigas son de hierro?
�Los a�os pueden mucho... las vigas se caen!...

--Ya lo s�,--respondi� Gast�n diplom�ticamente.--Comprendo bien que
habr� usted tenido que luchar con mil dificultades... No, si no es que
me queje. Al contrario: tengo que darle � usted las gracias por todos
los trastos que hoy me envi�. Si no es por usted, no duermo entre
s�banas...

--Cr�ame el se�orito,--insisti� Lourido ya m�s sereno.--V�ngase � la
Puebla, y no viva m�s entre polilla y _ratas_. En mi choza no carecer�
de nada.

--Ya me han dicho que tiene usted la mejor casa del pueblo...--murmur�
Gast�n,--y se la envidio, pero por ahora quiero estarme entre estas
paredes ruinosas.

--El castillo est� cay�ndose; si el se�orito piensa hacer obras,
m�relo bien antes,--indic� Lourido;--porque le tiene que costar miles y
miles de pesos... Ya hablaremos de esto, se�orito, porque usted ignora
muchas cosas de que yo le puedo enterar, y le conviene, antes de dar
paso ninguno: el que llega de fuera viene con los ojos cerrados: ser�a
una l�stima meterse en trifulcas.

--Ya bajar� � la Puebla � tratar de eso con usted,--repuso Gast�n,
disimulando la iron�a,--y crea que sin su acertad�simo y amistoso
consejo no emprender� nada. En efecto, estoy � ciegas.

--Me parece que s�,--declar� perentoriamente el apoderado, cada vez m�s
tranquilo, y reventando de importancia.

                             [Ilustraci�n]

Prolong�ronse visita y ofrecimientos hasta muy entrada la tarde, y
Gast�n, por aquel d�a, renunci� � curiosear sus dominios. Acost�se
con las gallinas, y madrug� al d�a siguiente, saliendo cuando la
aurora principiaba � dorar las cimas del hemiciclo de monta�as que
por dos lados circunda � Landrey. Si altas razones de discreci�n no
nos lo vedasen, aqu� ven�a � pelo especificar d�nde se extiende esa
comarca deleitosa; pero sea l�cito decir que Landrey est� situado
en la falda de una de las sierras en que espiran, entre los cabos
Ortegal y Finisterre, las �ltimas ondulaciones, apenas sensibles, de
la cordillera Cant�brica. Gast�n, al dirigirse tan de ma�ana � la
torre, llevaba el prop�sito de trepar hasta su mayor altura y dominar
el panorama completo. No sin trabajo consigui� salvar las gruesas
piedras y los escombros hacinados ante la puerta, y muy ara�ado de
manos salt� al interior. Era mayor all� la ruina. Trozos enteros
de pared, desmoron�ndose, hab�an atascado la sala baja, siendo muy
arduo reconocer su forma. Gast�n ascendi� por los escombros hasta
poner el pie sobre una de las piedras salientes donde se sosten�a la
escalera y la armaz�n del piso. Aprovechando este auxilio y las mismas
desigualdades de la pared, y no sin riesgo de caer de cabeza sobre los
derrumbados sillares; cogi�ndose � las plantas par�sitas que ced�an
bajo su mano, y con una audacia loca, logr� llegar � donde aspiraba; �
la ventana del �ltimo piso de la torre. Ya en ella, pudo acomodarse con
toda seguridad, pues el hueco de la ventana, con sus dos poyos, formaba
una especie de gabinete, y ofrec�a asiento seguro su antepecho. El
elegante marco de la esbelta ojiva encerraba un cuadro maravilloso.

Gast�n, al pronto, sinti� mareo. La torre, por aquel lado, se fundaba
en escueta roca que descend�a al r�o, si no tajada, al menos en r�pido
declive; natural defensa que no hab�an desaprovechado los fundadores.
Al fin se seren� Gast�n, familiariz�ndose con la altura, y requiri� sus
gemelos marinos, de los cuales viajando no se separaba nunca. Gradu�los
y se recre� en el paisaje. La sierra apenas dibujaba, en lontananza,
sus crestas blandas, de un violeta suave, como el de un collar de
amatistas, y al pie de la torre, el r�o, uno de esos r�os gallegos
profundos y callados, que ni se secan ni se desbordan, iba ensanchando
su curso hasta desembocar en el mar, formando antes la apacible r�a que
ba�a el arenal de la Puebla, reluciente � los primeros rayos del sol
como polvillo de oro. La l�nea del mar era de rosado n�car con vetas
de azul turquesa, y los grandes bosques, en la vertiente, de un verdor
fino, primaveral. Una paz encantadora, una alegr�a juvenil ascend�a de
la naturaleza, que parec�a salir de un embalsamado ba�o de roc�o.

                             [Ilustraci�n]

La Puebla la ve�a Gast�n tan distintamente, con su caser�o blanco de
techos rojos entreabiertos � manera de abanico de cinco varillas--las
�nicas cinco calles algo importantes del pueblo--que hubiera podido
contar las casas, como pod�a contar las lanchas pescadoras que,
izando la airosa vela latina, se desparramaban ya por la opalizada
extensi�n del mar. La plaza de la Puebla se le meti� por los oculares
� Gast�n, y vi�, en la torre de la humilde iglesia parroquial, el
entrar y salir de los p�jaros, y la cuerda de las campanas. Frente �
la iglesia, haciendo esquina con el Ayuntamiento, se alzaba nueva,
flamante, una estupenda casa, horrible grillera de cuatro pisos y
bohardill�n, toda reluciente, pintorreada de verde rabioso, con triple
galer�a de cristales, y encima de la puerta una charolada l�pida
de _seguros mutuos_, testimonio de sabia previsi�n en el due�o...
Cuando el se�orito de Landrey ten�a asestado su anteojo al palacio de
Lourido,--no pod�a ser menos,--en una de las galer�as, muy adornada de
enredaderas, aparecieron dos mujeres, una joven y otra madura, ambas
desgre�adas, en faldas y justillo, reci�n salidas de la cama, porque
se desperezaban a�n. La joven, � lo que se percib�a con ayuda de los
gemelos, era fresca, colorada, blanca, y una copiosa melena rubia,
suelta, flotaba desordenadamente por su cuello y hombros. �Es la hija
de don Cipriano,� pens� Gast�n; y por resabios malos, aferr� el anteojo
y encandil� el mirar. Una m�mica expresiva de las dos mujeres indic�
que discut�an y se enzarzaban; el displicente gesto de la doncella, sus
ademanes y rabotadas, respond�an � los airados manoteos de la due�a,
asaz puntiaguda de huesos y de muy fea anatom�a. De pronto la vieja
agarr� un brazo de la joven, y �sta, desprendi�ndose como una culebra,
ense�ando el pu�o, huy� al interior del aposento. La galer�a qued�
desierta...

Vari� entonces la direcci�n del indiscreto anteojo, y torci�ndolo �
la derecha, admir� los manchones de casta�os, y m�s all� los sombr�os
pinares. De un campanario semioculto entre arboledas, le trajo el
viento el argentino son de la campana tocando � misa. Al herir sus
o�dos este toque familiar, tan gozoso en el campo, cuya soledad
dulcifica, en el cristal de los gemelos se encuadr� una vista nueva,
no observada hasta entonces. Era una quinta con su huerto, cercada por
una tapia de mamposter�a: la casa no parec�a nueva, sino restaurada;
el balconaje de arcos de piedra que ten�a al frente denunciaba la
reparaci�n. Por las columnas trepaban rosales floridos, y delante de la
casa, un jard�n � la inglesa rodeaba un estanque natural, � diminuto
lago, sombreado por �rboles p�ndulos. M�s lejos, el jard�n frutal y
varias dependencias, una era y un h�rreo grande, indicaban que all� no
se cultivaban s�lo flores y plantas de adorno. Cuando Gast�n notaba
este detalle, de la casa sali� corriendo un ni�o, y tras �l un perro
negro, saltando y haci�ndole fiestas; minutos despu�s, una mujer
vestida de claro, cubierta la cabeza con anch�simo sombrero de paja, se
reuni� al perro y al ni�o. No era f�cil detallar � aquella distancia
las facciones de la dama del jard�n; pero que era dama, se conoc�a �
tiro de ballesta, en los movimientos, en la esbeltez de la silueta, y
hasta en el sombrer�n, que se quit� un instante; entonces Gast�n pudo
distinguir que ten�a el pelo oscuro. La dama asi� al ni�o de la mano,
le halag� y se lo llev� hacia los �rboles, donde el grupo desapareci�.

                             [Ilustraci�n]




                                  VII

                       La torre de la Reina mora


Estas �ltimas vistas del anteojo tuvieron la virtud de dejar pensativo
� Gast�n. No hab�a cumplido los treinta, y estaba preparado por su
vida anterior, por la atm�sfera de molicie y sensualidad respirada,
� que la mujer, en el hecho de serlo, le causare efecto perturbador.
No era Gast�n un vicioso libertino, y esta verdad la llevaba escrita
en la tersura de sus sienes, en la humedad y brillo de sus ojos; pero
como ning�n freno moral conoc�a desde la p�rdida de su madre; como
� nada serio hab�a aspirado; como no enderezaba su existencia hacia
ning�n fin, el capricho y epicure�smo ego�sta se hab�an apoderado de
�l, tomando cuerpo en esos juegos y antojos de la imaginaci�n y de los
sentidos, sueltos como potros brincadores.

Bien registrado el panorama, quiso Gast�n bajarse de su observatorio.
El descenso era m�s peligroso a�n que la subida, y dos � tres veces
crey� que caer�a precipitado. Al fin se vi� salvo sobre los escombros,
y entonces, olvidado ya de otras fantas�as, se dedic� � examinar las
ruinas hacinadas. No pudo menos de fijarse en que alguna de las piedras
ca�das ofrec�an el aspecto, no de haberse desmoronado por la acci�n del
tiempo, sino de ser arrancadas violentamente. Hasta mostraban aristas
rotas por el hierro. Estas piedras se�aladas as� ocupaban un �ngulo
de la torre, y formaban un mont�n bastante alto; sin embargo, Gast�n,
resueltamente, hizo rodar dos � tres de la cima, y vi� con sorpresa
que el mont�n cubr�a una puertecilla muy baja. Apart� m�s piedras,
descansando cuando le fatigaba aquel trabajo rudo, y despu�s de mucho
bregar, logr� descubrir de la puertecilla lo bastante para dar paso
al cuerpo de un hombre. Mal como pudo, por ella se col�, encontr�ndose
en un pasadizo angosto, abovedado, torcido, en declive, y tan bajo
de techo, que Gast�n lo segu�a encorv�ndose hasta la tierra. Pronto
terminaba el pasadizo, en el primer pelda�o de una escalera de caracol
de piedra, no menos estrecha y angustiosa.

Baj�la Gast�n encendiendo f�sforos, pues la obscuridad era completa,
y por la direcci�n de aquel conducto juzg� que deb�a de hallarse �
la izquierda de la torre, hacia el castillo propiamente dicho. Hasta
veinti�n pelda�os cont� Gast�n, y al concluir de bajarlos, desemboc� en
un aposento subterr�neo, sin rastros de ventilaci�n ni de luz, redondo
y abovedado tambi�n. No pod�a dudar que fuese un calabozo, el _in
pace_ de la torre feudal. Gast�n hab�a o�do hablar de estos _in pace_,
creyendo siempre que s�lo exist�an en la imaginaci�n de los novelistas
y de los arque�logos; y al encontrarse en aquel lugar donde supuso que
hab�an languidecido los enemigos del poderoso se�or de Landrey, se
estremeci� profundamente. Repuesto, y encendido otro f�sforo, examin�
la mazmorra, movido por un inter�s que ya nada ten�a de humanitario.
�Descubrir�a all�, por felic�sima casualidad, el _camino que segu�an
los antiguos_, la veta que guiase hasta el fil�n �ureo del tesoro?
Fosforito tras fosforito, Gast�n reconoci� las paredes y el techo,
que tocaba con la mano. Una vegetaci�n verdosa, h�meda, resbaladiza,
cubr�a las piedras, pero no hab�a en ellas se�al de abertura, de reja,
de argolla, ni de ninguna otra particularidad de las que indican una
entrada secreta. Los sillares eran gruesos, s�lidos, bien trabados,
y el pavimento tampoco presentaba nada de anormal; raso como las
paredes, sin indicio de trampa � sumidero. Golpe� Gast�n por todos
lados, y no son� � hueco. Entonces fatigado ya, con las yemas de los
dedos abrasadas, desanduvo el camino, y sali� � ver el sol, � respirar
libremente.

                             [Ilustraci�n]

Ri�se de s� mismo. �Pues no hab�a entrevisto, en su fantas�a, el
tesoro? Sent�se en los escombros, y, cogi�ndose la cabeza entre las
manos, concentr� el pensamiento en la hip�tesis. Todas las fuerzas de
su inteligencia se pusieron en juego, solicitadas por el problema de
que depend�a su porvenir.

�Exist�a en realidad el tesoro, no aqu� ni all�, sino en alguna parte,
oculto, dif�cil, pero no imposible de encontrar? �� era s�lo delirio de
un moribundo y una reclusa? Y si no deliraban, si en efecto el tesoro
se deposit� en alg�n escondrijo del castillo, �no lo hab�a descubierto
nadie durante los sesenta y pico de a�os que la mansi�n de Landrey
llevaba entregada � manos pecadoras? �Aquel don Cipriano Lourido, ave
de rapi�a cebada en el cuerpo de sus amos, no podr�a haber olfateado
las enterradas riquezas?

Al ocurr�rsele esta probabilidad, Gast�n se fij� en ella, herido
por un destello luminoso. Record� las vigas arrancadas, las paredes
recebadas de nuevo, las piedras de la torre removidas � mano y
amontonadas como para disimular la puerta, y estas se�ales extra�as le
pareci� que demostraban con elocuencia la sospecha que germinaba en su
esp�ritu.

--Si Lourido no descubri� el tesoro, por lo menos lo ha
buscado,--discurri� con l�gica.--�Ser� esa la explicaci�n de su fortuna
y el cimiento de aquella casa tan maja en la plaza Mayor de la Puebla?

Otra vez repas� en la memoria las palabras del papelito amarillento:
�Hallar�s lo que buscares...� Con la ayuda del plano quemado por do�a
Catalina, deb�an de ser clar�simos los pocos y enigm�ticos renglones.
Faltando el plano, un logogrifo. Lourido no ten�a ni plano, ni el
papelito siquiera.

--Le llevo una ventaja,--dedujo Gast�n,--y si no acierto es que ser�
doblemente torpe que �l.

Volvi� � recordar la misteriosa cl�usula: �Si guiado por el Norte
siguieres el camino que segu�an los antiguos en peligro de muerte...�
�Cu�l pod�a ser el maldito _camino_? Se golpe� la frente Gast�n.
�Una mina que permitiese � los moradores del castillo, sitiados y no
pudiendo resistir, huir por ignorado subterr�neo y salvarse! �Una
mina... la mina que las gentes del pa�s prolongaban diez leguas, y
donde cre�an sepultada � la Reina mora!

�De qu� manera encontrar�a la mina? Por dos sitios pod�a intentarse; �
desde el castillo mismo, � donde desembocase: � orillas del r�o, � en
la monta�a. La �nica indicaci�n algo exacta era la de �guiado por el
Norte.� Al Norte estaba la torre vetusta, y de ella ten�an que arrancar
las exploraciones. Sin embargo, el calabozo no ofrec�a resquicios; la
obra subterr�nea del torre�n mor�a all�.

--Volver� con una linterna, un pico y una pala,--pens� Gast�n, que
lejos de desalentarse, sent�a crecer su engreimiento.

Engolfado en tales prop�sitos le sorprendi� un ruido � sus espaldas.
Eran dos voces, una infantil, otra muy timbrada, de mujer, que
discut�an. Antes que se diese cuenta de nada Gast�n, un ni�o como de
ocho a�os salt� por las piedras hacinadas en la puerta, � riesgo de
torcerse un pie, y con agilidad vino � caer al lado de Gast�n, que le
ampar� con los brazos, le sostuvo y le libr� de un descalabro cierto.
La mujer exhal� un chillido y trep� impetuosamente por las primeras
piedras en seguimiento de la criatura, y Gast�n corri� en su auxilio,
gritando:

--Cuidado, se�ora... que esas piedras ceden... ap�yese usted...

Ning�n caso hizo la se�ora del ofrecimiento; ligera como una corza
salv� el mont�n de ruinas, y brinc� al otro lado, palpando al ni�o con
ansiedad. Segura ya de que no se hab�a hecho da�o alguno, volvi�se �
Gast�n diciendo:

--Mil gracias... �Si no es por usted, este diab�lico...!

                             [Ilustraci�n]

Mir�bala Gast�n de hito en hito, sorprendido de la aparici�n. Ten�a
delante � una mujer que representaba de veintis�is � veintiocho a�os,
alta y bien proporcionada, de gentil presencia. Su traje, singular
en aquel rinc�n del mundo, era el que prescribe la moda � las
excursionistas; una falda de tart�n escoc�s � cuadros verdes y azules,
bastante corta, polainas de pa�o sujetando fuerte y holgado zapato de
cuero, y gabancillo de alpaca azul, recto y flojo, sobre el cual un
cuello vuelto, de batista sin almidonar, dejaba libre la garganta. Esta
era morena y m�rbida, y remataba en una cabeza que no pod�a llamarse
hermosa, pero s� expresiva y agraciada. El sol y el aire hab�an dorado
la tez, y sus tonos de �gata fina aumentaban la luz de los garzos ojos
y la frescura de la boca limpia y grande. El cabello, oscur�simo, se
recog�a en sencillo rodete bajo el sombrero marinero de paja amarilla,
sin m�s adorno que el ala disecada de una paloma. Llevaba la se�ora
guantes gruesos, de hilo, y � la cintura una escarcela de charol.
Gast�n se inclin�, se descubri� y dijo extremando el rendimiento:

--�Ojal� fuese verdad que yo hubiese tenido la fortuna de servir �
usted de algo! Soy tan in�til, que ni a�n quiso usted que la ayudase �
salvar las piedras...

--Estoy muy acostumbrada � pasos dif�ciles,--respondi� la
excursionista,--y como usted comprender�, ah� por los pedregales y los
derrumbaderos no siempre se encuentran se�ores amables que ofrezcan la
mano... Miguel, hijo m�o, d�, �no te has hecho mal?

--�Qu� mal!--chill� el travieso con vocecilla aguda.--�Si no necesit�
del se�or! Salt� perfectamente solo...

--Calla, fanfarr�n... Si no fuese tu antojo de entrar en la torre de
la Reina mora, no molest�bamos � este caballero... Dale las gracias, y
v�monos, que es preciso volver � casita antes que se enfr�e el caldo...

--�Yo no me voy!--replic� el chico.--�No me voy sin buscar el tesoro!

At�nito se qued� Gast�n al pronunciar el ni�o tales palabras.

--�El tesoro!--repiti� con una emoci�n que le pon�a la voz temblona.

--El tesoro de la Reina mora,--explic� la dama riendo.--�Es usted
forastero? Entonces no tiene nada de particular que no sepa que en esta
torre estuvo cautiva una sultana, y la sepultaron con sus alhajas en
una mina descomunal que hay debajo, y que llega hasta los ant�podas...

Gast�n sinti� fr�o... En vez de confirmar sus ilusiones, la leyenda,
referida as� en chanza, las prestaba color de insensata quimera. �La
graciosa boca que se burlaba de la mina, disipaba � la vez los sue�os
de oro!

--Nada de eso sab�a, se�ora,--dijo disimulando el cuidado,--pero si el
tal tesoro anda por aqu�, Miguelito y yo lo encontraremos.

--�De fijo!--contest� con el mismo aire de buen humor la dama.--En
asoci�ndose...

--Para que Miguelito y yo nos asociemos--insisti�, Gast�n,--es
preciso que su mam� nos autorice � ser amigos; y para que se digne
autorizarnos, que sepa qui�n es el futuro amigo de Miguelito... Me
llamo Gast�n de Landrey.

--�De Landrey!--repiti� ella con acento de sorpresa y simpat�a.--�Es
usted el due�o del castillo!

--En este momento no,--contest� Gast�n galantemente.

--Gracias otra vez... �Landrey!--murmur� la se�ora como habl�ndose � s�
misma.--�Qu� bonito nombre! �Qu� antiguo en este pa�s! �Es la primera
vez que viene usted � su casa?

--S�, pero me detendr� bastante tiempo.

--�Bien hecho! Lo merecen estas pobres piedras tan simp�ticas y tan
abandonadas. Me alegro en el alma de que est� aqu� el se�or de
Landrey... y celebro que haga amistad con Miguelito, y que desentierren
los capitales de la sultana, que ya habr�n criado moho... Como usted no
va � adivinar mi nombre, me presentar�, aunque sea incorrecto. Me llamo
Antonia Rojas, viuda de Sarmiento, y vivo en una casita de campo, �
poco m�s de un cuarto de legua de aqu�. Si en algo podemos servirle...

                             [Ilustraci�n]

--Conozco la casa. Es m�s, la he visto � usted en ella...

--�De veras?

--Esta ma�anita, � cosa de las seis, en el jard�n... Miguelito
estaba cerca del estanque, y usted sali� de casa; llevaba usted un
traje claro, y un sombrero mayor que ese... Cogi� usted de la mano �
Miguelito... �Ah! Tambi�n hab�a un perrazo negro, muy hermoso...

Ligero rubor se extendi� por la morena cara de la viuda, y Gast�n
comprendi� que pecaba de indiscreto. Sus reflexiones lo eran, de
seguro, pues giraban alrededor de un punto que realmente no ten�a por
qu� importarle:

--�Esta mujer que la casualidad me trae aqu�, es una persona formal?
�Es siquiera lo que se dice una se�ora?

La fatuidad y la extra�eza deb�an de transparentarse en su cara, porque
la dama, hasta entonces tan franca y corriente, se puso grave, y mir�
de soslayo hacia los anteojos marinos de Gast�n.

--Estos son los culpables,--dijo aturdidamente el mozo,--y si usted
les guarda rencor, yo se los ofrezco para que los arroje, si gusta, al
r�o...

Antonia Rojas levant� la mirada, rehus� con un gesto digno y afable, y
sin alargar la mano al se�or de Landrey, se puso en franqu�a con pocas
palabras, corteses, pero llenas de reserva y aplomo.

--�Me permite usted que la escolte hasta su puerta?--pregunt� Gast�n
algo contrito.

--Voy siempre sola con mi hijo, y me he encari�ado con esta
costumbre,--respondi� la se�ora trepando �gilmente por las piedras.

--�Molestar� � usted al presentarla mis respetos?--insisti� Gast�n.

--Al contrario,--fueron las �ltimas palabras de Antonia, que sonri� un
instante, de despedida, mientras Miguelito daba � su amigo el beso m�s
voluntario; ese beso abierto y confiado de los ni�os � la gente que les
ha ca�do en gracia.

                             [Ilustraci�n]




                                 VIII

                                Lourido


La aventura preocup� � Gast�n, que se entreg� � mil conjeturas
impertinentes acerca de la desconocida excursionista. La curiosidad le
induc�a � dirigirse aquella misma tarde � la quinta para �presentar sus
respetos,�--como se dice en la hip�crita jerga del mundo,--� la que
hab�a visto en la torre. No se atrevi�, sin embargo, porque si la mam�
de Miguelito era una se�ora cabal, de hecho tomar�a por donde quemase
tan inconveniente apresuramiento, y la acogida ser�a correspondiente
� �l. Resolvi�, pues, no bajar � la quinta de Antonia Rojas hasta
haberse enterado minuciosamente de la fama, hechos y calidad de aquella
mujer, �nico medio que ha encontrado la sociedad para prevenir errores
� inconveniencias. Por este sentir mundano de Gast�n, comprender� el
lector que ya se hab�a aquietado el bullir de aquel gusanillo que
empez� � roerle el esp�ritu en los funerales de la Comendadora...

Depar� la suerte � Gast�n los informes que deseaba m�s pronto de lo que
pudo imaginar. Vino Telma de la Puebla, � donde hab�a bajado por mil
frusler�as indispensables en toda casa, y trajo un convite de Lourido,
en regla, para el se�orito: le aguardaban � comer al d�a siguiente sin
falta. Como si se tratase de alguna invitaci�n diplom�tica, Gast�n
envi� temprano un billete aceptando y saludando � la se�ora y se�oritas
de Lourido. Para asistir al convite se acical� Gast�n... No obstante,
al bajarse de un mal roc�n en la plaza; al ver la antip�tica morada de
Lourido, con su reluciente l�pida de seguros mutuos, s�lo se acord�
de lo positivo; de que all� dentro habitaba un hombre con quien ten�a
pendientes asuntos de inter�s, y que acaso este hombre se hab�a
enriquecido desentra�ando lo que don Mart�n de Landrey pens� dejar
tan oculto. Subi�, pues, las escaleras haciendo coraje y cachaza, y
murmurando entre s�:

--�Qu� emboscada me preparar� este mals�n?

Lourido recibi� al se�orito bajo palio. �Qu� honra para �l, y para el
se�orito Gast�n, qu� penitencia!... �Comer en la pobre choza, �l que
estar�a acostumbrado � no menos que vajilla de plata y servicio de oro,
en mesas de pr�ncipes! Si no dijo esto mismo el Alcalde, la esencia de
su discurso sonaba � cosa parecida.

Gast�n afirm� que comer�a divinamente, y entonces vari� el registro
Lourido, insistiendo en que no permitir�a que el se�orito se alojase
m�s tiempo en tan desmantelada vivienda como Landrey.

--No le digo � usted que no, don Cipriano,--respondi� Gast�n aceptando
un puro y sent�ndose en el sill�n del escritorio del apoderado.--Lo
he pensado bien, y es muy tentador venirse � esta casa confortable;
�Landrey parece un hospital robado! S�lo que no me decidir� mientras
no arreglemos los asuntos. Quisiera hacerme cargo del estado en que se
hallan mis intereses por aqu�... Como usted corre con esto... mejor es
para los dos que hablemos de una vez.

--�Alabado sea Dios!--respondi� el Alcalde de la Puebla revolviendo los
sagaces ojillos.--No hay descanso como tratar las cosas as� de _pe_ �
_p�_... Con aplazamientos no hacemos nada.

Levant�se diciendo esto, y fu� � abrir una alacenita de hierro
incrustada en la pared. Traste� en ella un rato, y al fin sac� en
triunfo voluminoso mazo de papeles, sellados y por sellar; desat� el
balduque que lo conten�a, y esparci� sobre la mesa los legajos que
desped�an su olor peculiar � polilla y polvo.

--El se�orito,--continu�,--querr� hacerme el favor de repasar estos
documentos, que son los comprobantes de mi administraci�n desde que el
se�orito hered� los bienes... Las cuentas del tiempo de su madre, que
en paz descanse, aprobadas las tengo ah�. Las otras, tambi�n, que las
aprob� el apoderado general, don Jer�nimo, con poderes del se�orito; de
manera que yo, por mi parte, seguro estoy: mi p�o es que el se�orito
quede contento y tenga satisfacci�n de que he cumplido con �l y con la
casa; y mientras el se�orito no diga: �Lourido cumpli�,� me molesta �
m� el flato y no estoy � gusto...

--�Dice usted,--interrog� Gast�n,--que don Jer�nimo aprob� esas cuentas?

--A�o por a�o, ah� obra su firma redonda como un sol,--contest�
Lourido hojeando con viveza los papeles.--Y sepa el se�orito que la
casa de Landrey tiene conmigo un cr�dito... un cr�ditucho... poco,
una cochinada. �Ver� los comprobantes, ver�! Por servir � la casa de
Landrey me veo con el agua al cuello... que � veces me voy � fondo.
�Nada! Me compromet�, vamos, y busqu� el dinero... debajo de tierra.

--Debajo de tierra se encuentra dinero � veces,--replic� Gast�n
haci�ndose el distra�do, pero espiando la cara del mayordomo, � quien
vi� demudarse.--�De modo que le debo � usted... cu�nto?

--Para el se�orito muy poco... Para un pobre como Lourido... un
dineral... �Bah! todo lo m�s ser�n cuatro � cinco mil duros... Desde
que le administro, se�orito, ni se me han satisfecho mis honorarios, ni
los reparos y las obras que ejecut� en el castillo, con autorizaci�n de
don Jer�nimo...

                             [Ilustraci�n]

--�Reparos y obras?--pregunt� Gast�n, que empezaba � hervir en
c�lera.--�Pero si est� aquello inhabitable!

--Y �c�mo estar�a si yo me descuido? Ruinas nada m�s. Tuve que
registrar y que afirmar la cimentaci�n...

--�La cimentaci�n? Esa obra es la m�s � prop�sito para que un edificio
se venga abajo...

Gast�n sent�a que un sudor ligero brotaba en sus sienes. Obras,
registros y reparos le daban mal�sima espina; � cada paso se le hincaba
m�s en la imaginaci�n el recelo de que Lourido hab�a descubierto el
tesoro; y una ira sorda, pero furiosa, se alzaba en su alma como el
torbellino de polvo en el desierto. �Aquel bandido, aquel buitre cebado
en el cad�ver de Landrey, engrosado con el espolio de la familia,
quer�a consumar el robo reclamando todav�a un dinero que Gast�n no
pose�a ni pod�a reunir, y exponi�ndole as� � la verg�enza!

--Adem�s de las obras,--prosigui� Lourido, que no cre�a sin duda
prudente insistir en tan delicado punto,--hubo que dar labores para
beneficiar las tierras, interponer demandas, sufrir prorrateos,
sostener litigios... y todo lo adelantaba de su bolsillo el presente
maragato. �He pasado tragos! Si no fuese que sab�a que el se�orito
dejar no me dejaba descubierto... Porque cada uno necesita de sus
pobrezas, y por falta de esos cuartos estoy yo boqueando, fuera el
alma, como la sardina cuando la sacan del copo...

Realizando un esfuerzo heroico, Gast�n se domin�.

--Pues por hoy me es imposible satisfacerle � usted esa deuda,--declar�
resueltamente.

--El se�orito tiene una manera muy f�cil de pagar,--indic� felinamente
Lourido.--Con me ceder el se�orito las tierras de Landrey... que al fin
nada le valen y el se�orito ni se fija en ellas... porque el se�orito,
ya se ve, anda por Madrid y por Francia y esto poco le interesa... que
es un rinc�n...

--�Las tierras de Landrey!--repiti� Gast�n sinti�ndose palidecer bajo
la ofensa de la proposici�n, pero conteni�ndose porque ve�a un rastro
de luz y quer�a seguirlo.

--Ya s� que me meto en un perro negocio... s�lo que, como el se�orito
no puede pagar y � m� me hacen falta los cuartos, tan cierto como que
somos hombres... por salir los dos de esta mala andadura...

--�Las tierras... y el castillo?

Lourido baj� los p�rpados para que no se trasluciese la llama repentina
de sus ojos diminutos, y, colorado de emoci�n, contest� reprimi�ndose:

--Ya se sabe... aunque el castillo no vale un ochavo... pero el que
merque las tierras, el castillo ha de mercar; quien lleva la vaca lleva
la soga...

--�Sabe usted,--repuso Gast�n, � quien el instinto dict� entonces una
conducta salvadora y maquiav�lica,--que merece pensarse la proposici�n?
Yo realmente no tengo gran empe�o en conservar estas paredes ruinosas.
Con todo, darlo as�, en pago de una deuda... Mi inter�s me aconseja, si
es que lo vendo, sacarlo � subasta y el que m�s ofrezca... Ya ve usted
s�lo las rentas...

--�Ay! �El se�orito se va � llevar chasco!... Cuando uno quiere vender
es cuando nadie compra... No crea el se�orito que _Roschil_ le dar�a
m�s que el presente maragato... Si el se�orito piensa que es poco...
�porque no diga que no guardo consideraci�n � la casa!... �un par de
miles de duritos m�s... y eso que me ahorco, me ahorco!

Gast�n iba, sin duda, � responder, cuando sonaron � la puerta voces de
mujeres j�venes. �Pap�, pap�,� dec�an en dos tonos diferentes, el uno
afectadamente fino y zalamero, el otro natural y cari�oso.--�Entrar,
ni�as...� Hicieron irrupci�n en el despacho, y Gast�n se levant� y
salud� hasta los pies � las dos se�oritas del Alcalde. En la primera,
la del pomposo vestido azul con cintajos amarillos, la del crespo mo�o,
la de la enharinada tez, reconoci� Gast�n � la que se desperezaba
tan de ma�ana en la galer�a, y pens� que era l�stima que se hubiese
tomado el trabajo de componerse, porque era realmente guapa y lozana,
y el rid�culo adorno la echaba � pique.--�Si me permitiese pasar un
plumero por esa cara bonita emplastada de polvos de arroz...�--La otra
muchacha, modestamente vestida de h�bito del Carmen, era de exigua
estatura y cara macilenta, y cojeaba mucho, apoy�ndose en una muleta
corta.

--Esta se llama Florita,--dijo Lourido, presentando � la enharinada con
mal encubierto orgullo.--Y �sta, Concha,--a�adi� se�alando � la de la
muleta.--La pobrecilla padece...

--Pero no he perdido el buen humor,--declar� espont�neamente la coja,
riendo con ingenua amabilidad.

Media hora despu�s, Gast�n ocupaba, en la mesa de don Cipriano, el
puesto que los anfitriones juzgaron de honor;--entre las dos muchachas,
y frente al ama de la casa, � quien el se�orito de Landrey hab�a visto
con conatos de pegar y ara�ar � la rubia Flora, y que en el fest�n se
esforzaba por demostrar una inveros�mil dulzura melosa, desmentida por
un rostro avinagrado y enjuto.--Abusando de los diminutivos, llamaba
� sus hijas _Floriti�a_ y _Conchiti�a_; hablaba sin cesar, hasta
causar mareo, de lo inferior de su comida y del gran sacrificio que
hac�a Gast�n en aceptarla, as� como de los m�ritos y habilidades de
sus ni�as, sobre todo de Flora. Gast�n supuso que la coja era uno de
esos seres que las familias indelicadas sacrifican, posponi�ndolos
siempre � otros m�s guapos y sanos; y sin querer se interes� por la
muchacha, ocup�ndose de ella m�s que de Florita, que estaba colorada
de despecho. Su deseo de atraer la atenci�n del se�orito era tan
visible, que le serv�a, le ofrec�a aceitunas y dulces, y ella misma
quiso ponerle el az�car en el caf�, � lo cual la animaban expresivas
ojeadas de su madre y densas carcajaditas de su padre, que olvidado,
al parecer, de asuntos, deudas y adquisiciones, se mostraba hecho un
alm�bar con Gast�n.

                             [Ilustraci�n]

Al trav�s de los incidentes de la comida, Gast�n no perd�a de vista ni
un instante � su desconocida de la torre de la Reina mora. No sab�a
c�mo traer la conversaci�n hacia ella, y al fin lo hizo por el medio
m�s elemental, diciendo con indiferencia aparente:

--�Conocen ustedes � una se�ora de Rojas, que tiene un ni�o muy
travieso? Ayer les he encontrado visitando la parte m�s arruinada de mi
pobre castillo...

Como tocadas por una corriente el�ctrica, saltaron Flora y su madre.

--�Vamos, ya se le meti� � usted por los ojos la viudita!--dijo la
esposa de Lourido en tono de compadecer � Gast�n.--�Eso era de ene!

--No,--protest� Gast�n sin empe�o,--me parece que esa se�ora no contaba
con mi presencia. El chiquillo se entr� corriendo en la torre, donde yo
estaba...

--�Ay! �el chiquillo!--intervino Flora remedando ir�nicamente el acento
de Gast�n.--S�, s�... �al chiquillo le tiene ella bien ense�ado!

--�Mujer!--exclam� Concha sublevada.--�No s� c�mo dices eso! Es de mala
conciencia pensar ciertas cosas.

--�Pero ustedes creen,--dijo Gast�n aparentando candidez,--que fueron �
la torre s�lo para encontrarme?

Hubo un duo de risas malignas; Concha se qued� seria.

--Vaya, aunque es usted de Madr�, parece bien inocente,--declar� la
mam�, con dejos de hiel en la voz.--Los hombres... ninguno ve ciertas
cosas, por m�s _de_ que salten as� � los ojos.--Y al decir esto la
alcaldesa agitaba sus dedos esqueletados.

--Adem�s,--continu� Flora quit�ndole la palabra � su madre,--�la viuda
es muy larga, muy trucha! Enga�a � Licurgo con aquella marcialidad y
aquel qu� se me da � m� que gasta.

--Vamos... �es una mujer de mala conducta?--interrog� Gast�n como si le
convenciesen.

--�No, se�or! grit� Concha, sin poderse contener.--�Hace las caridades
que puede y va � la iglesia, que yo lo veo!... �mucho m�s que otras!...

--No le haga caso � esta _papulita_,--advirti� la madre trag�ndose con
los ojos al testigo ben�volo.--�sta, como no hace m�s que rezar y oir
misas, piensa que todos son santos de palo... Y la de Rojas es una
santa _mocarda_. De mala conducta... �puede que ahora no sea, pero el
diablo sabe lo que hizo en vida del marido, cuando rodaba all� en el
extranjero, que mismamente parec�an el jud�o errante!... As� dieron el
trueno gordo, que ella triunf� y gast� como una emperatriz, y entonces
�l, desesperado ya el pobrecillo, �qu� quer�a que hiciese? Se mat�...

--�Se suicid� el marido de esa se�ora?--pregunt� Gast�n esta vez
impresionado.

--�Ya lo creo!--grit� la due�a triunfante.--Dos tiros se peg� en la
barba y en el cielo de la boca... Ya ve usted qu� principios tendr�
ella, que anda por ah� como si tal cosa, alegre...

--�Despu�s de seis a�os!--advirti� Concha.--�Pues bien triste y bien
enferma estuvo! El bruto y el mal cristiano fu� �l; ella no. �Quer�an
que tambi�n se matase?

--Para m� el marido hizo la acci�n porque descubrir�a alg�n enredo de
la mujer,--declar� la se�ora de Lourido.

--Y por otra parte, no ten�an ya sobre qu� caerse muertos,--agreg�
Lourido.--Ella est� miserable como las ara�as.

--Miserable, s�,--contest� Flora,--pero tan rom�ntica como siempre.
�Unos trajes y unos sombreros! No s� si ese modo de vestir ser�
elegante... Raro parece. �Y las faldas tan rabicortas! �Qu� descaro!

--Pero, mujer, si es para andar por el monte,--arguy� la defensora,
impaciente y acalorada.--�Hab�a de llevar cola? �Si yo no fuese coja,
me vest�a como ella!

--�Estar�as bonita! Que te aproveche; � m� la de Rojas me parece un
guardia civil...

Aqu� llegaban de la discusi�n cuando entr� un galancete, el juez
municipal, muy rizado � hierro y muy soplado de cuello y pu�os,
declarado aspirante de Flora; y Gast�n aprovech� el momento para
cambiar de conversaci�n, porque ya sab�a cu�nto le importaba. Con esto
pasaron del comedor � la sala de recibir, en cuya consola se ostentaba
un soberbio reloj de m�rmol y bronce y dos candelabros del m�s puro
estilo Imperio.

--Os reconozco,--pens� el se�orito de Landrey,--os reconozco, reliquias
de mi casa, testimonio de la rapacidad de este buitre... Ahora quiere
que lo principal siga � lo accesorio, y se propone que el castillo haga
compa��a al reloj...

Distr�jole de estos pensamientos Flora, pregunt�ndole si tocaba el
piano, s�lo para buscar ch�chara y que rabiase de celos aparte el juez
municipal; y Gast�n, que era sujeto abonado, se prest� admirablemente
al juego.

                             [Ilustraci�n]




                                  IX

                              Iniciaci�n


Con m�s impaciencia que antes deseaba Gast�n el momento de saludar �
Antonia Rojas, que ya ten�a para �l los alicientes del misterio; y
pareci�ndole que al tercer d�a no es incorrecto visitar � una se�ora
que lo permite, escogi� las primeras horas de la tarde y se ech� �
adivinar el camino, por no buscar gu�a que le condujese.

Sin gran trabajo se orient� y lleg� al pie de la tapia, encontrando de
par en par la verja que cerraba el port�n. No era cosa de meterse como
Pedro por su casa, y al mismo tiempo no ve�a � nadie, cuando de entre
un macizo de flores sali� disparado el ni�o, tendi�ndole los brazos y
el coraz�n en ellos.

--�Vaya, por fin vienes!--chillaba la voz aguda y fresqu�sima.--�Pero
cu�nto tardaste! Yo quer�a ir ayer � buscar contigo el tesoro... y no
me dej� mam�. �Qu� gusto! He de ense�arte mis cabritas... Otelo, no
ladres, tonto... es gente conocida...--a�adi� halagando al perrazo
negro, que obedeciendo � la intimaci�n de buena acogida, mene� la
poblada cola y apoy� las patas en los hombros de su amo.

--�Est� visible tu mam�?

--�Ya lo creo! V�nte,--chill� Miguelito.

Y saltando � la pata coja, precedi� � Gast�n, que se dej� llevar.

Atravesaron el jard�n, y despu�s el zagu�n de la casa, claro y adornado
con jarrones de loza y plantas de invernadero; salieron � un patio
cuadrangular, rodeado de edificios nuevos que parec�an dependencias,
y en uno de ellos, del cual sal�a humo, entr� Miguelito seguido de
Gast�n. La luz que penetraba en el vasto cobertizo por una serie de
altas ventanas, alumbr� un espect�culo original.

En medio del cobertizo, cerca de una cocina baja donde borboritaba
enorme caldero, y al pie de un tonel que desped�a espeso vaho, estaba
Antonia ataviada de un modo bien diferente que el d�a en que Gast�n la
hab�a conocido. Una falda de percal claro y un cuerpo de manga corta,
resguardados por cumplido delantal de _oxford_ � rayas blanco y cereza;
un pa�olito de seda roja atado � la curra, con la gracia picante de un
tocado criollo, compon�an el traje de la se�ora. Los brazos, morenos y
de un modelado suave y vigoroso � la vez, se agitaban sobre el tonel
humeante, derramando en �l el contenido de un frasco de cristal. Una
moza aseada y robusta, enarbolando la pala, esperaba el momento de
revolver la lej�a; porque, fuerza es decirlo, aquella decoraci�n no era
m�s que fondo para la humilde operaci�n casera de colar la ropa...

Gast�n esperaba un chillido, una protesta, una ojeada de c�lera al
ni�o. Qued� chasqueado. Lo que hizo Antonia, al darse cuenta de la
sorpresa, fu� reir espont�neamente...

--No nos pidamos perdones, se�or de Landrey,--dijo sin
alterarse,--porque ser�a cuento de nunca acabar. Por mi parte est�
usted perdonado. Miguelito, mira, hijo m�o, ya sabes que � las visitas
se las lleva � la sala.

--�� �ste no!--declar� Miguel.--�ste no es visita, que es mi amigo... y
le llevo � ver las cabras...

--�S�, las cabras y mam�!...--a�adi� Antonia pl�cidamente.--Esp�reme
usted en la sala... � en el jard�n... �Hasta dentro de un instante!

Gast�n obedeci� de mala gana. La viuda, encendida, con el pa�uelo
picaresco y el traje de mec�nica, le hab�a parecido de perlas;
mejor cien veces que en la torre. Por su gusto reemplazar�a � la
moza de pala, ayudando � revolver la ropa en el tonel. No hubo m�s
remedio que dejarse llevar otra vez por Miguelito, y admirar los
brincos de dos chivitas blancas, prisioneras en el traspatio, al pie
del h�rreo,--porque no dejaban cosa � vida en la huerta ni en el
jard�n.--Al cabo dieron fondo en una sala baja, � la cual se acced�a
por el zagu�n, y donde muebles modernos y antiguos, cuadros viejos y
grabados ingleses, un soberbio piano de cola, produc�an un conjunto
familiar, de tonos �ntimos y art�sticos � la vez. En los jarrones
hab�a flores frescas, y en el centro de la sala un acuario de sal�n,
de reducidas dimensiones, muy bien cuidado, estaba lleno de pececillos
y curiosos moluscos y zo�fitos, que Miguelito ense�� con orgullo � su
amigo.

                             [Ilustraci�n]

--Yo he de ser marino, como mi abuelito,--declar� la criatura,--y ya
s� lo que hay en el fondo del mar... Estos pescaditos ven�an en la
red, �sabes? y mam� y yo vamos � ver c�mo la sacan... y recogemos lo
m�s bonito. �Nos divertimos tanto! Mira, mira, ese es el erizo... Qu�
espinas, �eh? No se le puede poner la mano... Oye, ese bicho se llama
caballo de mar... �Qu� raro! F�jate en la concha _vieira_... �sa la
trae Santiago Ap�stol en la esclavina...

Entretenido con la charla del chico, no dejaba Gast�n de aguardar con
impaciencia � Antonia, que tard� bien poco en presentarse, sin pa�uelo
ni delantal y de mangas largas, pero en traje no menos sencillo y
campestre que el otro. Excus�se Gast�n lamentando haber presenciado �
interrumpido su faena, y ella respondi� con llaneza y sinceridad:

--No tiene nada de molesto que le vean � uno enfaenado. Crea usted que,
por otra parte, si yo pudiese prescindir de trabajar, tal vez me dejase
tentar de la pereza; pero Miguel y yo vivir�amos muy mal. No soy rica
y me gustan las cosas refinadas, de limpieza y de cuidado: �qu� voy
� hacer, sino presenciar � ejecutar en persona? Aqu� dejan � la ropa,
al lavarla, un color moreno poco simp�tico: con mis qu�micas logro que
salga muy blanca. La costumbre y no la virtud me va aficionando ya �
estos trajines, � por lo menos, no se me hacen cuesta arriba como al
principio. No hay mejor que tomar con buen �nimo las labores y las
obligaciones; se hace uno amigo de ellas.

--Necesitar�a algunas lecciones de usted para aprender esa filosof�a,
que bien la necesito,--dijo Gast�n.

--Esa filosof�a, como usted la llama,--respondi� Antonia
festivamente,--tiene uno que ense��rsela � s� mismo...

--�No existe maestra?--pregunt� con intenci�n el se�orito de Landrey.

--S�, se�or; conozco una maestra de eso...--murmur� Antonia, cuyo
movible rostro cambi� de expresi�n y se nubl�.--Una maestra muy dura...
�La desgracia!...

--Entonces ya puedo yo ser disc�pulo,--declar� Gast�n, con asomos de
melancol�a.

Hubo un momento de silencio: el giro confidencial del di�logo
desagradaba sin duda � Antonia. Miguelito salv� la situaci�n cogiendo
� su madre de la mano y empe��ndose en que hab�a de ver Gast�n la casa
y el jard�n en sus menores detalles. Antonia, sonriendo, declar� al
levantarse para cumplir el capricho del ni�o:

--As� como as�, este _paseo del propietario_ es inevitable... El
trago, de una vez. No le perdonaremos � usted ni las lechugas ni las
zanahorias.

                             [Ilustraci�n]

Recorrieron, en efecto, la casa, el jard�n, el huerto y las
dependencias. Era la casa, irregular en su forma, muy c�moda y
desahogada interiormente, y por el aseo y el orden parec�a uno de esos
primorosos _cottages_ de las inmediaciones de Londres, en los cuales
se vive � gusto, y cada hora del d�a acarrea un goce honesto y sano,
del cuerpo � de la inteligencia. Las habitaciones revelaban en su
distribuci�n un sentido especial de la realidad, de las necesidades que
imponen una vida solitaria y la educaci�n de un ni�o: y Gast�n vi� con
inter�s el cuarto de estudio, sus mapas, sus libros de estampas, sus
cajas de geometr�a, sus cuadernos, todo sin manchas ni hojas rotas,
todo regularizado, como pudiera estarlo en un colegio bien entendido.
Nada faltaba en la mansi�n: ni la bibliotequita, bien surtida de libros
�tiles y recreativos y de obras cl�sicas espa�olas; ni la despensa,
provista de conservas y dulces caseros; ni el frutero, donde todav�a
amarilleaban las manzanas de la �ltima cosecha: y Gast�n, acord�ndose
de su desmantelado castillo, apreci� mejor la gracia y la intimidad
modesta de la casa de Antonia. Del huerto se hab�a sacado tambi�n todo
el partido imaginable: los cuadros de legumbres parec�an canastillas
de flores, por lo bien cuidados y dispuestos; los �rboles revelaban
una poda inteligente; y el establo, que albergaba dos vacas con sus
ternerillos, no se ve�a menos limpio ni barrido que la sala. Entre
las dependencias descubri� Gast�n una diminuta lecher�a, forrada de
azulejos, digna de Holanda por lo exquisitamente pulcro de sus tazones,
jarros y tanques de metal: y como la elogiase calurosamente, Antonia se
par� y dijo con entusiasmo:

--�Ah! Es que esta lecher�a me ayuda � vivir... �es una rentita que no
descuido yo ni un minuto! De diez � doce reales diarios limpios saco de
estas paredes... y en el campo doce reales levantan en peso... �No se
r�a usted! �El se�or de Landrey se r�e de esta aldeana!

--No me r�o... La envidio � usted, por el contrario. Pero �c�mo diablos
saca usted eso de una lecher�a?

--Hago quesos, y los env�o � Madrid... Sin sospechar que ven�an de
tan cerca de la casa de usted puede que los haya usted probado. No
me permiten,--y eso mortifica mi vanidad, lo confieso,--ponerles el
r�tulo que me gustar�a: �Quinta de Sadorio,� impreso con molde...
Quieren hacerlos pasar por el famoso _fromage suisse_, y lo logran;
y como ganan, porque yo se los vendo baratos, y no hay derechos de
aduanas, tengo clientela segura... No doy abasto � los pedidos, y
me parece que pronto tendr� que ensanchar mi comercio, comprando un
pradito m�s...

De sorpresa en sorpresa iba Gast�n. �Era aquella la mujer calificada
en la Puebla de _rom�ntica_, y que se le hab�a aparecido en traje de
excursionista en la torre de la Reina mora? �Hab�a c�lculo en tanto
aparato de laboriosidad y econom�a? �Es humanamente posible fingir
un g�nero de vida y unas costumbres como las de Antonia Rojas? Sin
querer, las intenciones y prop�sitos de Gast�n respecto � la viuda,
iban modific�ndose; si al pronto la tuvo por f�cil presa, ahora, con el
naciente respeto, la juzgaba torre alta � inaccesible. Terminaron la
visita de la propiedad, y salieron � reposar � una terraza cerca del
estanque, donde encontraron servida ligera colaci�n: t� con leche,
hasta media docena de quesitos, y un plato de fresas: para otra fruta
era temprano: Antonia sirvi� el t� y prepar� las _r�ties_ untadas con
miel de abeja, que trascend�a � flores de campo y romero; y como Gast�n
se mostrase confuso y agradecido del obsequio, Miguel explic� que era
la misma merienda de todas las tardes...

--No, hijo m�o,--advirti� su madre,--los quesos son un extraordinario,
para que este se�or los pruebe. Lo otro s�: es un lujo que nos damos el
de tomar un t� ingl�s de primera: me lo env�an unos amigos que tengo,
c�nsules en Plymouth. Lo dem�s... caserito. La leche, de mis vacas; la
miel, de mis abejas; las fresas, de las platabandas que hay debajo de
los rosales... cuyas rosas se lucen en ese vasito de China...

--Se�ora,--murmur� Gast�n, saboreando con delicia la infusi�n
perfumada,--yo no soy adulador, pero crea usted que este t� tan
elegante, este servicio tan delicado, me parece un sue�o que me lo
ofrezcan � un cuarto de hora de Landrey. No he tomado en mi vida
ninguno que tan bien me supiese...

--Era de suponer que dir�a usted eso,--respondi� maliciosamente la
viuda.

--Qu�, �no lo cree usted? Pues no acostumbro hacer madrigales al t�,
se�ora... Lo que m�s me admira es que tenga usted estos servidores
�ptimos... � invisibles, porque nos lo hemos encontrado todo aqu� como
tra�do por mano de las hadas.

--�Dios m�o! �Qu� bueno es usted! Tengo los mismos servidores que
todo el mundo... Dos muchachas, � quienes he ido ense�ando lo m�s
elemental... Pero hago que, cuando estoy sola, me sirvan con los
mismos requisitos que si estuviese alguien de fuera (lo cual aqu� no
suele suceder), y por eso, sin que me haya escabullido para mandarlo,
usted ve una servilleta planchada y unas cucharas que relucen... �Gran
misterio! Lo que no me explico es que nadie proceda de otro modo;
es m�s c�modo as�... �Soy muy comodona; no vaya usted � suponer lo
contrario!

Gast�n se sent�a, sin comprender por qu�, feliz. Sab�ale � gloria la
refacci�n, y el aire perfumado de esencias de flor que ba�aba sus
sienes, le refrescaba el esp�ritu. Hubiese querido prolongar aquella
visita una semana; tan bien se hallaba en el jard�n de Antonia. La
conversaci�n, desvi�ndose ya de los temas de la vida pr�ctica, rod�
sobre mil asuntos diversos: se habl� de viajes, de m�sica y hasta de
arquitectura, � prop�sito de Landrey. Antonia ensalzaba el castillo
propiamente dicho, el que era posterior � la torre de la Reina mora, y
no comprend�a que Gast�n hubiese permitido tocar, en ausencia suya, �
tan hermosas y s�lidas piedras.

                             [Ilustraci�n]

--Estaban firmes, m�s firmes que las del Pazo, que es muy
posterior,--exclam�.--Han hurgado all� por todas partes, y sin que se
explique la raz�n. �C�mo ha dado usted licencia?

--No la he dado realmente, se�ora... Esa es una historia de que
hablaremos,--contest� Gast�n, confirmado en sus sospechas por estas
preguntas de Antonia.--Pero deseo que un d�a visite usted conmigo �
Landrey y veamos esos trabajos.

Cuando sali� Gast�n de Sadorio, la luna brillaba en el firmamento, y
en su coraz�n luc�a un rayito de sol alegre y dulce. Las madreselvas,
desde los zarzales, le enviaban aromas penetrantes y deliciosos; el
aire era tibio, el camino po�tico y silencioso, y la �ltima caricia de
Miguel calentaba a�n las mejillas del se�orito. Al llegar � Landrey, no
pudo menos de preguntarse � s� propio con sorpresa:

--�Estar� enamorado? �� son efectos del lugar, la hora, las
circunstancias?... �Lo cierto es que no cabe pasar tarde m�s bonita que
�sta!

                             [Ilustraci�n]




                                   X

                             La consejera


Aunque la discreci�n ponga coto � ciertos impulsos, extra�o ser�a que
no triunfasen de ella en un mozo como Gast�n, poco acostumbrado � la
disciplina moral,--que muchas veces consiste en vivir � contrapelo
del gusto.--Cautivado por Antonia Rojas, Gast�n deseaba verla � cada
instante, y la misma levadura de respeto y de admiraci�n involuntaria
que se mezclaba � otros sentimientos menos ordenados y pac�ficos, le
induc�a � creer que no era peligrosa la frecuencia del trato con la
viuda, ni las reiteradas visitas � Sadorio. Fu� primero cada tres
d�as, despu�s cada dos, por �ltimo, diariamente. Antonia no le
esperaba: jam�s la encontr� ni vagando por el jard�n, ni tocando el
piano, ni sentada l�nguidamente en un cenador, ni cortando flores con
la larga tijera que para este oficio llevaba pendiente de la cintura.
Siempre la sorprendi� � dirigiendo la preparaci�n de unos apetitosos
calamares en conserva, � poniendo en madurero la cosecha de tomates
tempranos, � haciendo que trasquilasen el melonar, � desnatando leche,
� cortando blusas para Miguelito: ocupaciones nada sentimentales, y
que no autorizaban ning�n po�tico desm�n. Ocurri� con aquellas visitas
un fen�meno, aflictivo para el ya prendado Gast�n: y fu� que en las
primeras, Antonia le recibi� expansiva y afable; en las segundas,
reservada y cort�s; y cuando las menude�, empez� � mostrarse seca, fr�a
y hasta incivil, pues le dejaba solo con Miguelito las horas muertas,
y se marchaba � sus quehaceres. El ni�o, en cambio, estaba cada d�a
m�s afectuoso con su amigo, y le abrumaba � caricias, � preguntas
y atenciones, all� � su inocente estilo. No sabiendo Gast�n qu�
discurrir para complacer � su �nico partidario en la casa, ide� buscar
un caballito peque�o, barato y manso, que compr� en la Puebla, y que
trajo � Sadorio, con objeto de dar lecciones de equitaci�n � Miguel.
La idea produjo embriaguez de dicha en la criatura; pero Antonia,
terminada la primera lecci�n, llam� � Gast�n � la sala, y en frases
bien escogidas para no herirle, y firmes bastante para reprimirle, le
dijo claramente que sus visitas continuas no eran convenientes, ni
admisibles sus regalos. Y como �l mostrase gran pesadumbre, Antonia
dulcific� la voz y a�adi�:

--Usted debe comprender que, en esta soledad, es muy grata la compa��a;
usted debe comprender que yo ni soy insociable, ni tengo tantas
distracciones que me estorbe la que usted me proporciona con su amable
trato. Pero no le hago � usted tan poco perspicaz que no se d� cuenta
del efecto que sus visitas diarias han de causar en el p�blico.

--�Hay aqu� p�blico, Antonia?--pregunt� Gast�n con iron�a.

--Lo hay en todas partes. �ste es reducido y de gente sencilla, pero
por lo mismo se les debe buen ejemplo, hasta en las apariencias; sobre
todo, cuando la realidad es honrada y clara, y s�lo honrada y clara
puede ser. �S�, amigo Landrey! Yo quiero que me estimen de veras mis
criaditas, la Colasa y la Minga... entre otras razones, �porque he de
vivir con ellas muchos a�os!

� su pesar ri� Gast�n el gracejo de la se�ora, y doblando la cabeza,
murmur�:

--Antonia, yo deseo de todas veras obedecer � usted... y ya se sabe
que la obedecer�... pero �igame usted, puesto que tengo la suerte de
que me hable usted con esta franqueza tan noble... que prefiero �
la seriedad de ayer. La conozco � usted de hace un instante, puede
decirse, y me he acostumbrado � su amistad de usted tan pronto y de
una manera tan extra�a, que la necesito lo mismo que se necesita el
aire para respirar. No frunza usted el ce�ito: mire que no la estoy
cortejando; �le juro que no se trata de eso! Es que me encuentro en
circunstancias especial�simas de mi vida, en los momentos penosos en
que es preciso que alguien nos atienda y nos d� un buen consejo; es
que me hallo completamente solo, aislad�simo, desorientado, y que,
probablemente, voy � cometer mil desatinos si me falta una persona
buena, que vea mejor que yo cuestiones de que penden mi fortuna y
mi porvenir. La casualidad me ha puesto en contacto con usted, que
casualmente es tambi�n el �nico ser humano capaz de inspirarme una
confianza absoluta, incondicional; porque tiene usted un juicio y un
car�cter...

--Bien, al caso,--interrumpi� Antonia atajando la alabanza.--Si se
trata de prestarle � usted servicio... es diferente... Aqu� estoy.

--Pues acepte usted por alg�n tiempo el papel de confidente y consejera
m�a.

--Aceptado,--declar� la viuda sin vacilar.--Yo ser� su confidente y
consejera. Eso no implica que usted venga aqu� � menudo. Vendr� usted
una vez por semana... � menos, si no es preciso.

--Me resigno,--suspir� Gast�n.--Vendr� los s�bados, como los
empleados... � los domingos... como el lavandero.

                             [Ilustraci�n]

--He dicho que tal vez menos...--repiti� Antonia
risue�a.--Probablemente le se�alar� � usted un turno quincenal. En fin,
eso depender� de la consulta que usted quiere dirigirme. No s� de qu�
�ndole ser�... Para que vea usted que empiezo complaci�ndole: ma�ana se
viene usted � comer aqu�, y, de sobremesa, me comunica esas historias
de que, seg�n afirma, penden su porvenir y su fortuna. Yo necesitar�,
de seguro, reflexionar, porque � fuer de gallega tengo el trasacuerdo
mejor que el acuerdo. As� es que, despu�s de la confidencia, no
vuelve usted... en diez d�as. Pero antes de que me honre usted con su
confianza, � mi vez tengo yo el deber de enterarle � usted bien de
qui�n soy, porque usted me conoce de poco ac�, y las referencias que
haya podido oir de m� quiz�s no brillen por la m�s rigurosa exactitud.

--Tiene usted sus partidarios y sus detractores, Antonia; y entre los
primeros se cuenta una cojita muy simp�tica, hija de mi mayordomo
Lourido.

--�Pobre Concha!--murmur� afectuosamente Antonia.--�Criatura m�s
angelical! La resignaci�n con que sufre,--porque est� enferm�sima,--le
ganar� un lugar se�alado all� donde muchos soberbios y poderosos
quisieran conseguirlo...

Y, pensativa, la viuda apart� la mirada del rostro de Gast�n.

--Espero su historia de usted, Antonia, para que se aumente mi
afecto,--indic� el se�or de Landrey, respetuosamente.

--�Qui�n sabe? Tengo de qu� acusarme, como va usted � ver...--Soy
ferrolana, y mi padre, don Federico de Rojas, era marino. Lo mucho
que hab�a viajado, y su talento natural, hicieron de �l, si no un
sabio, por lo menos un hombre instruid�simo. Por muerte de mi madre
reconcentr� en m� todo su cari�o, y me ense�� ciertas cosas que no
suelen aprender las muchachas, por ejemplo, bot�nica � historia
natural; de ah� sali� mi afici�n � recoger esos bichos raros que ve
usted en el acuario, y lo mucho que me divierten mi huerto y mi jard�n,
y mis correr�as por la monta�a para formar herbarios... Un armario
grande he llenado de cartones--Ten�a yo diez y ocho a�os cuando en un
baile � bordo me conoci� y me pretendi� don Luis Sarmiento, que era
joven, rico, muy bien nacido; que reun�a, en fin, las condiciones que
sue�an los padres para los novios de sus hijas. No hubo oposici�n; me
cas�, y al a�o naci� Miguelito. Mi esposo era, adem�s de todo lo que he
dicho, una persona excelente: caballero, pundonoroso y de muy alegre
humor: s�lo que sus padres no se hab�an cuidado de ense�arle la vida
real. Hab�a gastado ya mucho de soltero, y por complacerme y recrearme,
se lanz� � mayores dispendios despu�s de casado: me llev� � viajar
por toda Europa, con un lujo que ahora conozco que era insensato; me
compr� joyas y trajes; montamos trenes, y vivimos en Madrid anchamente,
protegiendo artistas y adquiriendo lienzos y esculturas, como si
nuestra renta fuese quince � veinte veces m�s ping�e de lo que en
realidad era. Aqu� debo yo acusarme de mis yerros: en vez de contener
� mi esposo, gozaba como una loca de aquellos esplendores y placeres,
porque tengo un instinto de fausto y de arte que no parezco sino una
Cleopatra... �y para llegar � hacer la lej�a con mis propias manos ha
sido menester que la adversidad me haya zorregado con unas disciplinas
muy recias! Pronto pas� lo que ten�a que pasar: mi marido se vi�
ahogado de deudas, de hipotecas y de r�ditos usurarios; lleg� un d�a en
que no pudo cumplir ni pagar � nadie, y entonces...--Aqu� los garzos y
rientes ojos de Antonia se vidriaron de l�grimas,--entonces... cometi�
un atentado...

--Me lo han dicho,--se apresur� � interrumpir Gast�n, viendo el
trabajo que le costaba � Antonia tocar aquel punto.

--�Ojal�,--prosigui� ella,--me hubiese dicho la verdad de nuestra
posici�n! El mismo cari�o que me ten�a le oblig� � callar... No se
sinti� con valor para confesarme que nos encontr�bamos arruinados
y que nuestro hijo ser�a pobre. Si Dios le inspirase tal rasgo
de sinceridad,--por eso no negar� jam�s � nadie el consuelo de
una confidencia,--yo, con todo mi cari�o, le hubiese confortado,
persuadi�ndole de la verdad: �de que a�n pod�amos vivir... tan felices!
Har�amos lo que hice despu�s: vender todo, desprendernos de todo,
cumplir con los acreedores, y retirarnos aqu� en paz. La desgracia
le ofusc� y le hizo olvidar que era cristiano, jefe de una familia,
padre de un hijo � quien deb�a el ejemplo de la resignaci�n y de la
fortaleza... Nada me dijo; no se fi� de m�, me cerr� su coraz�n... no
me mir� como amiga... �Y sabe usted por qu�? Por culpa m�a: porque �l
no pod�a ver en m� m�s que � una muchachuela sin seso, aturdida con las
galas, las diversiones y los goces del mundo y de la riqueza... �Ya ve
usted c�mo no me falta de qu� acusarme!

                             [Ilustraci�n]

Suspir� hondamente la viuda; y recobr�ndose y sec�ndose los ojos con el
pa�uelo, prosigui�:

--Un solo consuelo tuve, y si no es por �l, creo que aquella
cat�strofe, en vez de costarme la salud por algunos a�os, me cuesta en
el acto la vida.

--�Su hijo de usted?--dijo ech�ndose � adivinar Gast�n.

--Eso no es consuelo, eso es _yo misma_,--respondi� Antonia.--No;
el consuelo �y bien grande! fu� que mi esposo vivi� a�n tres horas
despu�s del atentado... y no perdi� el conocimiento... y tanto le
rogu�, y tanto le bes� la cara y las manos en esas tres horas... que se
arrepinti�... se confes�... �y muri� absuelto!

El silencio que sigui� � estas palabras tuvo algo de magn�tico:
pareci�le � Gast�n que acababa de descubrir el alma de Antonia,--fuerte,
porque era creyente.--Sus ojos, iluminados de fervoroso entusiasmo,
hicieron bajar al suelo los de la dama.

--Despu�s,--dijo precipitadamente, � fin de cortar aquella corriente
s�bita,--me v� envuelta en mil dificultades para desenredar la
peque��sima hacienda que le quedaba � mi hijo. Vend� mis alhajas, mis
encajes, hasta mis vestidos y abrigos de pieles y terciopelo; vend�
los coches, los cuadros, los barros, los tapices y los muebles, y por
supuesto, la plata y las vajillas; cuanto era de lujo se vendi�, creo
que malbaratado, pero en tales naufragios siempre sucede as�: hay que
darle su parte de bot�n al mar. Yo recordaba que esta casa de Sadorio
hab�a sido reparada y aumentada por orden de mi marido, que ten�a
cari�o � las paredes que le hab�an visto nacer: y aqu� me refugi� y
aqu� vivo desde entonces, aprovechando la baratura del pa�s y los
recursos de econom�a dom�stica que proporcionan el huerto y los prados.
Miguel se cr�a robusto, y yo disfruto comodidades que tal vez no pose�a
en mis �pocas de derroche. �Lo duda usted? En Madrid no ten�amos
bosques, ni extensos jardines, ni flores frescas � toda hora, ni el
pescado del mar � la sart�n... Sepa usted que hasta economizo... �Vaya!
Junto unos ahorrillos para cuando Miguel tenga que ir � seguir carrera
y yo me vea precisada � acompa�arle; lo cual har� para que no se
desaliente � se corrompa... Ese d�a que tendr� que dejar � Sadorio...
me parece que lo sentir� mucho. Me he acostumbrado � esta libertad y �
esta calma... F�cilmente sacar�amos de aqu� una moraleja por el estilo
de las m�ximas que escrib�a Miguelito en sus primeras planas, despu�s
de los palotes: �Amando el deber lo convertimos en placer.� Ya sabe
usted mi vulgar historia...

                             [Ilustraci�n]




                                  XI

                              El consejo


Profundamente impresionado sali� de Sadorio aquella tarde Gast�n; y
con ser pocas las horas que faltaban para volver � ver � Antonia,
parecieron muchas � su impaciencia. Antes de lo que cre�a, sin embargo,
logr� la vista de su amiga. Era domingo, y como Gast�n bajase � la
Puebla � misa mayor, all� estaba arrodillada la viuda, pero ni volvi�
la cabeza: asist�a al santo sacrificio con una compostura no afectada,
y � su lado, Miguel--�extra�a novedad!--tambi�n permanec�a quieto y
atento, hecho un santito,--aunque con un azogue tal en las piernas,
que al acabarse la misa y salir al atrio, peg� m�s de una docena de
saltos: parec�a haberse vuelto loco.

Florita, que hab�a avizorado � Gast�n en la iglesia, enganch�le
� la salida, y mientras coqueteaba con �l � su estilo lugare�o,
desaparecieron Antonia y Miguel. Despepit�banse la esposa y la hija
del Alcalde:--�Por qu� no se quedaba Gast�n � comer con ellos? �D�nde
se met�a, que andaba tan oculto? �Qu� tal substancia ten�a la miel de
Sadorio? �Le hab�an picado las abejas, que estaba tan seriote?--Trabajo
le cost� zafarse de aquellas obsequiosas interlocutoras, pretextando
ocupaciones muy urgentes, y no sin prometer que el lunes vendr�a.

--As� como as�,--pens�,--Antonia, despu�s del d�a de hoy, va �
desterrarme por una temporada...

� paso apresurado, como el que sigue la estela de su deseo, tom� el
camino de Sadorio; y ya cerca de la quinta, comprendi� que no deb�a
presentarse antes de la hora se�alada, las dos, y entretuvo el tiempo
como pudo, entrando en casa de una labradora y pidiendo un vaso de
leche. Se lo sirvieron fresco y espumante, pues estaba la vaca en
el establo, por ser domingo y no haber qui�n la llevase de ma�ana al
pasto; y Gast�n tir� de la lengua � la vejezuela que orde�aba la vaca
y presentaba el cuenco rebosante,--averiguando con pueril alegr�a que
era una protegida de Antonia.--Aquel invierno, la vieja, �hab�a estado
tan en los �ltimos,--eran sus palabras,--que ya ten�a encima los Santos
Oleos, �as� Dios me favorezca! y si no es por el caldito que todos los
d�as mandaban de Sadorio y los remedios que pag� la se�orita en la
botica de la Puebla, no lo contar�a...�--Con esta pl�tica gustosa para
Gast�n, fu� acerc�ndose el momento de presentarse en la quinta, y all�
corri�, dejando por el cuenco de la leche un duro en la mano sarmentosa
de la vejezuela parlanchina... que le hart� de bendiciones.

Recibi�ronle, Antonia con cordialidad, Miguel con arrebatado cari�o, y
se sentaron los tres � una mesa cuyo primor consist�a en el decorado de
flores naturales y en el brillo de la loza y del cristal, y en que s�lo
tentaban el apetito los manjares por su frescura y grata sencillez.
Las ostras de la Puebla, regadas con el lim�n cogido en el huerto; el
pastel de liebre cazada en los vecinos montes; la gallina cebada en el
corral casero; la densa conserva de membrillo, sabiamente fabricada por
Colasa, compusieron el banquete. El caf� salieron � tomarlo al ameno
sitio de costumbre; y como Miguelito, jugando con Otelo, se alejase �
ratos, Gast�n aprovech� la ocasi�n propicia, y refiri� � Antonia, muy
despacio, su historia entera. Nada omiti�, ni las �ltimas advertencias
de su madre, ni la disipaci�n de los primeros a�os, ni la ruina, ni
la doblez del maldito U�as�n, ni la revelaci�n de do�a Catalina de
Landrey, ni la conseja del tesoro, ni las recientes inquietudes y las
reclamaciones inicuas de don Cipriano Lourido... Antonia escuchaba
atentamente, y de vez en cuando, si no encontraba bastante clara la
narraci�n, interrump�a con preguntas concretas, � que Gast�n respond�a
sinceramente, procurando no alterar los hechos ni la realidad de sus
sentimientos en lo m�s m�nimo. La necesidad de expansi�n y de desahogo
que sent�a le desataba la lengua y le mov�a � acusarse � s� propio,
pareci�ndole como si viese su imagen moral reflejada en un l�mpido
espejo, y una fuerza superior le impulsase � describir minuciosamente
los defectos y tachas de aquella imagen. Al terminar, Antonia qued� un
rato callada: reflexionaba, y su rostro generalmente alegre ten�a una
expresi�n de gravedad en armon�a con las funciones de juez de un alma
que se dispon�a � ejercer.

--Antonia,--exclam� con ahinco Gast�n, vi�ndola permanecer silenciosa
y meditabunda,--hable usted; no tenga reparo en calificarme seg�n le
plazca, ni en echar por tierra mis ilusiones respecto al imaginario
tesoro. � todo estoy preparado, y casi me har� usted un bien acabando
de extirparme esperanzas quim�ricas. Tr�teme usted, Antonia, al menos
hoy... como � un hermano. En cambio del sue�o del tesoro me dar� usted
otro sue�o m�s bonito cien veces: so�ar� que se interesa usted por m�:
ya ve si salgo ganando.

--�No se enojar� usted porque me exprese con franqueza?--pregunt� la
consejera sonriendo.

--Mil veces no... _Al contrario_, como me dijo usted la primera vez que
la v� y la pregunt� si la importunar�a mi visita.

--Pues lo que saco en limpio de su historia es que es usted responsable
de la mitad m�s una de las desdichas que le han sucedido hasta hoy. El
perder � su madre de usted fu� desgracia; el arruinarse, culpa.

                             [Ilustraci�n]

--Lo reconozco. Prosiga usted; repr�ndame.

--S� que debo reprenderle, y en t�rminos muy severos, porque, amigo
Gast�n, hay ruinas de ruinas. El que emprende algo �til; el que
invierte con buen fin su capital y tiene la desgracia de no acertar
y de perderlo; el que por reveses impensados se queda pobre, merece
l�stima. Usted no est� en ese caso: lo ha derrochado todo de la manera
m�s fr�vola y m�s sin substancia, y para mayor dolor, dando esc�ndalo
al mundo y mal ejemplo � sus amigos y � sus servidores. Ten�a usted
un caudal que manejar y un nombre antiguo � ilustre que sostener; el
caudal lo ha dedicado usted � insulseces y � torpezas, y el nombre lo
ha dejado usted � merced de los Louridos, hoy protectores del se�or de
Landrey. Ya ve si la tribulaci�n es merecida.

Por preparado que se encontrase Gast�n � oir cosas desagradables, y por
grande que fuese el prestigio de Antonia para dec�rselas, sinti� un
bochorno mortificante y un deseo de apolog�a.

--Es cierto, Antonia; pero recuerde usted, para no juzgarme tan
duramente, que � no haber encontrado en mi camino � dos bribones que me
depar� la suerte, despu�s de todo, no estar�a hoy sino algo mermada mi
hacienda.

Frunci� Antonia el ce�o, y su cara adquiri� expresi�n todav�a m�s
severa y triste.

--No le disculpa � usted eso. Antes me parece que le acusa m�s. Sobre
disipador, ha sido usted neciamente confiado. No ha querido usted
molestarse ni en saber � qui�n entregaba sus intereses y consagrar
� vigilarlos ni una hora de las que perd�a en sus vac�os goces. Los
bribones nacen espont�neamente al lado de los abandonados como usted.
Si no le hubiesen pelado � usted U�as�n y Lourido, le pelar�an otros
que se llamar�an de otra manera: diferencia �nica. Y no me diga usted
que le falt� buen consejo, Gast�n... porque lo tuvo usted tan bueno,
que no cabe otro mejor; y � no haberse usted olvidado de las palabras
de su madre, de que la fortuna se nos da como en dep�sito... hoy ser�a
usted un hombre feliz, rico y con la conciencia tranquila; ser�a
usted... �igalo bien, Gast�n, porque esta frase me parece que lo dice
todo... un _administrador de Dios_... que es lo que hay que ser, y lo
dem�s, �patarata!

Radiante luz penetraba en el esp�ritu de Gast�n, que casi sent�a
impulsos de arrodillarse y de herirse el pecho con el pu�o cerrado.
Pod�a todo aquello mortificarle un poco, pero... �qu� gran verdad
encerraba! Antonia, perspicaz al fin como mujer, not� muy bien el
efecto de la homil�a, y se dilat� su rostro.

--Si aspira usted � restaurar la riqueza de Landrey para volver �
tirarla por el balc�n, no tengo fe en los consejos que le voy � dar:
recaer� usted en la miseria, y qui�n sabe si en la deshonra. Antes de
rehacer el caudal, que es cosa externa, reh�gase usted por dentro: me
parece lo m�s urgente. Si se ha de cambiar su porvenir, cambie usted,
transf�rmese en otro hombre...

--Creo que tiene usted raz�n, Antonia,--exclam� el se�or de Landrey
con entusiasmo.--Conozco que he sido... un trasto; �francamente! Deseo
regenerarme... pero no podr� si usted no me ayuda. Estoy muy solo:
nadie me quiere; � nadie le importa de m�... Esto no lo hab�a notado
hasta hoy; viv�a en un v�rtigo, y aturdido no comprend�a el vac�o de
mi alma. Ahora conozco que me falta sost�n y calor... Si usted no me
tiende la mano, Antonia, usted que es tan fuerte, tan derecha, tan
valiente... no har� nada; me echar� al surco.

La viuda de Sarmiento se encendi� de emoci�n; pero fu� como el paso
fugaz de una nube roja sobre un tranquilo cielo. Pesando sus palabras,
cuya importancia conoc�a, respondi� serenamente:

--Si entiende por tender la mano lo que estoy haciendo... ya la
tiene usted tendida. Pero de esa puerta afuera,--y se�al� � la de la
verja,--es usted el que tiene que valerse. �No es usted hombre? �No
ha de poder un hombre recoger sus fuerzas y su voluntad y cumplir un
prop�sito? Si yo no fuera mujer, me asociar�a � usted para trabajar
juntos en la restauraci�n de Landrey; hasta me divertir�a la empresa.
Su delicadeza de usted debe hacerle comprender que no puedo en esta
ocasi�n olvidar la reserva propia de las faldas. Ni aun como consultora
me gustar�a que, en lo sucesivo, acudiese usted � m�. Le queda � usted
trazada una l�nea de conducta, � mucho me enga�o, � puede seguirla
solo. �Qu�, no ser� usted capaz de remediarse? Porque entonces...

--�Y esa l�nea de conducta?--murmur� �l con tierna sumisi�n.

--Ya lo sabe usted; volverse del rev�s como un guante. Era usted
gastador y ha de ser econ�mico; era usted confiado, y ha de ser
receloso; era usted dormil�n, y ha de ser madrugador; era usted
perezoso, y ha de ser activo; era usted un vago, y ha de trabajar diez
horas diarias, papelear, hacer n�meros, sepultarse en las cuentas hasta
el cogote... No ha de fiar usted � nadie sus asuntos, y no ha de perder
ni un d�a en caprichos. El venir aqu� es capricho tambi�n. Pase hoy,
porque hablamos de cosas serias; mas si le ocurre jugar al picadero con
Miguelito, yo no he de prestarme � ello. �Usted ya no es due�o de un
minuto!

--Pero, Antonia,--objet� Gast�n con humorismo,--lo que me aconseja
usted estar�a en car�cter si yo tuviese a�n millones que administrar.
Los que me despojaron me quitaron esas ansias. � fe que bien libre me
encuentro.

--Ese es el error,--exclam� Antonia--No hay semejante ruina. Lo que
han hecho es embrollarle de mala manera sus asuntos; desean com�rsele
hasta los huesos; pero apostar�a lo que no tengo � que si usted se
lo propone, los desembrolla. Usted mismo reconoce que no ha podido
gastar, de ning�n modo, lo que le da por invertido el peje de U�as�n.
Si se cruza usted de brazos, claro es que acabar�n por llev�rselo todo.
�Quiere oir lo que yo har�a en su caso?

--Como que he de acatar � ciegas lo que usted disponga,--declar�
Gast�n, que se sent�a revivir.

--Pues halague usted � Lourido; d�le � entender que conseguir� cuanto
desee; y �nicamente p�dale luz para desenredar lo de Madrid. S�rvase
de un brib�n contra otro brib�n. Esto es l�cito, y como no se trata de
hacer ninguna picard�a... Lourido es hombre que oye crecer la hierba;
posee gran aptitud para los negocios; en otro campo que la Puebla,
tendr�amos en �l � uno de esos reyes de la banca, que sudan oro.
Utilice usted � Lourido para meter al de Madrid en cintura. Estudie
con Lourido el problema, y cuando se empape bien en las doctrinas de
ese maestro, (para el caso presente es que ni de encargo), haga usted
la maleta y v�yase � Madrid � empezar � devanar el ovillo. Despu�s de
poner orden all�, puede dedicarse � lo de aqu�. � Landrey, hoy por hoy,
debe usted mirarlo como cosa secundaria.

--� todo esto, Antonia,--interrog� Gast�n que hab�a bebido �vidamente
las palabras de la viuda,--no me dice usted nada de... lo principal.

--�� qu� llama usted lo principal?

--Al tesoro.

--�Lo principal el tesoro? �Ay Dios m�o! Me temo que desde hace media
hora estoy predicando en desierto.

--�Cree usted que el tesoro es una patra�a? D�galo en seguida... y no
pensar� en �l m�s.

--Mi opini�n,--respondi� Antonia pausadamente,--es que el tesoro
existe.

--�Ah!--grit� Gast�n, viendo ya relucir el oro y fulgurar las pedrer�as.

--�Que existe... y que no debe usted buscarlo!

--�C�mo es eso?--interrog� Gast�n sorprendid�simo, aunque iba
acostumbr�ndose � la originalidad de su consejera y amiga.

--Ver�... Primero le dir� por qu� supongo que existe el tesoro. No cabe
ni dudar que exist�a cuando su bisabuelo de usted escribi� el documento
y traz� el plano encerrado en la caja de plata. Un padre no enga�a �
su hija querida desde el lecho de muerte. El relato de do�a Catalina
tampoco es quimera de su imaginaci�n debilitada por la edad: lo que
le cont� � usted est� de acuerdo con lo que sabe Telma y consta por
tradici�n,--la quema de papeles, el desafecto de don Mart�n � su hijo,
su preferencia por la hija que le acompa�aba.--Desde que eso sucedi�
han pasado sesenta a�os, y ha estado el castillo en poder de mayordomos
y caseros. Ninguno de ellos se ha hecho millonario ni ha derrochado
caudales: luego ninguno ha descubierto el tesoro...

--�Y Lourido?--interrumpi� Gast�n.

--Ya llegamos � Lourido... Verdad que pasa aqu� por rico, y lo es hasta
cierto punto, porque chup� como una sanguijuela los bienes de la casa
y prest� � r�ditos, y compr� � desprecio explotando � los infelices;
pero as� y todo, la riqueza de Lourido es riqueza de aldea, la hemos
visto crecer y sabemos de d�nde procede: si hubiese encontrado el
tesoro prosperar�a de golpe, y se marchar�a de aqu�, porque su mujer y
su hija Flora rabian por volar � otras esferas... �Tampoco Lourido ha
encontrado el tesoro, aunque bien lo busc�!...

                             [Ilustraci�n]

--�Que lo ha buscado?--pregunt� Gast�n estremeci�ndose al ver
confirmadas sus sospechas.

--Ya lo creo... Yo trato poco � lo que aqu� se llama _se�or�o_, pero
hablo much�simo con los aldeanos... y ellos, � su manera, todo lo
husmean y todo lo saben. En esta comarca, el secreto del tesoro es un
secreto � voces. Lourido ha practicado varias excavaciones ocultamente,
y las gentes piensan que lo que busca son las joyas que la Reina mora
llev� al sepulcro. Me he re�do de esas joyas y de la credulidad de los
labriegos mil veces, porque no sab�a lo que usted acaba de confiarme.
Hoy comprendo que Lourido ten�a olfato. Que por ahora nada consigui�
encontrar, me lo prueba adem�s otra raz�n: el empe�o que demuestra en
hacerse con el castillo de Landrey. Due�o del castillo, lo arrasar� y
no parar� hasta acertar con el tesoro, que le trae loco de codicia.

--Bien, Antonia; todo eso est� divinamente deducido, lo que no parece
es la raz�n de que yo no realice, en uso de mi derecho, lo que no
consigui� Lourido,--exclam� Gast�n respirando.

--La raz�n... �Ay! �y qu� empedernido est� usted; qu� dif�cil va � ser
que usted se enmiende!--declar� la viuda con pena y hasta con cierto
tedio, que mortific� � su amigo.--La raz�n es que el tesoro supone
para usted lo desconocido y lo fant�stico, el golpe de varilla de las
comedias de magia, la suerte que nos coge dormiditos y nos echa encima
los bienes como podr�a echarnos un cubo de agua... �Valiente gracia
har�a usted si descubriendo el tesoro repusiese su caudal! �Valiente
hombrada! Despu�s de todo, el caudal es lo que menos importa. Su alma
de usted, su conducta, su regeneraci�n por el trabajo y por una vida
que no redunde en da�o y en perversi�n de usted mismo y tambi�n de los
dem�s, es aqu� lo que interesa, al menos � mi parecer... y hab�amos
quedado en que yo era el juez de este litigio... �� se vuelve usted
atr�s?

--No,--respondi� Gast�n en�rgicamente, con involuntario esfuerzo.--�
usted me encomiendo, y se me figura que he comprendido bien sus
indicaciones y que las voy � seguir de tal manera... que usted misma se
admirar�.

--�Qui�ralo Dios! Pues, siendo as�, el tesoro,--lo repito,--significa
para usted algo insano, una especie de loter�a con que cuenta para
remediar males que caus� su imprevisi�n y su vida loca. Si aspira �
que yo le estime... dejar� en paz el tesoro. Esas cosas que se deben
al azar, se agradecen cuando el azar quiere envi�rnoslas, pero no se
buscan; buscarlas ser�a seguir las huellas de Lourido... y usted no ha
de proponerse tal modelo.

Gast�n call�. Sent�ase subyugado por aquella mujer animosa, en quien
ten�a que reconocer la superioridad del criterio y la firmeza de la
voluntad. Este sentimiento iba acompa�ado, preciso es reconocerlo, de
cierta humillaci�n. No pod�a dudar que Antonia manifestaba ideas dignas
de un hombre, y que todo aquello deber�a �l haberlo discurrido antes,
en vez de dormirse al arrullo del goce y en el seno de la pereza y la
indolencia.

--�Qu� lecci�n me est� dando!--pensaba.--�Parece que veo en un espejo
la cara del ser m�s in�til de la tierra! �Pero yo le demostrar�
� Antonia que tambi�n, cuando llega el caso, s� dominar las
circunstancias! Y � fe que he de averiguar si la que me administra
estos sabios consejos tiene en ese cuerpo tan sano y tan hermoso algo
que se parezca � un coraz�n... Porque hasta hoy, al menos para m�, se
me figura que no existe en Antonia tal v�scera.

Mientras la ingratitud y la fatuidad dictaban al mal convertido Gast�n
semejantes reflexiones, Antonia, como si quisiese confirmar la opini�n
de su amigo acerca de su despego � insensibilidad, a�adi�:

--Ya he dicho � usted cuanto se me alcanza acerca de su situaci�n
actual. Si usted es capaz de penetrarse bien de todo ello, no necesita
que insista; y si no... cuanto yo porfiase ser�a machacar en hierro
fr�o. Creo que usted no gustar� de machaquer�as. Adem�s, � un hombre
de la edad de usted... no se le lleva de la mano. Si quiere hacerme �
su vez un favor, evitar que mi nombre ande en lenguas, dejar� de venir
definitivamente. La malicia grosera de las aldeas no s� si es m�s
terrible que la malicia sutil � ingeniosa de los pueblos grandes. Si
usted es sincero conmigo, me confesar� que tiene motivos para darme en
esto la raz�n.

--Es cierto, Antonia,--contest� noblemente el se�orito de Landrey.--A�n
hoy � la salida de misa, unas bocas pecadoras... Pero, en �ltimo
t�rmino,--a�adi� dej�ndose llevar del atractivo poderoso que sobre
�l ejerc�a Antonia,--�qu� nos importa? �Qui�n tiene derecho �
fiscalizarnos? �No somos libres?

--Nadie es libre...--tartamude� Antonia, cuya voz temblaba,--y usted
menos que nadie. �Tiene usted que levantar su casa y su apellido! � esa
tarea, dedique usted todo el tiempo, toda la energ�a de que sea capaz.
Venir aqu� es una distracci�n como otra cualquiera. No conviene que
usted se distraiga... Y por �ltimo, yo deseo que no venga... y usted
debe respetar mi deseo.

--Lo respetar�, Antonia; se lo prometo, ya lo ver�,--contest� �l con un
tono que parec�a fr�o, y no era sino el velo de un despecho profundo y
doloroso.

La tarde �ltima que Gast�n pasaba en el jard�n de la quinta se acab�
tristemente. Antonia se esforzaba por reanimar la conversaci�n, pero
el se�orito de Landrey se hab�a encerrado en un mutismo displicente.
Cuando se retir�, apenas estrech� la mano de su consejera; � Miguelito,
en cambio, le apret� contra el coraz�n y le bes� arrebatadamente en los
ojos.




                                  XII

                         T�ctica y estrategia


Gast�n cumpli� su promesa de ir � comer al d�a siguiente con la familia
de Lourido; acogi�ronle al pronto con cierta hostilidad, pero la escena
cambi�, aun no bien el se�orito de Landrey, sentado � la izquierda
de Florita, arm� con la muchacha una escaramuza de coqueteos, tan
marcados, que extra�aron � Concha y regocijaron al Alcalde y � la
Alcaldesa. Saltaba � los ojos: �el se�orito cortejaba � la ni�a! �Y qu�
bien se insinuaba, y c�mo sab�a asestar los tiros, y de qu� expresivo
modo manifestaba la impresi�n producida por la belleza de Flora! �sta,
de puro engre�da, no tocaba � los platos: y Concha, con su buen humor
invencible, la solt� esta pulla en seco:

--�Qu� santo es hoy, Flora? Como veo que ayunas al traspaso...

No por eso recobr� el apetito la interpelada; tal era su embeleso al
recibir las ojeadas incendiarias y las atenciones constantes de Gast�n,
que al servirla, al bromear con ella, adoptaba l�nguidas actitudes
de gal�n deseoso de disimular su inclinaci�n y que no lo consigue.
Sofocada bajo la espesa capa de polvos de arroz, Flora comparaba al
juez municipal con aquel apuesto y arrogante caballero, cuyos modales
respiraban distinci�n y desenfado gracioso, cuya ropa trascend�a �
no s� qu� perfume tenue y fino, y que era adem�s _el se�orito_, el
due�o de Landrey, el personaje m�s eminente que hab�a encontrado en
su camino, un ser distinto de los otros... Tambi�n al Alcalde le
chispeaban los ratoniles ojillos. �No era _aquello, aquello_ mismo, lo
que �l se hab�a atrevido � so�ar, un d�a en que recontaba su ya orondo
peculio... pero como se sue�a el golpe m�s inesperado de la suerte,
que puede venir y sin embargo, jurar�amos que no vendr�? �Florita
se�ora de Landrey! �Qu� diablo! �Para eso ha exprimido el padre el
lim�n del pr�stamo; para eso ha bebido el sudor de los braceros y las
l�grimas de los hu�rfanos y las viudas; para eso sabe hacer que, en
el plazo de un a�o, una onza se doble y arroje � la partida del haber
treinta y dos duros!

Al terminarse la comida, Flora di� se�ales de querer arrastrar �
Gast�n � la senda de perdici�n del piano; pero el se�orito de Landrey,
como quien realiza un esfuerzo, rog� � Lourido que le concediese una
entrevista, para hablar de negocios. Encerr�ronse en el despacho, y
Gast�n, con abandono lleno de confianza, enter� � don Cipriano de lo
que le suced�a.

--Al encontrarme, don Cipriano, con que le debo � usted cinco mil
duros... � tal vez m�s... quisiera pag�rselos inmediatamente, bien lo
sabe Dios, pero si no saco � subasta las tierras y el castillo, lo cual
dice usted que ser�a un desacierto...

--�Un _sin pies_!--exclam� el usurero, que cre�a decir _un ciempi�s_.

--Bueno, si yo lo creo tambi�n...--declar� Gast�n con ingenuidad.--Pero
repito que, � no cometer ese _sin pies_... no s� c�mo arreglarme.
Resulta que, en Madrid, mis asuntos est�n peor que aqu� todav�a. Se
me figura que no ha tenido acierto mi apoderado, el se�or de U�as�n,
sujeto por otra parte honrad�simo... y que me ha metido en un l�o muy
gordo. Y como usted es tan inteligente, vengo � consultarle... �Quiere
usted enterarse de este legajo?

Conten�a el legajo los estados de cuenta y los comprobantes remitidos
por U�as�n para su revisi�n y aprobaci�n, y que el se�orito de Landrey
hab�a recibido en uno de los �ltimos correos, acompa�ados de una carta
muy melosa, en que el buitre solicitaba que se le devolviesen cuanto
antes legalizados y en forma, �al objeto de aplacar � los acreedores,
que est�n venenosos.� Lourido, con rapidez febril, tom� aquel mazo de
papeles, y empez� � examinarlo hoja por hoja, apasionadamente.

--Si quisiera usted enterarse despacio...--dijo con indiferencia
Gast�n,--la verdad... como me aburre todo esto de los negocios...
preferir�a que usted se batiese ah� con esos mamotretos... y yo me
volver�a � la sala... �He dejado � sus hijas con la palabra en la
boca!... Antes de subir � Landrey, volver� � ver qu� ha sacado usted en
limpio...

                             [Ilustraci�n]

Y con el aire del que consigue sacudirse una mosca, corri� � la sala,
mientras Lourido se restregaba las manos de gozo...

Cuando Gast�n, al anochecer, se present� otra vez en el despacho,
Lourido le acogi� con una explosi�n de indignaci�n exagerada y de
satisfacci�n ir�nica; y riendo y gru�endo � la vez, exclam�:

--�No es mal punto filipino el apoderado general! �Honrad�simo... s�,
buena honradez nos d� Dios! �Yo ya me lo hab�a tragado, por cosas
que me pasaron con �l; pero no cre� que gastase tanta _envilantez_!
�Ama�ados le ha puesto los asuntos, se�orito... ama�ados! Ni una madeja
dada al gato...

--�De modo que... estoy arruinado sin remedio?--pregunt� Gast�n.

--�Qui�! �Me chupo yo el dedo? Si me deja estudiar este protocolo
unas horitas m�s... le dir� c�mo ha de hacer para empezar � salir del
pantano. Las cosas es menester darlas cinco vueltas. Al principio todo
parece el mundo universal, y despu�s resulta una _cunca_ de mijo menudo.

--Ver� usted,--dijo Gast�n con el mismo abandono.--� m� ya se me
hab�a ocurrido que aqu� pod�a haber m�cula... s�lo que no sab�a
c�mo defenderme. Y, la verdad: _hoy_ sentir�a quedar pobre; estoy
cansad�simo de la vida de soltero, y deseo establecerme aqu�, en este
pa�s tan precioso, en esa casa vieja de Landrey, que usted sostuvo y
yo quisiera arreglar... Una mujer sencilla, una joven linda y honesta,
ajena � los enga�os y � las locuras de la corte...--a�adi� como absorto
y habl�ndose � s� mismo.--�Pero casarse sin tener pan!... No. Lo que
har�, si no puedo salvar nada de mi hacienda, ser� irme � cualquier
parte con un destino que me den mis amigos de Madrid...

--�Jes�s, se�orito! D�jeme � m�, gu�ese por m�, que le aseguro que
hemos de salir avante... Esta noche me peleo con los papeles, y ma�ana
venga aqu�, que le dir�...

--Pensaba venir de todos modos, porque sus hijas de usted quieren que
demos un paseo y que nos embarquemos � pescar _panchos_...--respondi�
Gast�n con alegr�a descuidada, propia de un muchacho de diez y seis
a�os � lo sumo.

Al retirarse Gast�n, conferenci� la familia Lourido,--excepto Concha, �
quien despidieron � su cuarto por sospechosa y recalcitrante.--Result�
de la conferencia, que la Alcaldesa, y sobre todo, como era natural,
Florita, hab�an notado en el due�o de Landrey se�ales del m�s fino
enamoramiento; lo cual, junto � las palabras que se le hab�an escapado
en el despacho de Lourido, calent� las cabezas, y di� tela para
fantasmagor�as del porvenir. Sin embargo, ni Flora ni su madre pod�an
ver en aquellas risue�as perspectivas lo que ve�a don Cipriano; el
tesoro enterrado en las fundaciones de Landrey, y cuya b�squeda y
descubrimiento ser�an l�citos ya y podr�an realizarse sin temor,
cuando se hiciesen � nombre del amo, pero el amo casado con la hija
del mayordomo... As� aquella misteriosa riqueza soterrada y oculta en
las entra�as de piedra de Landrey actuaba sobre la mente de cuantos
sospechaban su existencia, y guiaba sus determinaciones, seg�n la
calidad respectiva de las almas, impulsando � Antonia � aconsejar el
desprendimiento, y � Lourido � abrazar la causa de Gast�n y luchar
desde lejos, oponiendo su penetraci�n y socarroner�a galaica � las
artima�as de U�as�n...

                             [Ilustraci�n]

Transcurrieron varios d�as, durante los cuales Lourido papele� mucho y
celebr� varias conferencias con Gast�n, inform�ndose de pormenores que
importaban � los asuntos pendientes. En esta primer campa�a demostr�
Lourido una perspicacia, un instinto para los negocios, que asombraron
al se�orito; en otro _medio_, aquel usurero de aldea se hombrear�a
con los negociantes que subyugan una plaza comercial y hacen brotar
millones donde sientan la planta; adem�s, hab�a en �l la aptitud
innata de una raza cautelosa, de una tierra en que todos saben derecho
y son capaces de retorcer el argumento al abogado m�s sutil.--Mientras
el mayordomo iba poniendo en claro los intrincados negocios de Gast�n,
�ste, afectando un desd�n ol�mpico hacia la cuesti�n de inter�s,
aprovechaba las ocasiones de escaparse � charlar con las muchachas,
es decir, con Florita, de quien era ya declarado gal�n; y cada d�a
inventaban paseos y correr�as por los montes y la playa, partidas de
pesca � meriendas en alg�n soto, que hac�an retorcerse de celos al
juez municipal, antes preferido y hoy desde�ado adorador de la linda
rubia. En la Puebla no se hablaba de otra cosa m�s que de los amor�os
del se�orito de Landrey con la hija de su mayordomo, crey�ndose muy
pr�xima una boda que � nadie sorprend�a, dada la fabulosa riqueza que
las exageraciones lugare�as atribu�an � Lourido. S�lo Telma, con esa
libertad de expresi�n que adquieren los criados antiguos, echaba de
vez en cuando � su amo indirectas transparentes y muy agrias.--�Qu�
hubiese dicho la se�ora Comendadora si ve � su sobrino arrimarse �
aquella casta cochina de Lourido, que hab�a entrado en el castillo con
andrajos, en pernetas, y ahora estaba gordo � fuerza de chupar el jugo
� sus amos!

� estas salidas de la vieja criada contestaba Gast�n con risas y
bromas, y alguna vez con abrazos expansivos y fuertes, pues hab�a
llegado, en aquella soledad, � cobrar intenso cari�o � Telma, dando
todo su valor � la abnegaci�n incondicional de un ser cuya vida hab�a
absorbido por completo la casa de Landrey, sin que pidiese � esta
casa m�s de lo que pide la hiedra al muro: adherirse.--Entre las
muchas ideas nuevas que iban abri�ndose paso en el cerebro de Gast�n,
figuraba la del derecho de toda criatura humana; y Telma, que antes
era para �l algo como un _objeto_ que se hab�a acostumbrado � ver,
convert�ase en _persona_. Siempre la hab�a tratado con dulzura, y ahora
la respetaba... interiormente, con un respeto piadoso; y el d�a en que
lleg� � esta altura cristiana y moral--respetar � su criada--Gast�n
sinti� una alegr�a secreta, y subi�ndose � la torre de la Reina mora,
asest� el anteojo al jard�n de Antonia, y vi� en �l � Miguelito
jugando con Otelo.--La viuda no apareci�; estar�a retirada, de seguro
trabajando.

Lourido entretanto llegaba � dominar la cuesti�n encomendada � su
tacto y � sus luces. Como el explorador que penetra en una selva y
va cortando con el hacha lo que se opone � su paso, abr�ase camino �
trav�s de los obst�culos hacinados por U�as�n. Aislando cuestiones,
pod�a afirmar ya que con los datos existentes, y mucha energ�a,
U�as�n no tendr�a m�s remedio que vomitar lo que hab�a querido
zamparse; la casa de Landrey, descalabrada, pero viva. Era preciso
sacrificar m�s de una tercera parte, y las otras dos saldr�an � flote,
gravadas con algunos cr�ditos � hipotecas que no ser�a dif�cil ir
descargando...--�El se�orito encontrar�a qui�n le prestase dinero
en mejores condiciones!--exclamaba fervorosamente Lourido, dando �
entender, en frases que quer�an ser reticentes y veladas, pero m�s
claras que tela de cedazo, lo que pod�a esperar Gast�n elevado � la
categor�a de yerno suyo, y cuando el liberar la hacienda de Landrey
fuere salvar el patrimonio de los descendientes de don Cipriano...

                             [Ilustraci�n]

Gast�n lo aprobaba todo, aunque enter�ndose menudamente: nunca
disc�pulo pregunt� m�s, ni escuch� con mayor atenci�n � un maestro.
Como si sufriese el ascendiente de la inteligencia y el contagio de la
actividad del Alcalde, poco � poco hab�a ido tomando la costumbre de
trabajar con �l primero una hora, luego hasta tres, sin prescindir por
eso de las expediciones y los correteos � pie y en pollino, acompa�ando
� Florita. En las horas de despacho ahondaba en lo que le importaba
mucho, pertrech�ndose � fin de realizar el indispensable y urgente
viaje � Madrid, en que deb�a consultarse con un abogado de fama y
pelear con U�as�n cuerpo � cuerpo. Don Cipriano le amaestraba, le pon�a
los puntos sobre las ies, le hac�a fijarse especialmente en las mil
vueltas que jur�dicamente cabe dar � una misma cuesti�n. Las cataratas
se le ca�an al se�orito de Landrey. No s�lo iba viendo la explotaci�n
de que era v�ctima, sino el tejido fuerte y ma�oso de la red en que
le envolv�an, y el modo de romper las mallas y sacar fuera la cabeza
para respirar y las manos para concluir de rasgar la odiosa prisi�n. Y
constitu�a la nota c�mica la indignaci�n de Lourido al demostrar las
arterias y habilidades de U�as�n. Sus exclamaciones podr�an traducirse
de esta manera:

--�L�stima no hab�rseme ocurrido esa treta � m�! �Buen golpe para que
lo diese el presente maragato!

Cuando Gast�n se crey� impuesto en todo lo necesario, dej� � Telma
guardando el castillo y sali� hacia Madrid, donde esperaba no perder
tiempo. Florita, desde su marcha, guard� un retraimiento absoluto;
economiz� m�s de una fanega de harina, por lo que dej� de empolvarse;
otorg� treguas � su hermoso pelo rubio, no martiriz�ndolo con las
tenacillas; afloj� tres dedos el cors�; se di� tono anticipado de
viudita noble, y hasta se prest� � acompa�ar � la iglesia, muy de velo
� la cara, � su hermana Concha, organizadora de una espl�ndida novena,
con gozos, � la Patrona de la Puebla. All� tuvo el gusto de mirar con
fisga � Antonia Rojas, que concurr�a � la novena todas las tardes y que
aparec�a algo descolorida y menos animada que de costumbre.

                             [Ilustraci�n]




                                 XIII

                             El aro de oro


Poco m�s de un mes estuvo en Madrid Gast�n, y la tarde en que regres�,
al ver � Telma que hab�a salido � esperarle, la abraz� con tanto
cari�o, que la vieja sirviente se deshizo en llanto. El se�orito ven�a
muy diferente: �qu� formal, qu� aplomado, qu� hombre!

Al otro d�a de la llegada, Gast�n empez� � dar �rdenes para arreglar
las habitaciones del castillo y reparar lo que era m�s urgente que se
reparase. Los muebles de comodidad, las ropas, el ajuar todo, llegar�an
en breve por el ferrocarril: Gast�n levantaba su apeadero de Madrid
y se tra�a el mobiliario: adem�s hab�a adquirido muchas cosas, no de
lujo, pero necesarias. Alba�iles y carpinteros empezaron � arreglar
los techos y pisos del Pazo y de la capilla, cerrada desde tiempo
inmemorial, en cuyo magn�fico retablo barroco anidaban las palomas y
las golondrinas, y en cuyo p�lpito se guarec�a una tribu de ratones.

Corri� una semana, y como Gast�n no hubiese bajado � la Puebla, ni
dado se�ales de existir para la familia de don Cipriano, Florita, que
se engalanaba todos los d�as in�tilmente, tuvo un ataque de nervios
y un soponcio, y el Alcalde, caballero en su yegua, subi� lleno de
inquietud la calzada pedregosa. Recibi�le Gast�n con afabilidad,
celebr� que se le hubiese ocurrido venir, y le obsequi� con vino y
bizcochos; despu�s se encerraron los dos en el aposento que el se�orito
de Landrey empezaba � utilizar para despacho, instalando en �l estantes
con libros y papeles y una mesa ministro. La encerrona dur� m�s de dos
horas, y al cabo de ellas sali� Lourido en un estado digno de l�stima:
desemblantado, mortecino de ojos, gacho de orejas, hasta tembl�n de
manos; y Telma, que corri� � ordenar que le trajesen la yegua � la
puerta del Pazo y le tuviesen el estribo, not� que dos � tres veces
volv�a la cabeza el Alcalde y miraba atr�s crispando los pu�os, como el
que quiere comerse con la vista y el deseo � algo � � alguien...

                             [Ilustraci�n]

Dos d�as despu�s--era domingo--Miguelito, que se entreten�a en botar
al agua una lucida escuadrilla de barcos de papel en el pil�n de la
fuente, sinti� que unas manos se le apoyaban sobre los ojos, y una voz
le dec�a:

--�Qui�n soy?

--�Gast�n, Gast�n!--chill� el ni�o desprendi�ndose y volando hacia la
casa.--�Mam�! �Est� aqu� Gast�n!

Antonia Rojas tard� poco en aparecer: Gast�n la salud� con efusiva
alegr�a, y la mir� � la cara fija, larga y tiernamente, encontr�ndola
desmejorada y delgada, como persona que ha sufrido.

--�Ha estado usted enferma?--pregunt� afanosamente el se�orito de
Landrey, dirigi�ndose al sitio donde acostumbraban charlar, � los
asientos cerca de la fuente.

--Enferma, no...--respondi� d�bilmente Antonia, que sin embargo hablaba
con voz quebrantada y ten�a apagada la claridad de sus hermosos ojos y
el antes vivo carm�n de su encendida boca.--Es un poco de debilidad,
� yo qu� s�... En resumen, nada. Vamos � ver, h�bleme usted de sus
asuntos... Vuelve usted de Madrid... Supongo que ha arreglado algo...
No habr� perdido el tiempo...

--�Antonia, Antonia!--respondi� Gast�n que parec�a enajenado.--S�, lo
he perdido... He perdido todo el tiempo que transcurri� entre este
d�a y aquel en que usted me desterr� de su casa... He perdido todo el
tiempo que no pas� cerca de usted..., pero he de enmendarme �vive el
cielo! y ahora ser� preciso que usted me permita estar � su lado...
por... por largos a�os... �Quiere usted?

La palidez de Antonia se convirti� en un rubor viv�simo; cay� sobre sus
ojos garzos la cortina sedosa de sus p�rpados, y s�lo la agitaci�n de
su seno respondi� � la apasionada pregunta del se�orito de Landrey.

Rehaci�ndose al fin, pudo articular no sin mucha confusi�n y verg�enza:

--No entiendo... �De qu� se trata? �No creo que pague mi amistad con
una ofensa ni con una chanza de mal gusto!

--�De qu� se trata? �De que si antes me alej� usted por evitar que
nuestra amistad escandalizase � estas buenas gentes, hay un medio de
que mi presencia aqu�, en vez de escandalizar, edifique! �De que todos
la comprendan, la aprueben y la envidien quiz�s!... Antonia, �cu�nto
tiempo hace que sabe usted lo que ahora est� oyendo!

La viuda, con poderoso esfuerzo, se serenaba completamente. Sin
necesidad de poner la mano sobre el coraz�n, hab�a aquietado sus
latidos mediante uno de esos actos de voluntad, cuyo secreto poseen
las naturalezas en�rgicas y resignadas � la vez. Su animosa y franca
sonrisa volvi� � jugar en la boca expansiva y grande y en los ojos
garzos que se fijaron tranquilamente en los de Gast�n, candentes de
entusiasmo y de br�o juvenil. Y revelando en su voz calma y dignidad,
contest� despacio:

--Hace tiempo que s� que usted... ha visto en m� algo m�s... � algo
menos que una amiga... y por eso le rogu� que no menudease las visitas,
y, �ltimamente... es decir, mucho antes del viaje... que las suprimiese
por completo. Aun cuando usted no demostrase... tanta complacencia
en venir, le hubiese rogado lo mismo, por mil razones de prudencia.
Pero... despu�s de que usted, � ruegos m�os, se alej� de aqu�... �han
sucedido muchas cosas!

--�� usted, Antonia?--interrog� Gast�n con ansiedad.

--� m�, no. Yo he seguido mi vida de siempre. � usted...

--Es cierto,--declar� �l tranquilizado.--Mi suerte ha cambiado por
completo de faz, y � usted lo debo, �Antonia del alma! Me cre�a pobre,
arruinado, hasta cargado con deudas mayores que mi haber... y gracias
� sus discretos consejos, � sus sabias lecciones, me encuentro due�o
de gran parte de ese caudal que juzgaba perdido, y lo que es mejor,
libre de trampas y ahogos, sin depender de nadie para nada. Esto s�lo
ya ser�a deber � usted un beneficio inmenso... �Pues falta lo mejor,
el mayor bien que usted me ha dispensado! Yo era un hombre in�til,
un ocioso vividor, que si no ten�a los instintos del vicio, hab�a
adquirido los h�bitos de disipaci�n que conducen � �l insensiblemente.
Usted me ha despertado, me ha iluminado y me ha hecho reflexionar sobre
mi propio destino. Me he visto y me he avergonzado de verme. Me he
comparado con usted y me he sonrojado de quererla valiendo tan poco. Me
he propuesto merecerla � usted cambiando de vida y de costumbres. Hoy
podr�a volver � mis antiguas ma�as; con lo que he salvado del naufragio
tengo para reingresar en las filas de la vagancia elegante. En vez de
hacerlo, me vengo � Landrey � restaurar la vieja casa de mi familia,
no por vanidad, sino para conseguir, ayudado de usted, practicar el
consejo de mi madre, y ser solamente depositario de mi riqueza...

                             [Ilustraci�n]

Escuchaba Antonia con la mirada brillante, los labios entreabiertos
como para beber el man� de aquellas deliciosas palabras: su expresi�n
era de felicidad profunda, incontrastable. Sin embargo, un pensamiento
que cruz� por sus ojos los oscureci� repentinamente. Afirmando con
trabajo la voz que la emoci�n enronquec�a, pregunt�:

--�C�mo ha salvado usted su hacienda? Deseo saberlo. �De qu� medios se
ha valido usted para poner � Lourido suave como un guante?

Algo confuso, Gast�n se prepar� � entonar el _mea culpa_.

--Antonia, voy � ser con usted enteramente leal... porque ya la
considero � usted como � mi propia conciencia... Cuando la ped� su
parecer y usted me traz� con tanto acierto mi l�nea de conducta, al
pronto me sent� un poco chafado... s�, chafado, es la verdad... viendo
que una mujer me daba tal lecci�n... Puede ser que este mal sentimiento
no durase un minuto, si usted no me ordena, � rengl�n seguido, que
no aportase por aqu�... Esta orden, �cuyas razones comprendo! hiri�
mi amor propio: yo cre�a que usted deb�a sentir algo por m�, aunque
s�lo fuese una amistad tierna... y tanta entereza y tanta frialdad me
irritaron... En fin, sal� de aqu� contrariado y con ganas de hacer �
usted sufrir en su vanidad de mujer... para averiguar si me quer�a un
poco... �Ya ve si hay en m� fondo de tonter�a y de malos instintos!...
Me propuse que usted rabiase... y al mismo tiempo... �que me tuviese
por listo y por mozo de muchas cam�ndulas! �No se r�e usted? Pues lo
cuento para que se r�a, no para que se contriste...

--No me puedo reir,--murmur� Antonia.

--Bastante castigo me impone usted con eso... Abreviando: me met�
en casa de Lourido ma�ana y tarde, y mientras el padre empezaba �
desenredar las trapisondas de all�, y me impon�a de c�mo era f�cil
salir de la trampa en que hab�a ca�do, la hija... se figur�... se
persuadi� de que...

--�De que usted se casaba con ella!--prorrumpi� Antonia como � su pesar
y no acertando � reprimirse.--Y lo pens� todo el pa�s, y se di� por
hecha la boda...

--�Antonia,--afirm� Gast�n seriamente,--mi falta no es tan grande
como usted supone!... Ahora conozco que no proced� con entera
caballerosidad, y que no todos los medios son buenos para empleados;
indudablemente, si Lourido no se imaginase que yo pretend�a � su hija,
no se tomar�a el inter�s extraordinario que se tom� en arreglar mis
asuntos...

--Est� usted cierto de ello. Usted tuvo la triste habilidad de enga�ar
� ese brib�n y tambi�n � su hija, � una mujer... Ah� est� un consejo
que yo no le hab�a dado.

--�Es usted severa y cruel!... Antonia, puede usted creerme bajo
palabra de honor; no he dicho jam�s � Flora una palabra ni de amores,
ni de casamiento. Lisonjas, bromas, piropos, tonter�as, acompa�arla,
s�; otra cosa, no ciertamente. Esa familia, desde el punto y hora en
que me vi� y supo mi ruina, que para ellos era todav�a prosperidad,
so�� que me casase con Flora, y su obcecaci�n se explica; todo lo
convirtieron en substancia.--Reconociendo que estaba en deuda con don
Cipriano de las ense�anzas que me di� y de la labor fina que hizo para
romper la telara�a de U�as�n, le he firmado en un barbecho sus cuentas,
que en menor escala eran dignas de las del otro, �una gazapera! y en el
acto de firmarlas, como he enajenado fincas y tengo dinero disponible,
le he pagado duro sobre duro los seis mil que se lleva de _b�bilis_...
Adem�s, pienso enviar � Concha un relicario y � Flora un bonito
brazalete... �que no es el de esponsales, porque ese... ese, aqu� lo
tengo! y le pido � usted que sea buena y lo acepte en seguida �en
prueba de que me perdona!

Con un movimiento gracioso, Antonia rechaz� el delgado aro de oro en
que se engastaba una gruesa perla, y contest� tratando de disimular lo
vivo de sus sentimientos:

--Gast�n, no hay resoluci�n impremeditada que no se llore despu�s...
Deme usted tiempo de reflexionar, y de reflexionar � solas,
consult�ndome � m� misma... Alg�n castigo merece la travesura de usted
con Flora... Le impongo ocho d�as de extra�amiento. Vuelva usted el
domingo que viene...

                             [Ilustraci�n]

--�Qu� barbaridad!--grit� Gast�n.--�Ocho d�as! Antonia, no voy � tener
paciencia... �Por qu� me sujeta usted � tal cuarentena, si se ha
conmovido usted al verme entrar en el jard�n? �Se ha conmovido usted!
�Lo he visto! Y nada; como es usted una cabeza de hierro, no valdr� que
yo pida misericordia...

--No valdr�a,--respondi� Antonia dulcemente.--Es preciso que conozca
usted bien mis defectos, y se convenza de mi testarudez. As� no ir�
enga�ado.

--Pero me voy � aburrir mucho,--declar� Gast�n.

--La gente sensata y laboriosa no se aburre jam�s,--dijo sonriendo ella.

--Pues � lo menos,--implor� Gast�n viendo al ni�o que se acercaba dando
vueltas � una cuerda que hac�a restallar como un l�tigo,--h�game usted
un favor muy grande... Env�eme ma�ana � Miguelito � pasar conmigo el
d�a... Le prometo � usted que no le mimar� ni le levantar� de cascos...
Le dar� de comer cosas sanas... Cuidar� mucho de que no se rompa la
cabeza en los escombros... �me promete envi�rmele?

--Bien, ir� Miguelito... No me le vuelva loco...--exclam� festivamente
la madre.

                             [Ilustraci�n]




                                  XIV

                               Miguelito


Loco ya, pero de contento, lleg� el ni�o � Landrey � cosa de las
once, acompa�ado de Colasa, encargada tambi�n de recogerle antes del
anochecer, y � quien Gast�n hizo extensivo el convite, encomendando
� Telma que la obsequiase cumplidamente. � medio d�a se sirvi� el
almuerzo, y Miguelito, estimulado por la caminata y la novedad, lo
encontr� todo de �ngeles; fu� preciso que Gast�n le contuviese, para
que el fest�n no parase en c�lico. Despu�s de comer recorrieron las
habitaciones del Pazo y las ruinas del castillo, sin olvidar la
vetusta torre en que se conocieron, y donde Gast�n, en un arranque de
sensibilidad, bes� al ni�o subi�ndole en brazos; mas como las tardes de
verano son largas, y Gast�n deseaba que su convidado no se aburriese un
minuto, pregunt�le:

--�Qu� quieres hacer ahora? �Quieres pasear? �Quieres que volvamos �
casa, � ver las estampas del �lbum?

--Quer�a,--declar� misteriosamente Miguel,--buscar el nido de la
comadreja. S� d�nde est�, y mam� no me deja volver all�, porque las
piedras resbalan mucho.

--�Es junto al r�o?

--En el mismo r�o... T� no tienes miedo, �eh?

--No, mi vida... �Y t�, yendo conmigo, tampoco lo tendr�s?

--�Buena gana! Sin t� no lo tengo... �fig�rate los dos! Mira, llevemos
palos... las piedras resbalan,--repiti� Miguel, que en realidad sent�a
una especie de terror atractivo al pensar en el resbaladero.

Prepar�ronse � la expedici�n, y Gast�n guard� en el bolsillo pastas y
un vaso, para merendar y refrigerarse � orillas del r�o. Echaron �
andar con buen �nimo, pero ni uno ni otro sab�an el camino, y al primer
chicuelo aldeano que encontraron le comprometieron � que sirviese de
gu�a para llevarles al sitio, llamado, seg�n informes de Miguel, _o
Paso da cova_,--el Paso de la cueva.--El muchacho, que se dedicaba �
apacentar unas mansas vaquitas, se ofreci� � ponerles en direcci�n del
r�o, volvi�ndose despu�s, por no separarse del ganado. Orient�les en
efecto, y Gast�n comprendi� que ya no necesitaba m�s, pues la bajada
al r�o no ofrec�a dificultad seria, y una vez en la orilla, todo se
reduc�a � seguir derecho, hasta llegar al resbaladero famoso.

No era dif�cil la bajada al r�o, en el sentido de que se ve�a por donde
realizarla; mas lo empinado y agrio del monte hac�a el sendero casi
impracticable: equival�a � despe�arse cabeza abajo, y la seca rama
de los pinos, llamada en el pa�s _espinallo_, aumentaba el riesgo,
haciendo resbaladiza la estrecha vereda, buena s�lo para las cabras,
si all� las hubiese, que no las hay. Miguelito re�a � carcajadas,
agarr�ndose � Gast�n que le sosten�a cuidadosamente; y la risa se
convirti� en convulsi�n cuando el se�orito de Landrey, en uno de los
sitios m�s peliagudos, cay� de espaldas, sentado, y se levant� todo
cubierto de _espinallo_, sacudi�ndose y exagerando la queja, para que
el chico exagerase la alegr�a...

Cuando llegaron � la margen del r�o, no por eso fu� la empresa menos
ardua. Al contrario: por all� no hab�a camino practicable, ni estrecho
ni ancho, ni malo ni bueno, y era preciso saltar por cima de agudos
pedruscos, � abrirse paso dif�cilmente entre carrascas y aliagas
que picaban las piernas. En algunos sitios, lo tajado de la orilla
y la estrechez del lugar en donde con gran trabajo se pod�a sentar
la planta, ocasionaban verdadero peligro, y Gast�n, temeroso de una
desgracia, tomaba � Miguelito en brazos y le obligaba, � pesar de
su resistencia, � dejarse conducir fuera del atolladero. El chico
protestaba, jurando que por all� hab�a pasado �l con su madre, los dos
� pie, y �divinamente.� Llegaron � un sitio tan propio para romperse
las v�rtebras, que Gast�n sent�a impulsos de desandar lo andado y
enviar enhoramala la expedici�n y el _Paso da cova_, donde, despu�s de
todo, no habr�a m�s que unas lajas resbaladizas como si de jab�n las
untasen; pero el chico era tan resuelto defensor de que se terminase
la haza�a gloriosamente, y Gast�n se sent�a ya tan padrazo, que no
hubo remedio sino salvar, medio � gatas, el sitio empecatado, del cual
salieron con las manos ara�adas y sangrientas. Al verse fuera del
apuro, Gast�n, respirando, mir� alrededor, � hizo un movimiento de
sorpresa, notando algo como involuntario y oscuro estremecimiento de
todo su ser.

Hall�banse en un lugar donde, ensanch�ndose de pronto el �lveo del
r�o, disminuye en profundidad y es vadeable, caso raro en los r�os de
Galicia. El agua clara y tranquila descubre el lecho de arena, y ba�a
suavemente un trozo de prader�a natural, tendido � ambos lados del
escarpe del monte. � la otra margen, Gast�n ve�a el principio de un
sendero, no pendiente y agrio como el que hab�an seguido para bajar,
sino asaz c�modo y practicable, que se perd�a entre los pinares de la
monta�a. Pero lo que m�s impresionaba al se�orito de Landrey, era
notar que, � sus espaldas, sobre una ladera escarpad�sima, casi cortada
� pico, descollaba una torre que conoci�: era la de la _Reina mora_.
Estaban debajo del vetusto torre�n, tan � plomo con �l, que una piedra
lanzada de las ventanas hubiese podido caerles sobre la cabeza; y sin
embargo, por aquel lado la torre era absolutamente inaccesible: querer
subir por el tajo � pico ser�a como intentar asirse � una lisa pared de
acero. Los que sitiasen � Landrey no era posible ni que intentasen el
asalto del torre�n por donde cae al r�o.

�Por qu� se destac� en el esp�ritu de Gast�n esta idea con extremada
lucidez? �Por qu� la recibi� como se recibe � un hu�sped que
afanosamente esperamos? Al pronto ni lo supo �l mismo. Un aturdimiento
singular, especie de mareo del entendimiento, le dominaba; y como entre
sue�os, al trav�s del zumbido de la sangre agolp�ndose � sus sienes,
o�a la voz del ni�o.

--Aqu� es,--dec�a.--Qu� bonito, �eh? Pero no hay resbaladero, �sabes?
porque hoy el r�o va m�s crecido y cubre las lajas... que son atroces
de lisas... Dijo mam� cuando estuvimos aqu�, que esas lajas no las puso
Dios, sino que las coloc� la gente para cruzar � pie enjuto, y que
deben de tener mil a�os, por lo gastad�simas que est�n... �V�n, anda!
que te ense�ar� el _Paso da cova_ y el nidal de la comadreja...

                             [Ilustraci�n]

No eran ya las sienes; era el coraz�n, era todo el cuerpo de Gast�n
lo que se agitaba como saturado de azogue... La idea inicial hab�a
sido llamada por las otras, que acudieron con la rapidez propia de
su inmaterialidad; y agrup�ndose como un haz de rayos lum�nicos,
produjeron la claridad viva que en aquel instante deslumbraba y
enloquec�a al se�orito de Landrey... Las palabras del manuscrito de
don Mart�n rodaban por su cerebro � guisa de olas encrespadas: �Si
guiado por el Norte siguieres el camino de los antiguos en peligro de
muerte...� All�, all� estaba �el camino de los antiguos;� por all� los
defensores de Landrey pod�an no s�lo bajar � la corriente � surtirse
de agua, sino escapar, desvanecerse como el humo cuando les amenazasen
los sitiadores, cruzando el r�o por las lajas colocadas � mano, y
perdi�ndose en el sendero del otro lado de la monta�a cubierto de
robles y pinos... �La mina, la mina! �El tesoro!

--V�n, te ense�ar� donde he visto esconderse la comadreja,--repet�a el
ni�o, tirando de la mano � Gast�n, que embobado se dej� arrastrar.

Orient�se Miguelito con ese acierto topogr�fico que distingue � los
ni�os, cuya retentiva fresca no pierde un detalle, y empez� � desviar
los brezos y los renuevos de roble que revest�an la base del escarpe,
descubriendo un sitio en que s�lo su mirada avizor podr�a adivinar
la boca de una cueva,--orificio angosto, cegado por desplomes de
tierra y piedras, entre las cuales surg�a recia y lozana vegetaci�n,
disimulando perfectamente la entrada y haciendo hasta dudoso que tal
abertura fuese otra cosa sino madriguera de los tejones y las _martas_,
abundantes en aquel pa�s.--Pero Gast�n no dudaba; era la boca de la
mina militar del castillo de Landrey, y la emoci�n le empapaba las
sienes en sudor helado y le hac�a temblar las piernas...

                             [Ilustraci�n]

Call�: no era posible confiar tal secreto � Miguelito. Cuando, ya
anochecido, habiendo regresado los dos � Landrey, lo entreg� � Colasa
que se propon�a, vi�ndole muerto de sue�o y de cansancio, llevarle
� cuestas hasta Sadorio, Gast�n, al despedirse del chico, le di� un
abrazo largo, largo, vehemente, y entre dientes murmur�, al estrecharle:

--�Criatura, que Dios te bendiga!

Aquella noche no durmi� Gast�n; literalmente no concili� el sue�o
cinco minutos; y sin embargo, una especie de fiebre le caus� raras
alucinaciones. Cerrando los ojos se represent� � la Comendadora con
sus h�bitos y � don Mart�n, con su casaca y su calz�n corto, que
armados de antorchas le alumbraban por las vueltas y recovecos de
medroso subterr�neo... Al amanecer, ya estaba pidiendo � Telma un
ligero desayuno, provisi�n de fiambres y las herramientas de los
alba�iles, que �stos sol�an dejar en un cesto de esparto, por no
llevarlas y traerlas todos los d�as; adem�s se surti� de una azada,
una pala y de un �guada�o� para segar la maleza. Encarg� � Telma el
sigilo y que diese � los alba�iles dinero en pago de sus herramientas,
que supondr�an perdidas, y con paso �gil, baj� como la v�spera, sin
que esta vez las asperezas y escabrosidades del sendero le pareciesen
tantas; � por decir toda la verdad, sin que su enajenamiento le diese
lugar � reparar en ellas. Descend�a como desciende la piedra, por su
propio impulso y sin percibir los obst�culos que la podr�an detener. En
media hora recorri� el trayecto que el d�a anterior les hab�a costado �
Miguelito y � �l, adoptando mil precauciones, cerca de una.--Al verse
ante la boca de la cueva, det�vose y reflexion�.

�� d�nde pod�a conducir la mina? Sin duda � las fundaciones de la
torre, en que Gast�n, �guiado por el Norte,� esperaba encontrar el
tesoro. Mas Gast�n recordaba que debajo de la torre hab�a realizado un
registro in�til, hallando una especie de mazmorra subterr�nea, en que
ni las paredes sonaban � hueco, ni se ve�an rastros de comunicaci�n,
puerta, escalera, ni argolla alguna. �Ir�a la mina � perderse en el
seno de la monta�a? �Ser�a mina siquiera?

Con una especie de rabia, con fuerzas que centuplicaba la ardiente
curiosidad, Gast�n puso manos � la obra. Empez� por cortar y raer la
maleza, descubriendo el orificio de la cueva; y despu�s, con ayuda de
la pala, desobstruy�ndolo de la tierra que se hacinaba ante �l. De vez
en cuando miraba en derredor, por si le observaba alguien. El sitio
estaba completamente solitario.

Tem�a el se�orito de Landrey encontrar piedras que sus fuerzas no
alcanzasen � remover, y vi� con j�bilo que era tierra endurecida,
mezclada al grijo del lecho del r�o, lo �nico que dificultaba � un
hombre la entrada en la gruta. Esta convicci�n le anim�, y pronto
consigui� despejar la boca, y descubrir un conducto que, en vez
de bajar, sub�a en �ngulo. Encendiendo su linterna, y aferrando la
piqueta, Gast�n ascendi� por el conducto; sus rodillas tropezaban en
las desigualdades de la mina--ya no pod�a dudar que lo era--y una
alima�a pas� rozando con sus piernas, en fuga loca, sin que pudiese
distinguir si era el bicho alg�n tej�n � s�lo una gruesa rata. Not�
luego que se ensanchaba la mina y mostr�base cada vez m�s suave su
declive, y no avanz� sino examinando las paredes, que nada ofrec�an de
particular: parec�an de barro, y las impregnaba una humedad ligera. No
hab�a ni rastro de esa vegetaci�n fungosa que algunas cuevas poseen:
y � medida que Gast�n adelantaba, el ambiente se hac�a m�s seco. Como
quince minutos habr�a caminado Gast�n, cuando de pronto la cueva ces�:
una pared de arcilla la terminaba.

Si la tal pared se hubiese desplomado sobre �l, no sentir�a impresi�n
m�s fuerte y abrumadora. Qued�se de hielo, abierta la boca, dilatados
los ojos. Al fin, procurando rehacerse, pase� la linterna por la pared
de alto � bajo. Su coraz�n salt� impetuoso; el barro, resquebrajado �
trechos, cubr�a un muro de piedra.

                             [Ilustraci�n]

Dej� la linterna en el suelo y atac� el muro, con la piqueta, mostrando
un vigor digno de un demoledor profesional. Era el muro recio, pero no
como de siller�a, ni siquiera de cantos muy gruesos; � pocas embestidas
comenz� � desmoronarse, y metiendo por el hueco la linterna, Gast�n
vi� una especie de sala redonda, parecid�sima � la que conoc�a, y esto
le hizo temblar. �Si estar�a echando abajo una pared para encentrarse,
burlado y desesperado, al pie de la torre de la Reina mora, en el
sitio donde ya le constaba que no exist�a rastro de tesoro? Tal idea
le hizo desmayar, y se sent� sobre los escombros. Record� entonces
que ten�a en el bolsillo carne fiambre y un frasco de vino generoso;
repar� sus fuerzas con bocado y trago, y sin m�s, arremeti� otra
vez contra el muro. Cayeron los escombros; fu� la abertura capaz de
dejar poso al cuerpo de Gast�n, y se enjaret� por ella con esfuerzo,
saltando linterna en mano dentro de una mazmorra circular, toda
revestida de piedra, sin escalera ni acceso � ninguna parte... �No
era la ya conocida! �Era otra, situada, de fijo, bajo las fundaciones
de la torre! En el techo, enorme argolla emporlonada en una losa; en
el suelo, nada, la tierra; y en la pared �cielo santo! una especie de
hornacina tapiada con cal... El escondrijo.




                                  XV

                               El tesoro


Antes de atacar con la piqueta la hornacina, Gast�n ech� mano al frasco
y volvi� � beber un trago copioso. Cre�a tener brasas en la garganta
y en el pecho, y se sent�a desfallecer. La embriaguez del triunfo
presentido le abrumaba; no era la codicia, no era la sed de riquezas lo
que le causaba tal v�rtigo; era el misterio romancesco y la dram�tica
historia del tesoro, cuyo valor acaso no equivaldr�a � lo que la
imaginaci�n fantaseaba.

                             [Ilustraci�n]

La piqueta retumb� al fin embistiendo contra la pared. Sus sordos
golpes fueron arrancando el yeso ennegrecido, la dura mezcla que
trababa los pedruscos de la mamposter�a. � cada fragmento que se
derrumbaba, crec�a el anhelo de Gast�n. Abierto un boquete, apareci� un
hueco, y en �l algo confuso... bultos informes; la luz, introducida,
descubri� que eran, no cofrecillos de s�ndalo con herrajes de pulido
acero, ni arquillas de cedro incrustadas de n�car, seg�n correspond�a
� las joyas de la Reina mora, sino buenamente panzudas ollas de barro
vidriado, de las que en el pa�s se venden � dos reales... Si hab�a
all� riquezas, no las soterr� ninguna beldad musulmana, que las hubiese
recibido en d�diva � prenda de amor de alg�n emir granad�; don Mart�n
de Landrey, el de aciaga memoria, al escoger tal sitio para ocultar
su dinero y evitar que pasase � manos odiadas, hab�a cedido sin duda
� la sugesti�n de la leyenda, y tal vez al curiosear los subterr�neos
buscando las perlas de Golconda y el oro del Darro de la sultana,
concibi� la idea de resguardar all� por poco tiempo el caudal destinado
� la hija amada y predilecta,--� la piadosa Ant�gona que consolaba su
ceguera moral.

Con golpes convulsivos Gast�n ensanch� el boquete; cay� de s�bito un
gran trozo, y parecieron descubiertas las enormes ollas. Eran hasta
seis, y pesaban m�s que plomo. Llenas hasta el borde, cuatro de ellas
estaban hidr�picas de onzas, de esas hermosas peluconas de Carlos III
y Carlos IV, que ya se tienen por rareza en los tiempos actuales.
Dos conten�an art�sticas joyas de diamantes y brillantes montadas en
plata,--collares, tembleques, piochas, broches, arracadas, hebillas,
diademas, peinetas, ramos, y hasta un p�jaro de esa mezclada pedrer�a
llamada ensaladilla por los joyeros, en que se combinan los rub�es
p�lidos, los topacios, las esmeraldas claras y la lluvia de las _bellas
rosas_, � diamantitos menudos como chispas de luz. La envoltura de
barro grosero de una de las ollas encerraba,--como el cuerpo humano,
deleznable, el alma inmortal,--una colecci�n de ricos sartales de
perlas, y dos abanicos del fin�simo gusto Mar�a Antonieta, de varillaje
de oro incrustado de camafeos.

Al pronto, le di� vueltas la cabeza � Gast�n; tem�a que las ollas se
deshiciesen en polvo y la fant�stica riqueza se evaporase. Se llev�
las manos � las sienes; respir�; y cuando empezaba � recobrar el
aplomo, not� que la vela de la linterna se extingu�a; un momento m�s
y se quedaba � oscuras. S�lo tuvo tiempo para recoger una olla, la
que conten�a perlas y abanicos, y salir � escape de la mazmorra y de
la cueva. Al verse al aire libre, al sol, � orillas del r�o, comenz�
� persuadirse de que no so�aba. All� ten�a parte de su hallazgo...
Por prudencia volvi� � obstruir el orificio, colocando la tierra y las
ramas de modo que no se advirtiese diferencia; y abrazado � su olla,
subi� � Landrey con alas en los pies. Telma crey� que el se�orito
desvariaba,--y desvariaba algo, en efecto,--cuando ped�a otra vela y un
saco de lona. Al anochecer, Gast�n, en cuatro viajes, hab�a subido el
contenido de las ollas cerr�ndolo en un recio cofre; pero sus fuerzas
se agotaban, y una calentura que crey� originada por la violenta fatiga
le postr� en el lecho. Telma, llena de inquietud, se instal� � su
cabecera; le sirvi� infusiones, y vel� su sue�o agitado por angustiosas
pesadillas, en que pronunciaba palabras truncadas y frases enteras que
parec�an de un criminal. �Como que se trataba de riquezas, de prisi�n,
de subterr�neo!... La luz de la ma�ana trajo � Gast�n alg�n alivio,
pero encontr�base tan quebrantado, que le fu� imposible levantarse; y
por la tarde el recargo se present� otra vez, acompa�ado de sudor y
del mismo delirio congojoso. No cambi� al d�a siguiente el estado del
enfermo; y Telma, conocedora de los males que en el pa�s se padec�an,
comprendi� que se trataba de calenturas cuotidianas, de las que suele
causar el detenerse largo tiempo � orillas del r�o, sobre todo en las
horas de la tarde y con el cuerpo sudoroso, y anunci� su resoluci�n de
bajar � la Puebla y traer al m�dico, experto en recetar quinina para
esta clase de achaques.

--No llames al m�dico,--orden� con debilitada voz Gast�n.--Vete �
Sadorio y d�le � la se�ora de Sarmiento... � do�a Antonia Rojas... que
no estoy bueno... y que la suplico que venga � cuidarme.

--�Se�orito!--objet� Telma asustada y creyendo que su amo deliraba a�n.

--Obedece, Telma... Estoy en mi juicio... Que venga... As� que venga,
sanar�... Ya lo ver�s... Anda, Telma... Anda, abuelita querida.

Este nombre cari�oso ten�a la virtud de poner � Telma como un guante.
Sin replicar, llev� � la quinta el extra�o recado. �Y qu� grande su
admiraci�n al ver que Antonia, apenas lo escuch�, se encasquet� el
sombrerillo marinero, cogi� de la mano � Miguelito, y ech� � andar m�s
ligera que una corza!

                             [Ilustraci�n]

Al entrar Antonia sola en la habitaci�n del enfermo, se incorpor� en
la cama el se�orito de Landrey; tendi� la mano abrasada al encuentro
de otra mano fresca y tr�mula, y mirando � su amiga, � su futura
esposa, sac� de debajo de la almohada las sartas de perlas y las
enrosc� � la mu�eca de la dama. �sta miraba con sorpresa la joya, y su
ce�o se frunc�a ya desaprobando el regalo, que cre�a una intempestiva
prodigalidad de Gast�n; pero el enfermo, en voz baja, la dijo unas
cuantas palabras que la hicieron retroceder de asombro.

--Ah� est�, en ese cofre,--repet�a Gast�n.--Deseo que todo, todo, se lo
lleve usted en seguida � su casa. Pertenece � Miguelito, que es quien
por inspiraci�n de alg�n �ngel lo ha descubierto. Ya comprender� usted
que si la llam�, para esto era; mi mal no ofrece cuidado, y usted se
volver� ahora mismo � Sadorio, no quiero que los malsines puedan glosar
su presencia de usted aqu�. Lo �nico que me reservo son las joyas de
familia... Quiero que usted las posea y las santifique.

--Gast�n,--articul� Antonia dulcemente,--me ir�, pero prom�tame usted
que vendr� el m�dico y que atender� usted � su salud como si yo aqu�
estuviese. Del tesoro no hablemos; ya sabe usted que soy firme en mis
resoluciones, y no lo aceptar�amos nunca ni Miguel ni yo; pertenece �
la casa de Landrey. Respetemos la voluntad de los que fueron. No se
olvide usted... de lo que nunca olvid� do�a Catalina; el alma de don
Mart�n pide sufragios... Me encargo de recordarle � usted esa pobre
alma en pena.

--�Vendr� usted ma�ana?

--Y pasado, y todos los d�as, mientras usted no se ponga bien...

--Ya estoy mucho mejor,--declar� Gast�n reanimado y sin soltar la mano
empe�ada en desasirse.

                             [Ilustraci�n]

--Pues cordura... y � descansar, y � tomar lo que disponga el m�dico...
y � sanar pronto... Y � tener presente quien env�a estas riquezas... Es
nuestro Amo... s�, Gast�n; somos sus administradores... Yo no lo sab�a,
pero me lo ha ense�ado la desgracia.

--Y � m� el amor,--respondi� apasionadamente el se�orito de
Landrey.--Por todas partes se puede ir � Roma... Y ahora... que entre
el chiquillo; le quiero tanto como... �como � su mam�!

                          [Ilustraci�n: Fin]




                                �ndice


              I. La llegada,                        5

              II. La Comendadora,                  21

              III. La revelaci�n,                  37

              IV. Gusanillo,                       53

              V. Landrey,                          67

              VI. El Norte,                        81

              VII. La torre de la Reina mora,      97

              VIII. Lourido,                      113

              IX. Iniciaci�n,                     131

              X. La consejera,                    147

              XI. El consejo,                     161

              XII. T�ctica y estrategia,          181

              XIII. El aro de oro,                197

              XIV. Miguelito,                     211

              XV. El tesoro,                      227

                             [Ilustraci�n]




                             ESTE LIBRO SE
                    ACAB� DE IMPRIMIR EN BARCELONA
                EN EL ESTABLECIMIENTO TIPO-LITOGR�FICO
                         DE ESPASA Y COMPA��A,
                             EL 15 DE MAYO
                                DE 1897





End of Project Gutenberg's El Tesoro de Gast�n, by Emilia Pardo Baz�n

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL TESORO DE GAST�N ***

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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
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remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
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Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
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Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

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    Chief Executive and Director
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